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El arte de andar a la sombra: el parasol de papel, un invento milenario contra el sol y la lluvia

Me dispongo a trepar a una banqueta alta, tarea que a mis pocos años requiere algunas maniobras. Sin embargo, lo logro y espero al barman (un jamaiquino con rastas) que se acerca con sonrisa cómp...

Me dispongo a trepar a una banqueta alta, tarea que a mis pocos años requiere algunas maniobras. Sin embargo, lo logro y espero al barman (un jamaiquino con rastas) que se acerca con sonrisa cómplice y me pregunta qué me voy a servir. Este bar está junto a las enormes piletas ondulantes con pequeñas islas y puentecitos de madera que cruzan de un lado a otro. Rhum punch without rhum. Lo digo como un versito. Es la versión del trago que toman mis padres sin ron. El barman ríe cada vez que lo pido y vuelve con su camisa colorida y un vaso alto con jugos que van desde los rojos más profundos en la base a unos anaranjados y amarillos arriba. Cuando me lo acerca, le coloca la sombrillita de rigor. Durante esas vacaciones las voy coleccionando día tras día y también junto unas banderas diminutas que vienen clavadas en los club sándwiches.

Mientras admiro mi botín, pienso que todo es del tamaño ideal para una Barbie. Aunque esas manos rígidas no pueden sostener los parasoles, se los pego con un pedazo de cinta y levanto uno de sus brazos (que como las envidiables eternas piernas, son más articulados).

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Vestida con un kimono fucsia, anteojos de sol y unas altísimas sandalias con plataforma sobre las que Barbie nunca puede pararse, está lista para salir con su parasol de papel y disfrutar de una tarde de playa. Las sombrillas de papel aceitado (yóuzhǐ sǎn), esas que hoy asociamos a un trago tropical o a una tienda de souvenirs, en realidad nacieron como un prodigio de la ingeniería y la coquetería en la China de hace miles de años.

La leyenda, siempre afecta a atribuirle la gloria al ingenio doméstico, cuenta que fue la esposa del mítico carpintero Lu Ban quien, harta de verlo volver empapado durante las primaveras y otoños, montó un “techo móvil” de tiras de bambú y cuero animal que abría como una manta y cerraba como una vara. “Cuando se pliega, parece un bastón; cuando se abre, es como un techo”, decían al verla pasar. Con el tiempo, la piel dio paso a la seda, y ya entrada la dinastía Han, al papel, consolidando un mecanismo retráctil que los nobles llegaron a instalar en sus propios carruajes imperiales.

El papel se convertiría, además, en armadura contra el clima. En los centros artesanales, la fabricación de una sombrilla llegó a demandar más de ochenta pasos manuales: se seleccionaba bambú de cinco años —flexible, resistente y tratado contra insectos y hongos— para las varillas, y se tensaba sobre él papel fino de corteza de morera o algodón.

El toque maestro era el baño en aceite de tung: una resina vegetal que, al secarse, volvía la superficie impermeable, traslúcida y resistente incluso al sol impiadoso. Antes del baño aceitado, artistas y calígrafos solían pintar flores de colores, aves o versos poéticos, transformando un utilitario de lluvia en un cuadro portátil que tardaba semanas en curarse a la sombra.

Pero el verdadero peso ritual del objeto aparece en la ceremonia nupcial, donde la sombrilla roja brillante es una pieza insustituible. Ahí forma parte del ajuar tradicional que prepara la familia de la novia, y mientras el resto de los obsequios se entrega meses antes, este paraguas se reserva para el gran día. Al salir de su cuarto, el padre escolta a la novia, sosteniendo la sombrilla sobre su cabeza para blindarla contra los malos espíritus, mientras los invitados arrojan granos de arroz para atraer la fortuna y la fertilidad.

Durante el esplendor de la dinastía Tang, el invento cruzó fronteras hacia Corea y desembarcó en Japón, donde las llamaron sombrillas Tang. Allí evolucionarían en el arte local del wagasa, los paraguas tradicionales japoneses elaborados con bambú y washi (un papel japonés hecho a mano), para luego filtrarse a Occidente hacia el siglo XVI por las rutas comerciales marítimas.

Ese objeto concebido para proteger peinados y pieles de la nobleza oriental terminó fascinando a las cortes europeas por puro pavor a perder la palidez aristocrática, hasta que en Londres el viajero Jonas Hanway se animó a pasearlo bajo la lluvia y un tal Samuel Fox patentó las varillas de acero en el siglo XIX. Un recorrido deslumbrante para un artefacto que, con pura botánica, laca y paciencia geométrica, domó el sol y el agua mucho antes de que la modernidad nos condenara a los paraguas negros de nylon que se rompen con la primera sudestada.

Un mediodía de calor extenuante en Roma me compré una sombrilla de papel roja que vendían en la calle por unos poquísimos euros. Era una versión a escala real de los pequeños parasoles de mi colección infantil, y cuando la vendedora iba abriendo uno a uno los distintos modelos frente a nuestros ojos, luciendo sus brillantes colores, no pude resistirme. Al filtrarse por el papel, el sol pierde fuerza y todo es más fresco. No es una sombra: la luz se tiñe un poco de rojo y el ruido de la calle llega en sordina, como si se caminara bajo el resplandor de una linterna portátil.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/el-arte-de-andar-a-la-sombra-el-parasol-de-papel-un-invento-milenario-contra-el-sol-y-la-lluvia-nid20092026/

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