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Alta Fidelidad: María Moreno y la máquina de hacer ositos

No hay foto, pero nadie puede desmentir un recuerdo ajeno y si no hubiera sucedido habría que inventarlo. En este caso, el de un kiosco en las inmediaciones de Villa del Parque que hacia 1995 se d...

No hay foto, pero nadie puede desmentir un recuerdo ajeno y si no hubiera sucedido habría que inventarlo. En este caso, el de un kiosco en las inmediaciones de Villa del Parque que hacia 1995 se destacaba por exhibir un cartel rústico, pintado a mano. “Próximamente máquina de ositos”. Carnada para el Proyecto Cartele (un colectivo que recopilaba este tipo de accidentes visuales) o su sucedáneo digital The Walking Conurban (aunque no hubiera calificado por estar en tierra “autónoma”).

Llegados desde el confín asiático, estos cofres vidriados que tientan a probar suerte manipulando una garra mecánica por un billete depositaban en el usuario la responsabilidad de rescatar al “osito” de su ostracismo. El aspecto y el movimiento ominoso de la garra contrastaba con su función. El peluche encontraría su niño o adulto o quizás quedara atrapado en una mafia que los extraía para revenderlos. Quién sino Jorge Serrano podía apretar el botón, elevar la garra y bajarla justo para convertir a este pasatiempo en una imagen perfecta. “Un osito de peluche de Taiwán, una cáscara de nuez en el mar, suavecito como alfombra de piel, suavecito como el dulce de leche”, escribió y canto para Los Decadentes, rescatando al menos uno para la música pop.

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Otros osos, vintage, como de anticuario, son los que se acomodan en la instalación que propone la galería La Lengua en su primer piso. El local a la calle muy cerca de donde se registraron durante el año fotos dantescas de manifestantes y gendarmes con destino de Pulitzer tiene una luz rara. Los osos, muchos teddys (los Teddy Bear que deben su nombre al presidente Roosevelt) fabricados en Alemania y Estados Unidos aparecen nimbados por ese baño de luz como de discoteca clandestina, under. Y los osos fueron rescatados aquí, allá y en todas partes a donde la escritora María Moreno envió a sus cuidadoras a comprarlos. La garra de aquella promesa en un kiosco de barrio devino en clic en una aplicación de compra y venta a partir del deseo de Moreno de reencontrarse con un oso de su infancia.

Así, los osos se fueron acumulando en el departamento de la artista (esta es su obra) hasta que a los de La Lengua (Fernanda Laguna, Santiago Villanueva, Mac Zimmerman y Rodrigo Barcos) se les ocurrió que el destello de ese recuerdo merecía la transmutación que otorga el arte contemporáneo.

“Morenoso”, escribe María que se le ocurrió a Roberto Jacoby que tenía que llamarse esto (un oso cuelga del techo como ahorcado). Pero también deja en esa hoja de sala una descripción memorable, como todo lo que ha escrito. “(…) Al final de la exposición la idea era ponerles un oso con pegamento infalible en cada escudo policial cada vez que la fuerza actuara en los alrededores del Congreso apelando a la memoria sentimental de infancia y a su carácter de objeto transicional, pero nos pareció poco seguro para La lengua. No pude investigar el origen de cada oso, pero sé que alguno perteneció a un detenido desaparecido, enfermos terminales y hasta un cura que me lo prestó de mala gana, por eso son archivos mudos que con su pelo desteñido o un ojo faltante cuentan de una vida, la de un niño de futuro desconocido pero que deseamos para la emancipación”.

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Algunos osos fueron fotografiados por amigos de Moreno como Alberto Goldenstein para ser vendidos (el registro) en una subasta para ayudar a la escritora-artista a transitar lo mejor posible su postración. De esto sí hay foto. El que lee La vida de las hormigas, un libro del Nobel belga Maurice Maeterlink que no tiene nada que ver con las lecturas de Moreno pero que a Goldenstein le pareció que podía interesarle. Por un par de semanas más esta foto producida por Goldenstein para ayudar a María convive con otra suya de una serie de 1992 en el norte argentino que se exhibe en Nora Fisch. Está tomada en un almacén de Cachi, Salta, y es el retrato de un hombre y su cerveza a medio terminar que nunca supo que fue retratado. Es tal el prodigio de esta imagen (Goldenstein captó de forma subrepticia un pensamiento norteño. ¿Pero cuál?) que si no existiera habría que pintarla. Pero no ahora. En Flandes y hacia 1600. Cuando nadie imaginaba kioscos con máquinas de ositos made in Taiwán.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/alta-fidelidad-maria-moreno-y-la-maquina-de-hacer-ositos-nid25102026/

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