Generales

Conquista al mundo. Nació en Mendoza, es artista plástica y su encuentro con la reina Letizia cambió el rumbo de su carrera

Avanza La Chola Poblete (38) y, a su paso delicado, va desperdigando los colores de su vestido por el departamento. “Hay magia acá, ¿viste?”, dice mientras recorre el lugar con mirada chispea...

Avanza La Chola Poblete (38) y, a su paso delicado, va desperdigando los colores de su vestido por el departamento. “Hay magia acá, ¿viste?”, dice mientras recorre el lugar con mirada chispeante, como si lo pisara por primera vez. Desde hace cuatro años, vive en la torre-cúpula de un icónico edificio de 1933, diseñado por los arquitectos Calvo, Jacobs y Giménez: un emblema racionalista y art déco en pleno microcentro porteño. Hacia un lado se intuye la Plaza de Mayo; hacia el otro, el Obelisco se mete por las ventanas. Entre risas, confiesa: “Cuando vivía en Mendoza, fantaseaba con que, si algún día me mudaba a Buenos Aires, quería un lugar donde se notara dónde estaba. ¡Y acá estoy, en medio del lío, en el centro de todo!”.

Egresada de la carrera de Artes Visuales de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional de Cuyo (Uncuyo), se hizo conocida en los circuitos del arte cuyano por su arte, comprometido con las temáticas de la identidad y el racismo. Decidió mudarse a Buenos Aires tras el éxito en la edición de arteBA de 2017 de “American Beauty”, una performance que criticaba al capitalismo y al mercado del arte. “Ese arteBA no sólo me permitió vender obra y acceder a programas de formación; me abrió las puertas para que artistas, curadores y coleccionistas conocieran mi trabajo. Me presenté como La Chola. Nadie me preguntó por mi deadname . Quedé así, como La Chola y punto”.

–¿Te costó dejar Mendoza?

–Sabía que venir a Buenos Aires era una oportunidad, pero el primer año lo padecí. Siempre fui muy pegada a mi mamá y a mi hermana Ayelén. Además, soy muy de barrio . “Bueno, en algún momento va a pasar”. Pero no pasaba. No tenía un peso. Cuando podía, mi mamá me mandaba encomiendas con comida; atún y cosas así. Ella tampoco podía ayudarme tanto porque era empleada doméstica. Y además estaba eso de la mirada… Si querés alquilar un departamento, detrás de la pregunta “¿De qué trabajás?”, está el prejuicio. Si te subís a un Uber o salís de la casa de un coleccionista, generalmente asumen que soy una trabajadora sexual. Todavía cuesta naturalizar ver chicas trans. Incomoda. A muchas personas les angustia; a mí no. Para mí, la incomodidad tiene algo de rebeldía.

–¿Creés que incomodaste a la reina Letizia en 2022, cuando tuviste ese encuentro que te ubicó en las grandes ligas del arte?

–Eso fue alucinante. De la galería PASTO me habían elegido para llevar un show a ARCOmadrid, la feria a la que siempre asisten los reyes de España. Fue algo raro: me pidieron que no hiciera nada tan alocado ni tan político, ¡y mi obra era conocida justamente por hablar de racismo, colonización e identidad! La Casa Real me había informado sobre cómo manejarse ante un rey, pero la noche previa me la pasé pensando qué hacer y qué decir. Quería hacer algo más inteligente y elegante que llevar un cartel o una remera con un cliché. Para ese día, elegí ponerme un poncho muy lindo: me sentía la hija de un rey inca. Cuando Letizia llegó, le extendí la mano y le dije: “Nos reencontramos 530 años después”. Ella lo entendió todo: fue cercana y eso marcó la diferencia. Me preguntó con qué pronombre me sentía más cómoda y recorrimos juntas mi obra frente a la prensa mundial. En España, hay una gran comunidad migrante que se sintió representada por mí.

–A partir de ahí, ¿todo sucedió muy rápido?

–Si bien soñaba con ser una artista reconocida, no dimensioné cuánto se iba a expandir todo. Aprendí muchas cosas a los tumbos: desde alquilar un departamento hasta vender obras pasando por organizar una carrera internacional… Con las metas ambiciosas que siempre me he puesto, muchas veces terminé estresada. La lección: debo cuidarme más; no todo tiene que ser tan rápido. Como en otros ámbitos, en el arte todo puede estar en tus manos de un día para el otro. Todo se vuelve muy loco. Ese mismo 2022 gané el premio Banco Ciudad con la muestra “Pop Andino”. En 2023, gané el premio Deutsche Bank ; mi muestra recorrió Europa, participé de ferias, conocí curadores… En Milán, Alan Prada, de Armani, me agasajó con una comida increíble en un departamento top. ¡Muchísima gente top estaba ahí por mí! Yo lo viví con naturalidad. Me dije: “Voy a ser Naomi Campbell”, les puse la Bomba Tucumana y bailamos cumbia. . Después, en 2024, siguió la Bienal de Venecia, donde presenté las acuarelas Vírgenes cholas y recibí una mención honorífica del jurado. Se fueron abriendo las puertas; no sólo me conocían en el under, sino en el mainstream. En este tiempo pude darme gustos impensados, como grabar un disco con mi Manifiesto Pop Andino en Barcelona. Fui siendo quien yo quería ser. Hoy trato de que lo que hago sirva para algo bueno sin perder la cabeza. Por suerte, siempre tengo gente que me quiere y me cuida; sin ellas, desde la salud mental, podría haber terminado mal.

