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El mileísmo se quedó petrificado en el 89

En 2011 Cristina Kirchner pronunció la bravata que ya forma parte del acervo simbólico de nuestra política: “Si quieren cambiar el modelo, armen un partido y ganen las elecciones”. Aquel des...

En 2011 Cristina Kirchner pronunció la bravata que ya forma parte del acervo simbólico de nuestra política: “Si quieren cambiar el modelo, armen un partido y ganen las elecciones”. Aquel desafío era desproporcionado y erróneo, porque en el hiato de silencio que media entre dos elecciones tiene que existir la posibilidad de debate sin mayores requisitos: para opinar no es necesario ni ser político ni tener un partido. Pero la Argentina es como un mago que saca de la galera infinitas sorpresas. En medio de la efervescencia mundialista, el Presidente produjo en la Bolsa de Comercio un upgrade respecto de aquel exabrupto memorable: ante la observación crítica de un asistente, luego de lanzar una llamarada de insultos, le gritó: “Si no te gusta andate a Cuba”. En los dos casos la orden implícita fue callarse, pero ahora la sanción para el disidente mutó: ya no fue la invitación a un torneo democrático sino el destierro.

La frase de Milei remite a la idea de que existen dos mundos excluyentes: el suyo, presuntamente capitalista y liberal, de un lado, y el comunismo, del otro. Este maniqueísmo tajante, esta dicotomía cortada a golpes de cuchillo, típica de los populismos que intentan simplificar hasta la frontera del estereotipo, está lejísimos de corresponderse con la realidad.

En un discurso que brindó en Múnich en febrero de este año, el secretario de Estado Marco Rubio formuló una aseveración que, en medio de las tensiones transatlánticas, insuflaba una molécula de esperanza: sostuvo que Estados Unidos y Europa estaban unidas por un glosario de joyas que incluía cultura, lenguajes, ancestros y una herencia cristiana. Obsérvese que no dijo “fe cristiana”, sino “herencia cristiana”. Música para los oídos democráticos europeos. Como ha señalado Francis Fukuyama, son cosas bien distintas: la herencia cristiana es la idea de la igualdad universal de todos los hombres –nutrida por la encíclica Rerum Novarum de León XIII y por el Concilio Vaticano II–, de la cual deriva el constructo de los derechos humanos y el constitucionalismo contemporáneo. Para el verdadero liberalismo la fe es privada, no pública; la política, la ciencia y la economía se separan de la fe.

Por ende, el discurso de Marco Rubio enarbola los grandes valores del liberalismo lockeano: la apertura hacia el otro, la tolerancia, el debate de ideas, la periodicidad de los mandatos, los frenos y contrapesos, los límites al poder y la mirada escéptica respecto de lo dado; en síntesis: el Estado de Derecho. El gran Estados Unidos de Jefferson, ese que dio universidades como Harvard y el periodismo prodigioso del caso Watergate, empalma perfectamente con estas premisas que abrazaron las democracias europeas. En efecto, la batalla por los derechos civiles de los años 60 se dio allí: Rosa Park en el tema de la negritud, Stonewall en relación a los gays, o las revueltas de Berkeley en cuanto concierne a la juventud contracultural.

Pero el problema es que hoy el trumpismo esconde un pliegue, una entretela, una dicotomía insalvable: hay dos Estados Unidos, el iluminista que surgiría en sordina del discurso de Rubio en Múnich y otro, representado por el movimiento MAGA, por J. D. Vance y por el propio Trump. Esta segunda vertiente es nativista y retrógrada, elude el Estado de Derecho, tal como aflora de la famosa frase de Trump en una entrevista con The New York Times: “Estoy limitado solo por mi moral”. De ahí se deriva todo el resto: que el ataque a Irán no haya pasado ni por el Congreso ni por los organismos internacionales, la pretensión territorial sobre Groenlandia, el ataque a las universidades, las descalificaciones a la prensa, el uso abusivo de los aranceles y la presión sobre la FIFA para que quitara la suspensión a un jugador norteamericano.

