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El relato en primera persona de una oportunidad única para un golfista amateur: “Mi sueño de jugar en Augusta”

Hay lugares en el mundo que trascienden al deporte. Lugares que, aun antes de pisarlos, ya viven dentro de uno como un recuerdo prestado. Augusta National Golf Club es exactamente eso. Un sitio que...

Hay lugares en el mundo que trascienden al deporte. Lugares que, aun antes de pisarlos, ya viven dentro de uno como un recuerdo prestado. Augusta National Golf Club es exactamente eso. Un sitio que cualquier golfista conoce de memoria sin haber estado nunca allí. Cada árbol, cada green, cada pendiente fueron vistos durante años por televisión, imaginados miles de veces y soñados aún más, sin embargo nada, absolutamente nada, te prepara para lo que significa realmente entrar a Augusta National Golf Club.

Llevo más de 20 años dedicado al golf en medios audiovisuales, especialmente en Golf Channel Latin América. Este año, por vez primera, me acreditaron el ingreso para cubrir el Masters de Augusta, uno de los cuatro Majors de golf y tal vez el evento más importante de golf a nivel mundial.

Todos los años, se hace un sorteo especial entre la gente de los medios que está cubriendo el torneo, aproximadamente 300 personas, de las cuales, solo 20 tendrán la posibilidad de jugar Augusta National Golf el lunes siguiente al desenlace del torneo.

Esta lotería se hace entre las personas de medios que se inscriben al efecto, no pudiendo participar aquellos que ya ganaron en los últimos siete años.

El sábado por parlantes se anuncia que se publicarán en las pantallas los nombres de los ganadores. Es el momento donde todos corremos buscando el monitor más próximo… soñando encontrar su nombre allí y ser uno de los 20 afortunados.

La imagen parecía un momento de evacuación de un edificio, indescriptible. Fui uno de los últimos en llegar, cuando uno de mis compañeros a los gritos me anunciaba que mi nombre estaba en la pantalla. Con la sospecha de una broma, corrí a comprobarlo con mis propios ojos. Efectivamente era cierto, había salido sorteado para jugar Augusta el lunes posterior a la conclusión del torneo.

Mis piernas ya no reaccionaban igual, una sonrisa inmensa desbordaba mi cara. Un colega me miró y me dijo “Debes haber salido sorteado por la sonrisa que traes en tu cara”.

El domingo por la mañana, los 20 que habíamos salido sorteados teníamos una charla con la gente de comunicaciones del club para explicarnos el cronograma del Lunes. Sobra aclarar que la asistencia a esa charla fue perfecta. Nos explicaron lo que podíamos y lo que no podíamos hacer.

Augusta tiene reglas muy estrictas, que hacen a su impecable organización. Recibe más de 30.000 espectadores por jornada, que ingresan sin celulares al field. Un deporte donde la concentración y el silencio son tan imprescindibles como la pelotita.

En esa charla nos hicieron formalmente entrega de una invitación oficial personalizada para poder presentarnos a jugar el Lunes.

Mi horario de salida era a las 12:30 del mediodía.

En Augusta todo funciona con precisión absoluta: permiten el ingreso exactamente una hora antes, ni un minuto previo.

Así que decidí matar el tiempo tomando un café frente al club, en un Kroger que seguramente muchos reconocerán. Intentaba distraerme, aunque era imposible. Tenía una mezcla de ansiedad, adrenalina y emoción difícil de explicar.

Pensaba en mis padres golfistas, que ya no los tengo. En mis hermanos también golfistas, en mis amigos del Argentino, de las giras a grandes canchas del mundo, pero ninguna como Augusta…

Estaba a minutos de cumplir uno de los grandes sueños de mi vida.

A las 11:20 pedí un Uber rumbo a la Gate 3 del club. Cuando llegamos a la entrada de Magnolia Lane vi algo que me llamó muchísimo la atención: unos pilares de acero emergían del piso y solo descendían cuando autorizaban el ingreso. El guardia revisó la lista de invitados, buscó mi nombre, me pidió una identificación y, con una calma total, me dijo: “Espero que tenga el mejor día de su vida”.

Entrar por Magnolia Lane fue uno de esos momentos que quedan grabados para siempre. En el auto sonaba “Georgia On My Mind” en la versión de Willie Nelson y le pedí al chofer que manejara despacio. Muy despacio. Porque uno entiende rápidamente que quizás nunca vuelva a recorrer ese camino. Miraba los árboles perfectamente alineados, el césped impecable, el silencio absoluto alrededor… y sentía que estaba entrando en un lugar distinto a cualquier otro.

Cuando llegamos a la rotonda frente al clubhouse, personal del club me recibieron, tomaron mis palos, mi equipaje y todo lo que llevaba encima. “No se preocupe por nada, nosotros nos encargamos a partir de aquí. Bienvenido Francisco, esperamos que disfrute el día”.