–¿Y quién ha sido tu cable a tierra?

–En primer lugar, mi mamá. Ella me recuerda de dónde vengo. En Mendoza, donde hay una comunidad de migrantes de Bolivia y Perú, yo podría haber sido discriminada por ser una persona con rasgos indígenas, de identidad marrón; pero, gracias a mi mamá, aprendí a moverme sin prejuicios en mundos diferentes. Además, yo sabía dibujar bien, un don que usé a mi favor, y estuve rodeada de gente muy abierta que me cuidó mucho. Hice mi transición dentro del mundo del arte y me abrieron las puertas por ser artista. Pero no a todas las chicas trans les pasa lo mismo. Tengo muchas amigas que sufrieron violencia y discriminación. Soy una privilegiada.

–¿Estás enamorada?

–El año pasado terminé un vínculo con un chico que me rompió el corazón… Aunque he tenido amantes con quienes hoy me llevo superbién, nunca tuve novio. Siempre deseé tener una pareja, y la pregunta “¿por qué no te quedás?” me persiguió bastante. Me di cuenta de que esa sensación de abandono tiene mucho que ver con la ausencia de mi padre. Mi papá, que es chileno, dejó a mi mamá. Ellos se casaron y, después de que yo naciera, se fue a Chile a buscar trabajo. Nunca más supimos qué le había pasado.

–¿Tu mamá hablaba de él?

–Cuando le preguntaba, ella me contaba. Un día lo busqué en Facebook, le dejé un mensaje y me lo contestó. Fue todo un acontecimiento. Viajé a Chile con la idea de tener un vínculo con él. Yo buscaba a un padre y encontré a una persona rota. Hacía poco que yo había salido del closet y él era muy machista. Me enteré de que había tenido dos hijas a las que también abandonó. Fue duro, y más duro aún cuando le pregunté por qué no había vuelto: “Yo sabía cómo volver. No quise volver”, me respondió. Ahí mismo me saqué un pasaje y volví a mi casa. No quise saber nada más con esa persona. Chau.

–Ese sentimiento está en tu obra…

–Fue mutando. En mi vida, tuve muchas contradicciones, fui y vine… A muchas situaciones dolorosas las logré transformar en algo bello. Pero no quiero que el motor sea el dolor: trato que la inspiración venga por otro lado. De hecho, fue cuando logré organizar y acomodar el dolor que apareció La Chola. Fue como una especie de alter ego: una respuesta a mis cuestionamientos sobre qué era el arte, qué artista quería ser y qué arte quería hacer. De donde vengo, se dice “chola” de forma despectiva. Como mis raíces son bolivianas y chilenas, me dije: “Yo levanto la bandera desde acá”. Para mí, el arte fue transformador: sané muchas cosas, pero también me expuse mucho; ¡llegué a incluir fragmentos de mis diarios íntimos en mis obras! En mis comienzos, mis preguntas tenían que ver con la identidad: quería ser “un algo”, pero no sabía cómo abstraer un género. Me pensé después como una “artivista”, una mezcla entre artista y activista. Hoy, aunque elija vivir como una chica trans, lo que me define es ser artista. Volcarme a la acuarela es el resultado de pensar todo otra vez sin separarme de la performance: hoy tenés un dibujo con determinada forma y color y, al día siguiente, cuando le tirás agua, se transforma en otra cosa. Es como la fluidez del género, del ser humano…

–¿Disfrutás de estar en tu casa?

–Al principio, el departamento me parecía demasiado. “No sé cómo voy a hacer, no estoy acostumbrada a un lugar tan grande”, les decía a mis amigos. Pero después me fui sacando las ganas de ser anfitriona: hice reuniones, comidas y fiestas… O hacíamos asaditos en el jardín o pizzas. No soy muy cocinera; sin embargo, si me lo propongo, cocino. Me encantaba invitar gente de diferentes lugares: intelectuales, curadores de arte, músicos, mis amigas trans… Fue un momento muy divertido. Después, en gran medida por la gran cantidad de obras que tenía que entregar y compromisos a los que debía asistir, me tranquilicé un poco. . Hoy paso más tiempo en mi taller: me levanto, me pongo unos lentes, me envuelvo con una frazada y voy a pintar y dibujar hasta la noche. Cuando terminen las ferias y exposiciones que tengo en el exterior, mi plan es darle otra vuelta de tuerca al departamento y ponerlo divino para volver a recibir a mis amigos.

Maquillaje: Joaquina Espínola @joaquinamuastudio

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-hola/conquista-al-mundo-nacio-en-mendoza-es-artista-plastica-y-su-encuentro-con-la-reina-letizia-cambio-nid23082026/

Volver arriba