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Al final, nos importó más que nunca

Le propongo un juego. Vuelva por un instante a principios de junio. Sí, este junio; un mes y medio atrás. ¿Recuerda usted cuál era la frase que más se escuchaba en reuniones de amigos, en la o...

Le propongo un juego. Vuelva por un instante a principios de junio. Sí, este junio; un mes y medio atrás. ¿Recuerda usted cuál era la frase que más se escuchaba en reuniones de amigos, en la oficina y en los almuerzos de domingo con la familia? Piense… La decíamos todos. ¿Y…? ¿Ya se acordó? Bueno, está bien, si la cafeína del desayuno aún no hizo efecto y es muy temprano para el ejercicio de memoria, aquí la tiene. En realidad, eran dos -variantes de la misma temática-: “Este Mundial no le importa a nadie”, y también: “No hay clima de Mundial”.

Estupendo. Ahora, que todavía le duele el cuerpo de haber jugado con el alma -desde su casa, en su trabajo, en el aula- los ocho partidos de la Scaloneta, y de haberse emocionado el domingo, más allá del resultado, con las lágrimas de Lionel Messi y el fervor de ese equipo que dio tanto, ¿qué piensa? ¿Qué siente?

Como me gustaría estar tomando este café cara a cara con usted, amable lector, pero eso resulta imposible, le voy a contar, si me permite, qué piensa y qué siente esta humilde periodista. Como si estuviéramos departiendo en el mismo bar; o de pie, apurados, en la cocina de casa.

A mí este Mundial me hizo reír como nunca. Fue el campeonato de los memes, potenciados por la IA, y nuestra reina absoluta fue la señora Mirtha Legrand: a sus 99 años la hicimos pelear contra los faraones egipcios, contra Heidi, contra Margaret Thatcher y hasta contra el mismísimo Cristóbal Colón. Y se impuso contra -casi- todos. Ahí, en el humor, creo que ganamos.

También triunfamos al mirarnos reflejados en muchos espejos posibles. Durante el campeonato nos pensamos, como país, desde las miradas más diversas: analizamos el “ser argentino” a la luz de la filosofía, del psicoanálisis, de la astrología, de la fe religiosa, de la más amplia espiritualidad. Invocamos la protección y guía de todos -cada uno con sus creencias-, desde la Virgen de Luján hasta la emperatriz del Tarot, para que abrieran el camino. Prestamos atención a nuestros médicos, que nos indicaron cómo cuidar el corazón en medio de tanto nerviosismo; a los terapeutas, que nos dieron consejos para bajar la ansiedad sin perder un ápice de disfrute y alegría, y a los matemáticos, que nos enseñaron de probabilidades.

Y más: dejamos las pantallas y salimos a las calles, nos abrazamos con desconocidos que nos ofrecían una sonrisa o un trago de cerveza, tocamos bocina de forma enloquecedora, comimos rico con gente querida, nos mandamos mensajes con los argentinos desparramados por el mundo, nos deseamos suerte, nos fuimos a dormir llenos de nervios, como niños, y nos despertamos con ganas, con ganas de salir a la cancha y ganar.

Por si faltaba algo, logramos -sin proponérnoslo- que las generaciones más nuevas comprendieran, sintieran en la piel, la herida por Malvinas. Pensemos por unos segundos: ¿de qué otra forma, tantos chicos y chicas argentinos que no vivieron esa angustia, el pavor de esa voz ominosa en TV que cortaba la transmisión para anunciar “Comunicado número XX”, se habrían realmente puesto la camiseta de aquellos jóvenes héroes de las islas, de no haber sido por el azar de este campeonato y el partido contra Inglaterra? Ya sabemos que esto es fútbol y aquello sigue siendo política internacional, pero en lo más básico, en la sangre, ¿no fue esta una jugada magistral del destino?

No sé qué piensa usted, pero pasan estos primeros días y yo creo que este Mundial nos hizo bien. En especial porque, incluso con un resultado adverso en la final, salimos tantos a festejar el orgullo de sentirnos argentinos, de tener al mejor futbolista del mundo con nuestros colores en el pecho y a un plantel con magia, pero también con esfuerzo y trabajo. Si eso no es ser campeones…

Por eso, antes de que baje por completo la espuma, cerremos los ojos, asimilemos estos logros. Y ahora sí, de a poco, que las emisoras continúen con sus respectivos programas. Y que el resto del mundo siga hablando.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/al-final-nos-importo-mas-que-nunca-nid23072026/

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