Abrieron la primera fábrica de cubiertos de plata del país y hoy siguen ligados a la mesa de los argentinos
De los cubiertos de plata a los de acero inoxidable, de los juegos de vajilla “para toda la vida” a los que siguen las modas y el diseño. A través de cuatro generaciones, la familia detrás l...
De los cubiertos de plata a los de acero inoxidable, de los juegos de vajilla “para toda la vida” a los que siguen las modas y el diseño. A través de cuatro generaciones, la familia detrás la firma Volf ha sido testigo de los cambios en los usos y costumbres en torno a la mesa de los argentinos. De hecho, ha sido parte de esos cambios.
Moisés Perel llegó al país con el oficio aprendido en su Polonia natal para fundar la primera fábrica de producción de cubiertos de plata de la Argentina. La posta lo tomó Volf Vainberg, su yerno, que vino con 16 años de Rumania y fue protagonista de los cambios en los materiales y en el lanzamiento de diseños de vanguardia. Fernando “Freddy” Vainberg, hijo de Volf, supo acompañar la explosión de la industria de la hospitalidad en la que aquello con lo que se viste la mesa es un factor crucial. Hoy, la cuarta generación –Leandro y Karen– mantiene vivo el legado familiar e incluso lo proyecta fuera del país, con tiendas en Uruguay, Perú, Paraguay y el Caribe.
–Freddy, ¿qué trajo a tu familia a la Argentina?
–Mi abuelo Moisés Perel tenía una fábrica de cubiertos en Polonia, cerca de Varsovia, que se llamaba Metalpol. Él había trabajado antes en una empresa textil, en una maderera y en una fundición, y en esta última descubrió que le gustaba trabajar con los metales. Con mi abuela llevaban una vida muy austera, lo que les permitió ahorrar y, sumado a plata que le prestaron sus empleadores en la fundición, abrir una fábrica de cubiertos. Era una fábrica de esa época, donde casi todo era manual y en la que producían cubiertos de plata. Ellos lograron estar económicamente bien, pero empezaron a sufrir el antisemitismo. Un día, volviendo de la escuela, mis tíos y mi mamá sufrieron una agresión física en la calle. Fue entonces cuando mi abuelo dijo: “Hasta acá llegamos”. Tenía dos hermanos que habían venido a la Argentina dos años antes antes y les consultó qué les parecía si se venía con la fábrica de cubiertos. Le dijeron que sí: no había fábricas de cubiertos en la Argentina.
–¿En qué año vinieron?
–Llegaron a mediados de 1930; mi abuelo tenía 38 años, mi mamá 12. Dejaron todas sus pertenencias allá y se vinieron solo con algunos ahorros y la maquinaria para fabricar cubiertos. Se instalaron en Maza y Chiclana, en Parque Patricios. Era un PH como el de muchas otras historias de inmigrantes: adelante el tallercito y atrás la casa familiar. Empezaron haciendo cubiertos de plata y más tarde empezar a trabajar con alpaca, que después se plateaba y que era más barata que la plata pura.
–¿Cómo fue empezar con la fábrica en la Argentina?
–De entrada les fue bien. Acá no había fábricas de cubiertos y los de plata se traían de Europa. Pero lo que fue un gran impulso para mi abuelo fue cuando lo recibió el presidente José Uriburu. A través de la Unión Industrial pidió una entrevista con la Presidencia y se la dieron, y él llevó a la Casa Rosada un juego de cubiertos de regalo. En la tapa de los diarios salió que el propietario de la primera fábrica de cubiertos de la Argentina había sido recibido por el presidente. Fue un antes y un después. Empezaron a caer clientes y clientes.
Después hizo algo que para la época era algo novedoso, que fue abrir una especie de showroom en Sarmiento esquina Pueyrredón. Era un primer piso con muebles en donde se exhibían los cubiertos. Después se mudaron ahí. De nuevo: adelante Perel, que era como se llamaba la firma, y atrás la vivienda familiar.
–¿Cuándo nace Volf como marca?
–En un momento dado mi abuelo toma la decisión de no trabajar más y les vende la empresa a sus hijos. En ese momento estaba trabajando con mi abuelo mi papá, que se llamaba Volf Vainberg. Había venido a la Argentina de Rumania a los 16 años, de una familia muy humilde; en la que realmente pasaron miseria porque él había quedado huérfano a los 6 años.
–¿Y cómo llegó a trabajar con tu abuelo?
–Cuando mi viejo llegó al país participaba de actividades sociales y culturales de la comunidad. Ahí conoció a mi tío y se hicieron amigos. Entonces comenzó a frecuentar la casa de mis abuelos; se conocieron con mi mamá y se pusieron de novios. Mi papá trabajaba en una fábrica de sombreros y mi abuelo le dijo: “¿Por qué no te venís a trabajar conmigo?“. Y le enseñó el oficio. Cuando mi abuelo vende la fábrica la compran dos de mis tíos y mi papá. Trabajaron un tiempo juntos y después se separaron. Mis tíos siguieron con Perel y mis viejos abrieron Volf en el 58. Era una época en la que se empezaba a hablar del acero inoxidable. Incorporaron ese material y lanzaron unos diseños de lo que para esa época era alta vanguardia, a partir de diseños que habían visto en un viaje por los países nórdicos.
–¿Cuáles son tus primeros recuerdos de la empresa?
