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El amor entre ovillos y colores

Mi madre, como muchas madres y abuelas, era una experta en el tejido. Lo traía desde su adolescencia en Galicia, donde, como toda señorita que se preciara en esa época, se iniciaba con el bordad...

Mi madre, como muchas madres y abuelas, era una experta en el tejido. Lo traía desde su adolescencia en Galicia, donde, como toda señorita que se preciara en esa época, se iniciaba con el bordado en la galería de la antigua casa de su abuela, en Ponteareas, en las afueras de Vigo. Los pulóveres con ochos eran un clásico de Joaquina. En los inviernos todos sus hijos nos abrigábamos de esa manera por partida doble: el tejido, en cualquiera de sus formas, e incluso si es un modo de supervivencia, siempre es una forma del amor.

En mi adolescencia, como corresponde, ya no me agradaban tanto esos diseños, entre otras cosas porque, después de tantos años y con tantos hijos, la exactitud de las medidas empezaba a flaquear, lo mismo que la tensión de los elásticos (para legos en la materia, el borde inferior y la terminación de las mangas de la prenda). No quedaba bien, además de que todos los suéteres parecían iguales.

Recordé estas historias a cuento de que ayer se celebró el Día Nacional de las Tejedoras, una efeméride que, si bien no es oficial, se inició en Australia en 2005 y se fue extendiendo a países como la Argentina. La información disponible indica que se originó cuando grupos de mujeres empezaron a reunirse para intercambiar saberes y compartir afectos. Lo mismo, en resumen, que viene de tiempos milenarios. Con agujas o con telares, en nuestro país hay toda una tradición de pueblos originarios y comunidades rurales que se ocupan no solo de mantener la cultura de cada región, sino que también practican el tejido como herramienta de supervivencia.

Mi madre se ocupó de transmitir su experiencia a mi hermana, que supo ser muy habilidosa. Pero también mis hermanos se sumaron cuando mi padre trajo a casa una “revolución”: a fines de los 60, las máquinas de tejer Knittax se empezaron a fabricar en la Argentina, con algunas piezas importadas de Alemania. Su popularidad fue tal que en 1971, mientras en su país de origen se vendían unas 15.000 al año, aquí se llegaron a colocar 50.000, según recuerda la revista Panorama de esa época.

Seducidos por la novedad y por el deseo de crear sus propios diseños, varios de los varones se sumaron a desentrañar los secretos de esas agujas mecánicas que, al pasar con un carro sobre la lana, iban formando espaldas y delanteras.

Podría decirse que fueron pioneros, al menos en una gran ciudad como Buenos Aires, donde los cánones de la época establecían que el tejido era cosa de mujeres. Ya no: existe un grupo llamado “Hombres tejedores Argentina”, muy activo en redes sociales y cuyos miembros se reúnen habitualmente a compartir ovillos y colores.

La llegada de sus nietos y de hijos de nuestros amigos llevó a mi madre a desarrollar otra especialidad: tejer primeras prendas y mantitas para esos bebés. Lo que hoy, entre las parejas de estos tiempos, se nombra como “talle newborn”. Prendas que luego pasaron a otros descendientes.

Ahora llegó nuestro turno. Ya conté por acá que con mi mujer estamos esperando nuestra primera nieta. Eso nos permite, entre otras cosas, modernizarnos sobre hábitos y costumbres de los jóvenes. La futura abuela, sin embargo, apeló a la tradición y volvió a tejer a mano como hacía mucho tiempo para recibir a la que llegará pronto como se merece. Ya hay un chaleco con botones para unirlo sobre los hombros y un saquito en ciernes del que solo faltan las mangas.

Lo notable, al menos para mí (aunque ya me lo habían advertido), es la constancia, la intensidad con que encara la tarea. Como que no puede parar de tejer. La actividad con las manos, la creación y el afecto son partes fundamentales en eso. “Es que nosotros tejemos la vida, punto por punto”, me dijo una de estas mañanas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-amor-entre-ovillos-y-colores-nid14072026/

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