Ese nivel de atención y hospitalidad ya marcaba el tono de lo que sería toda la experiencia.

Otro empleado abrió la puerta principal del clubhouse y entré. A mi derecha estaba el front desk y otro joven empleado me saludó cordialmente mientras me explicaba que el desayuno estaba listo en el Champions Dinner Room, el mismo salón donde se celebra la famosa Cena de Campeones del Masters. Subí las escaleras y ahí estaba todo preparado: desayuno, lockers y vestuarios asignados para cada foursome.

Y entonces llegó otro momento surrealista.

Mi locker era el de Ángel “Pato” Cabrera. A un lado estaba el de Tiger Woods. Del otro, Vijay Singh; Sam Snead. Era imposible no detenerse unos segundos a contemplar toda esa historia junta en un mismo lugar. Todo lucía impecable, perfecto, casi intocable. En Augusta cada detalle parece estar diseñado para transmitir respeto por la historia del golf.

Tomé otro café, recorrí el shop privado del club —muy distinto al famoso merchandising del Masters al que acceden los patrons (Así llaman a los fanáticos durante el torneo) y compré algunas cosas sabiendo que probablemente nunca más volvería a estar ahí. Cuando miré el reloj me quedaban apenas 35 minutos para pegar en el tee del 1.

Pedí entonces que me llevaran al driving range en uno de los carritos.

El driving range de Augusta parece sacado de una película. Todo perfectamente alineado. Las pirámides de pelotas armadas con una precisión absurda, cada estación impecable, cada movimiento silencioso y coordinado. Al fondo vi a un caddie con el clásico mameluco blanco apoyado sobre mi bolsa y con una mano descansando sobre mi driver.

Era Brian.

Se presentó con naturalidad: “Mi nombre es Bryan, llevo 24 años trabajando acá y todo lo que me quieras preguntar solo tienes que pedirme”. Me contó que había llevado a jugadores latinoamericanos como la mexicana María Fassi y el chileno Toto Gana, entre otros.

Mientras yo calentaba, le di mi cámara de fotos y le dije: “Sacá todo lo que quieras, no me pidas permiso nunca. Vos sacá durante todo el día”. Recuerden que tampoco nosotros podemos llevar celulares fuera del edificio.

Empecé pegando wedges. Y pasó algo extraño: pegué todo bien. Yo no soy precisamente un gran jugador de juego corto, pero las pelotas salían perfectas hacia esos greens impecables del range. Después vinieron los hierros, las maderas, el driver… y casi todo salía exactamente como quería. Todo era perfecto, irreal.

En un momento pensé: “Tal vez hoy sea mi día”.

Fui luego al putting green y al área de juego corto. Todo era una demostración obsesiva de perfección. Había un caddie dedicado exclusivamente a juntar pelotas y otro rastrillando la arena después de cada golpe para que los bunkers lucieran intactos.

Faltaban siete minutos para salir.

Subimos al carrito rumbo al tee del hoyo 1.

Al atravesar el pro shop y salir directamente hacia el tee sentí una mezcla de adrenalina y vértigo difícil de describir. Había gente de comunicación del Masters, empleados del club y otros invitados observando. El starter nos saludó exactamente igual que lo hace con los profesionales durante el torneo. Nos entregó la tarjeta, nos dio algunas recomendaciones y recordó que no estaba permitido usar el teléfono celular ni sacar fotos/videos con el mismo.

Mis compañeros de juego estaban igual de paralizados que yo. Nadie quería pegar primero.

Así que agarré mi driver, puse el tee y dije: “Bueno, si nadie arranca, voy yo”.

No puedo explicar lo que fue mi primer golpe. Le pegué una bomba.

La pelota salió alta, fuerte y pasó por encima del cross bunker derecho. Un drive de más de 320 yardas. Venía pegándole muy bien en el driving range y por un segundo pensé que quizás realmente podría jugar bien en Augusta. Claro que nosotros jugábamos desde los tees de salidas de los que juegan los miembros del club, unas yardas más corta que donde jugaron los profesionales el domingo del Masters. Pero aun así, el campo seguía siendo tremendamente difícil y los greens es como estar sobre una mesa de mármol.

Llegué a mi pelota y otra vez me sorprendió la perfección del césped. El Masters había terminado apenas el día anterior y el campo parecía intacto. Me quedaban 84 yardas.

Brian me explicó exactamente dónde debía aterrizar la pelota. Pegué un wedge perfecto y la dejé a poco más de un metro.

Le pregunté cómo veía el putt.

“Borde derecho”, me dijo.

Le hice caso y la pelota cayó al centro del hoyo.

Birdie en el 1 de Augusta National.