–Cuando yo era chico en la mesa familiar se hablaba de cubiertos. A mi los clientes de toda la vida me decían que cuando lloraba me metían una cucharita en la boca, no un chupete... Yo a la fábrica iba desde los 6 o 7 años. Empecé a trabajar con mi papá en unas vacaciones de verano. Trabajaba en el depósito, ayudando a limpiar los cubiertos que venían del pulido.
Después, cuando ya fui creciendo, me encantaba la venta. A los 15 años tenía una contextura física por la que parecía mayor de la edad que tenía y ahí empecé a salir a vender. Tuve el apoyo total de mi papá. Primero, obviamente, estaba el estudio, pero yo iba a la escuela y cuando terminaba de estudiar salía a la calle con una valijita de muestras y las listas de precios a buscar clientes. Clientes nuevos. Mi viejo siempre me decía: “Tratá de hacer clientes nuevos. No vayas a lo fácil, andá a lo difícil”. Era de poco hablar el viejo, pero con pocas palabras y muchos hechos nos educó con claridad.
–¿Qué cambios implementaste vos en la empresa?
–Mi hermano Sergio y yo laburamos siempre con el viejo y nos empezamos a hacer cargo cuando a los 70 y pico de a poco fue largando. Cuando papá falleció nos quedamos juntos en la empresa, y con el tiempo decidimos separarnos. Pero antes, con el aval del viejo, para aumentar la producción y ser más eficientes importamos máquinas semiautomáticas para el pulido, lo que nos permitió empezar a exportar cubiertos. Por distintas idas y vueltas del país, exportar dejó de ser rentable. Empezamos entonces a importar, después se prohibió importar. Y cuando se volvió a permitir importar nos separamos con mi hermano porque teníamos visiones distintas del negocio.
Ahí yo empiezo a pensar que no podíamos seguir trabajando solo cubiertos, y comenzamos con la porcelana, la cristalería y todo lo que tenía que ver con la mesa. La mesa familiar, porque hasta ese entonces lo que es hotelería y gastronomía no era algo en lo que hiciéramos foco.
–¿Cómo comenzaron a poner ese foco?
–En los 80, de visita en una fábrica de porcelana en Tailandia, coincidí con el dueño de una empresa líder de nuestro sector. En una de las comidas que compartimos me dijo: “Freddy, si me permitís que te dé un consejo, tenés que prestarle atención a la hotelería y los restaurantes, porque se que va a venir un cambio muy importante. Va a haber más tiempo para el ocio y para el turismo, y con eso se van a ampliar la hotelería y la gastronomía”. Realmente fue un visionario. El 95% de nuestra producción estaba destinada a la casa, y había en todo caso algún hotel de cinco estrellas que quería darse el gusto de poner en uno de sus restaurantes nuestra vajilla, pero nada más. Hoy el 70% de nuestras ventas se dan en el mundo de la hotelería y de la gastronomía.
–¿Cómo cambiaron los usos y costumbres en torno a cubiertos y vajilla?
–Antes los argentinos teníamos varios juegos. Estaban los platos, los cubiertos y los vasos (o las copas) para todos los días, y después el juego para cuando “venían visitas”. Y a veces incluso también teníamos los platos que nuestros padres habían recibido en su casamiento (o de sus padres) y que pasaban después a sus hijos. Estos se guardaban como si fuesen una reliquia ¡y no se podía perder ni una pieza! Lo que más cambió es que antes se buscaba que perdurasen por 30 o 40 años, mientras que hoy se busca más lo actual, se está más atento a qué color o diseño se usa, con la idea de cambiar en cinco años. Incluso tenemos temporada de verano y temporada de invierno, porque hoy, por ejemplo, en la porcelana se usa mucho color y no es el mismo color para el verano que para el invierno.
–¿Alguna vez encontraste tus productos en algún lugar que no esperabas?
–Sí. Una vez vi nuestros productos en una vidriera en Lincoln Road, en Miami. El año anterior, estando en esa ciudad de vacaciones, pasé por el local y al ver la vidriera me dije: “Acá quiero que estén mis productos”. Entré y me recibió la encargada, le dije: “Estoy de turista, soy argentino, pero estoy seguro de que mi mercadería es para ustedes”. Ella me pidió que esperase y cuando volvió me dijo que al día siguiente me iba a recibir el presidente de la empresa. Y ahí fui al día siguiente con mi muestrario, porque siempre que viajaba lo llevaba conmigo. Al año siguiente, cuando volví a Miami y vi nuestras copas y nuestra vajilla en esa vidriera, dije: “Bueno, llegué”.
Y pensé lo mismo cuando en otra ocasión vi nuestros productos en el catálogo de la joyería Tiffany, en Estados Unidos. Ese catálogo aún lo tengo guardado.
–La empresa sigue en la familia a través de tus hijos, ¿eso se dio de forma natural?
–Yo no quería que se sientan presionados a trabajar en la empresa. Karen estudió diseño gráfico y cuando se recibió le dije “mamá y yo te queremos ayudar en lo que necesites para hacer tu trabajo, si querés armar una oficina...”. Y ella me respondió: “pero, ¿por qué papá? ¿No querés que trabaje en Volf?" Con Leandro nunca lo tuve que hablar, desde chiquito se veía que le interesaba. La verdad es que nunca quise presionarlos, eso lo trabajé mucho en terapia. Pero no se si lo logré. En todo caso se lo tendrías que preguntar a ellos.