Antes de 2016 el Partido Republicano apoyaba el libre comercio, el gobierno limitado, la defensa de la inmigración y el orden democrático mundial. Después de 2016, bajo la consigna “America first”, los aliados pueden ser Putin o Kim, sin importar sus credenciales éticas; los adversarios pasaron a ser traidores y el discurso se ha degradado hasta límites caricaturescos. A este escenario se suma el hecho de que, como ha consignado Giuliano Da Empoli, por primera vez en la historia la tecnología crece por fuera de los Estados, bajo la voracidad de la ganancia privada, con compañías que tienen poder político autónomo. La esperanza de Da Empoli de que los Estados puedan regular la IA no solo resulta ingenua sino irrealizable, porque la competencia entre las grandes potencias va a desincentivar la regulación y, peor aún, porque lo más probable es que estas nuevas tecnologías estén blindadas (o, como mínimo, sean muy rebeldes) a cualquier tipo de control.

A la luz de este mundo debemos leer el “si no te gusta andate a Cuba” que Milei le infligió a un señor mayor al que inmediatamente extirparon de la sala. La frase resulta por lo menos anacrónica. Hoy la puja no es entre capitalismo y comunismo. El comunismo se extinguió y la prueba de ello es justamente Cuba, una ilusión pasada de moda, convertida en pieza de museo, en reliquia. Cuba es un friso crepuscular de despojos. Así como en otras épocas el apotegma “te quedaste en el 45” aludía a los nostálgicos del peronismo que creían que se podía volver a la telaraña de subsidios y prebendas, hoy podría decirse “te quedaste en el 89” para referirnos a los mileístas que no se enteraron de que cayó el muro de Berlín. Naftalina químicamente pura.

La gran disputa actual es entre democracias liberales y populismos de derecha. Esa es la distinción a formular: de un lado, el discurso de Rubio en Múnich, con la resonancia semántica de la igualdad entre los seres humanos; del otro, la frase “estoy limitado solo por mi moral”. De modo que cuando Milei adhiere al trumpismo, a Netanyahu, a Orbán y a VOX no se pone frente al comunismo, se pone frente a la democracia liberal. Milei está petrificado en el 89: bajo el disfraz de “liberal” pretende abolir todos los avances civilizatorios que consiguió el liberalismo desde el siglo XVII a la fecha.

No es raro por ello que muchos adherentes libertarios, e incluso funcionarios, hayan dicho con desprecio que la selección francesa de fútbol era “un equipo africano”, frase que representa un profundo desprecio por la inmigración, el mestizaje y la integración, como si la selección argentina no estuviera compuesta por apellidos tan tranquilamente españoles como Martínez o Fernández y los dos mayores ídolos de la historia de nuestro fútbol no fueran descendientes de italianos. Muchos que se llenan la boca con el liberalismo, contradictoriamente, se emocionan hasta las lágrimas con cierta pureza nacional inexistente. No es raro, por ello, que muchos libertarios sean también transfóbicos y homófobos, vaciando así de contenido el principio liberal de que cada ser humano tiene derecho a elegir su modelo de vida y resolver sobre su propio cuerpo.

Decir en la actualidad que Cuba es el mal absoluto, el paradigma a combatir, es un despropósito de alguien muy mal informado o, peor aún, de alguien que ejecuta malabares con fantasmas. La puja de la hora es entre dos capitalismos opuestos. El peligro hoy es inscribirnos en el menú de los gobiernos que no respetan el Estado de Derecho. El peligro es apostar a un país sin clase media, sin universidades de calidad, sin lectores de diarios y sin cultura. El peligro es desmantelar el libre comercio y apostar, por el contrario, a un capitalismo de invernadero que reparta los negocios entre amigos. El peligro es la apariencia de debate que esconde un silencio orgánico. El peligro es poner el país en bandeja como teatro de batalla para experimentos tecnológicos y disputas comerciales que nos exceden.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-mileismo-se-quedo-petrificado-en-el-89-nid29072026/

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