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Aforismos que logran alcanzar “el carozo de la vida”

Hay lectores que se sumergen en los libros de poemas y de aforismos creyendo que su lectura representará un descanso para sus ojos y, en efecto, es así cuando las obras suscitan regocijo y contie...

Hay lectores que se sumergen en los libros de poemas y de aforismos creyendo que su lectura representará un descanso para sus ojos y, en efecto, es así cuando las obras suscitan regocijo y contienen algún tipo de revelación. El descanso no proviene de la brevedad, que puede ser engañosa, sino de la síntesis: saber decir lo esencial con una visión particular, propia. Generalmente, requieren más esfuerzo que una novela o un ensayo, ya que el lenguaje de los apotegmas y poemarios exige meditar cada verso o frase, además de los vínculos que surgen con el parecido de algo que se sintió como verdad sonora, pero que no pudimos expresar con la belleza y la economía verbal de lo que se nos ha dado a leer.

La verdad subjetiva que expresan los apotegmas reunidos bajo el título de Luciérnagas curiosas. Aforismos reunidos, de la escritora Alina Diaconú, resuena una y otra vez como dictada por nosotros mismos. Un volumen que recoge veinte años de trabajo pródigo a través de axiomas concisos, representativos del género por la concentración de sentidos que produce una escritura cargada de elipsis, metáforas, alegorías y reflexiones, y en la que tampoco faltan las analogías, esos hallazgos que tocan la tecla de nuestra propia melodía interior y suscitan aquello que Roland Barthes denominaba “coexistencia”, encuentro feliz con algo que sentimos nuestro.

Las máximas o sentencias reunidas en este magnífico libro de Diaconú dan muestra acabada de su habilidad para componer formas afines al adagio -cuyo origen se remonta a la antigua Grecia como fórmula simplificada de volcar una idea o un conocimiento profundo-, que golpean e incitan a una consideración igualmente profunda. Todas ellas parecen haber sido escritas en momentos altos del espíritu, en plenitud de recursos y de inspiración, volcadas bajo el dominio de una experiencia vital macerada durante años. Abordan una gran variedad de temas: asuntos sociales, políticos, filosóficos, de observación del ser humano en la calle o en el trato más íntimo, y las que hablan del amor y la seducción como misterio. Destacan aquellos aforismos que reflejan la angustia existencial, las obsesiones que acucian al ser contemporáneo; muchos son, simplemente, interrogantes que no cierran con ninguna respuesta satisfactoria y quedan abiertos a la interpretación del lector. Otros, recurren a la ironía y al humor para poner de relieve creencias y modas actuales teñidas de una falsa o doble moral y apelan a la perplejidad que la realidad y el paisaje urbano suscitan constantemente; también las nuevas tecnologías, con sus redes sociales que conforman familias de la virtualidad, más de las veces, disfuncionales. La muerte, como no podía ser de otra manera, talla fuerte, igual que los miedos, pero sin patetismo, lo que hace que se revistan de mayor significado.

Por otro lado, están aquellos que retoman o cuestionan algo que alguien acreditado (Cioran, Ionesco, Krishnamurti o Juan José Sebreli) observó: “Parafraseando a Musil, diría que la estupidez es una limitación de la sensibilidad”. Cada uno de estos apotegmas denotan una mirada aguda a la hora de expresar lo irrisorio de la vida. Todo en esta obra funciona con un tejido fino y, al mismo tiempo, con ese calado hondo, sensible, que demanda el don para evidenciar, en pocas palabras, lo que hay de absurdo en los demás y en uno mismo.

Nos encontramos también con una suerte de autobiografía y legado del pensamiento de una autora que hace piruetas para sostenerse lo más indemne posible en un mundo que ve desmoronarse desde la niñez, cuando todavía vivía en su país de origen, Rumania, de donde debió partir con sus progenitores y un baúl que contenía casi nada, apenas lo que habían podido rescatar antes de marcharse para siempre.

“Dos guerras mundiales, revoluciones y nuevos sistemas socioeconómicos. Mis padres tenían el cianuro preparado”. Líneas de fuerza que atraviesan estas páginas memorables y se constituyen en simiente y colofón que crepita y clama al cielo, al reequilibrio de la casa interior, a la energía bienhechora que ilumina el camino, al susurro de los ángeles que nos protegen de figuras oscuras, hostigadoras, y se erigen en guardianes de los que sufren indefensión. Diaconú logra alcanzar, con paciencia y sabiduría, con ingenio, “el carozo de la vida”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/aforismos-que-llegan-al-carozo-de-la-vida-nid11072026/

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