Diez años del Compromiso por la Educación
Este 12 de julio se cumplen diez años del Compromiso por la Educación. No fue la firma de un documento. Fue algo mucho más importante: la expresión pública de un consenso que habíamos constru...
Este 12 de julio se cumplen diez años del Compromiso por la Educación. No fue la firma de un documento. Fue algo mucho más importante: la expresión pública de un consenso que habíamos construido durante meses de trabajo y que ese día quedó representado en un acto en el Centro Cultural Kirchner.
Aquel día, bajo el liderazgo de Mauricio Macri, logramos reunir a quince gobernadores, a los ministros de Educación de las veinticuatro jurisdicciones del país, a la mayoría de los gremios docentes nacionales, a representantes de las más de cincuenta universidades públicas argentinas, a numerosas universidades privadas y a organizaciones de la sociedad civil comprometidas con la educación.
Quienes conocen la historia de nuestro país saben lo extraordinario que fue ese momento. Sentar en un mismo espacio a actores con intereses, responsabilidades y miradas tan distintas parecía una misión imposible. Sin embargo, ocurrió.
Paradójicamente, casi no tuvo difusión. Fue una decisión de la estrategia de comunicación de nuestro propio gobierno. Nunca compartí esa mirada. Siempre pensé que la sociedad necesitaba ver que la política también puede construir acuerdos, que no todo es confrontación y que todavía es posible trabajar juntos cuando el objetivo vale la pena.
Pero la historia de ese compromiso no empezó el 12 de julio. Había comenzado exactamente cinco meses antes.
El 12 de febrero de 2016, apenas dos meses y dos días después de asumir como ministro de Educación de la Nación, firmamos en Purmamarca un acuerdo con los ministros de Educación de las veinticuatro jurisdicciones. Ese fue el verdadero punto de partida. Allí definimos una agenda común y, sobre todo, comenzamos a construir una confianza que hacía muchos años no existía entre la Nación y las provincias.
Ese acuerdo tampoco nació de un escritorio.
Antes de convocar a los ministros, recorrí cada una de las provincias argentinas. Quería escuchar antes de proponer. Aprender antes de decidir.
Con el tiempo confirmé que ese es el primer paso de toda negociación exitosa: reconocer al otro.
Reconocer que el otro tiene experiencia. Que conoce una realidad que uno desconoce. Que puede aportar algo valioso. Cuando un dirigente cree que llega con todas las respuestas, deja de escuchar. Y cuando deja de escuchar, los acuerdos se vuelven imposibles.
Aquellos viajes estuvieron lejos de ser cómodos. En varias provincias tuve que atravesar piquetes de docentes para poder llegar al lugar de las reuniones. Algunos me preguntaban si no era mejor suspenderlas. Mi respuesta siempre era la misma: justamente porque había conflicto era imprescindible dialogar. Los piquetes no eran una excusa para dejar de escuchar; eran la prueba de que hacía falta hacerlo mucho más.
También hubo episodios que me enseñaron cómo el ejercicio del poder puede alejarse del verdadero liderazgo.
En todas las provincias me recibía el gobernador antes de la reunión con el ministro de Educación y su equipo. Era un gesto importante porque mostraba que la educación ocupaba un lugar en la agenda política de cada distrito.
Recuerdo especialmente una de esas reuniones. El gobernador me recibió en su despacho. La temperatura no debía superar los diez grados. Conversamos durante más de una hora en ese ambiente helado. Cuando terminamos, caminamos juntos hasta la sala donde nos esperaba todo el equipo de Educación. Allí el calor era sofocante, superaba ampliamente los cuarenta grados. Apenas entró, el gobernador dijo: “¡Qué calor! Prendan el aire acondicionado”.
Nunca olvidé esa escena. No por el frío ni por el calor. Porque comprendí que, para algunas personas, el poder también consiste en marcar diferencias. Mientras hablábamos a solas, el frío parecía no importar. Sin embargo, el aire acondicionado sólo se encendió cuando ingresó quien tenía el poder.
Aquella imagen reforzó una convicción que me acompañó durante toda mi gestión. El poder puede conseguir obediencia. El liderazgo consigue compromiso. El poder busca demostrar autoridad. El liderazgo inspira confianza. El poder necesita que todos sepan quién manda. El liderazgo hace que esa pregunta deje de tener importancia porque todos saben hacia dónde caminan.
Esa fue la lógica con la que trabajamos durante aquellos meses. Escuchar antes de hablar. Construir confianza antes de pedir acuerdos. Reconocer al otro antes de intentar convencerlo.
Así fue posible que, cinco meses después de Purmamarca, gobernadores, sindicatos, universidades públicas y privadas, organizaciones de la sociedad civil y los ministros de Educación de todo el país compartieran un mismo escenario y asumieran públicamente un compromiso común con la educación argentina.
Nadie renunció a sus convicciones. Nadie dejó de defender sus responsabilidades. Pero todos entendimos que existía una causa que nos obligaba a mirar más allá de nuestras diferencias: el futuro de millones de chicos argentinos.
Dialogar no implica ceder principios. Reconocer el valor del otro no disminuye nuestras propias ideas; las enriquece.
La educación tiene una característica única. Sus resultados nunca pertenecen a un gobierno. Un niño que empieza primer grado hoy terminará la escuela secundaria dentro de más de una década. Ningún presidente, ningún gobernador y ningún ministro puede atribuirse ese recorrido. Por eso las políticas educativas sólo funcionan cuando se convierten en políticas de Estado.
Diez años después, me preocupa comprobar cuánto ha retrocedido la Argentina en su capacidad para construir consensos. Pareciera que escuchar al otro fuera un signo de debilidad y que acordar significara resignar convicciones. Yo aprendí exactamente lo contrario. Escuchar fortalece. Dialogar no implica ceder principios. Reconocer el valor del otro no disminuye nuestras propias ideas; las enriquece.
La enfermedad que atravieso desde hace cinco años terminó de enseñarme esa verdad. Hoy dependo de muchas personas para hacer cosas que antes hacía solo. Esa experiencia me recordó que la verdadera fortaleza nunca fue la autosuficiencia. Siempre fue la capacidad de confiar en otros y de dejarse ayudar.
Tal vez también la Argentina necesite recuperar esa humildad.
Hace diez años demostramos que era posible reunir a personas que pensaban distinto alrededor de un objetivo común. No fue un milagro. Fue el resultado de escuchar, respetar y construir confianza.
Sigo convencido de que ese es el único camino para transformar un país. Porque el verdadero liderazgo no consiste en vencer al otro. Consiste en lograr que personas diferentes descubran que pueden caminar juntas hacia un mismo futuro.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/diez-anos-del-compromiso-por-la-educacion-nid09072026/