Me di vuelta hacia mis compañeros y en broma, dije: “Bueno muchachos… voy liderando Augusta”.

La sensación fue indescriptible. Mi objetivo antes de empezar era simple: hacer al menos un birdie en Augusta. Y lo había conseguido en el primer hoyo.

Pero Augusta siempre encuentra la manera de devolverte a la realidad.

El hoyo 2, Pink Dogwood, me dio inmediatamente el famoso cachetazo que tantos jugadores describen. Una salida mala a la izquierda, problemas entre los árboles y terminé haciendo un buen bogey. Después vino el hoyo 3, donde intenté llegar al Green con el drive, terminé fallando por la izquierda y salí con doble bogey.

Y así empezó realmente la experiencia Augusta.

No se trataba solamente de pegar buenos tiros. Se trataba de entender dónde errar, cómo pensar cada golpe y, sobre todo, cómo convivir con greens que parecen estar vivos. Ahí comprendí perfectamente aquella frase de Ángel Cabrera: “En Augusta es mejor estar afuera del green del lado correcto que adentro del lado equivocado”.

Cada hoyo era una mezcla entre belleza y amenaza.

El 6, con esa bandera imposible arriba a la derecha. El 7, angosto y exigente. El 8, donde logré mi segundo birdie después de dejarme un putt para águila. El 9, uno de esos fairways que uno soñó mil veces ver por televisión.

Cuando terminé los primeros nueve hoyos había hecho 42 golpes. Pero sinceramente el score era lo de menos. Yo estaba viviendo algo mucho más grande.

Al salir del green del 9 ocurrió otra escena surrealista: vi a Rafa Nadal terminando su ronda en el green del 18, pegado al green del 9. Me acerqué a saludarlo y me contó que había hecho 73 golpes. Hablamos un poco de golf y de su recuperación física de su operación de la muñeca y de que los tenistas cada vez más están jugando al golf.

Otra postal imposible de imaginar tiempo atrás.

La vuelta empezó fuerte. En el 10 pegué probablemente una de las mejores maderas 3 de mi vida dibujando perfectamente el dog-leg de derecha a izquierda. En el 11 logré un par sólido. Después llegó Amen Corner.

Y ahí Augusta volvió a mostrar los dientes.

En el 12 junto con Brian estábamos entre hierro 8 y 9. Brian sugería 8. Yo quería 9 porque venía pasándome en todos los par 3. Finalmente pegué un medio hierro 8, hice un gran swing… y la pelota terminó perdida detrás del green, en las plantas. Doble bogey.

El 13 fue probablemente el hoyo que más me gustó, no hay manera de describir la caminata por ese fairway. Ver ese fairway, ese arroyo, esos árboles fue una sensación espectacular. Drive pasando en donde Phil Mickelson en 2010 pegó uno de los mejores golpes de la historia del torneo para luego quedarse con el saco verde. Tiré para birdie de lejos y salí con un buen par. En el 14 pegué uno de los mejores drives del día, 307 yardas, wedge al green y dos putts, par. En el 15 drive por izquierda pasado a los árboles donde Rory McIlroy en 2025 logró uno de los golpes que quedarán en la historia. Hierro 8 de segundo golpe y me fui al agua de atrás intentando ser agresivo. En el 16 viví una de las caminatas más emocionantes de toda la vuelta, recorriendo ese green que tantas veces había visto decidir Masters históricos. Pegué un gran hierro 8 por la derecha de la bandera y con la típica bandera de domingo, como venía sucediendo, me pasé al fondo del green y de ahí logré 2 putts increíbles, par.

Hoyo 17 salvé un gran bogey que pudo ser peor.

Y finalmente llegó el 18.

Ya tenía las piernas agotadas de subir y bajar lomas durante horas. Brian me explicó exactamente qué necesitaba hacer desde el tee: volar los bunkers de la izquierda pegando 274 yardas de vuelo y si se abre el resultado sería mejor. Respiré profundo y pegué un drive recto a los búnkers fuerte con altura.

Cuando vi que efectivamente la pelota sobrevolaba la arena de los búnkers, sentí un alivio enorme.

Me quedaron 104 yardas a pegar por encima del búnker frontal del green del 18 que probablemente sea uno de los más profundos del campo.

Saqué el sand wedge de 60 grados y pegué, sin exagerar, el mejor wedge de mi vida. La pelota aterrizó pasada de la bandera y desapareció de mi vista. Caminé hacia el green viendo el clubhouse detrás y pensando: “Estoy terminando de jugar en Augusta National”.

Todavía hoy se me pone la piel de gallina recordándolo.

Al subir al green vi dos pelotas. Una a cinco metros y otra a poco más de dos. Me acerqué rápido a la más cercana y sonreí apenas confirmé que era la mía.

Brian me dijo: “Borde derecho por dentro y rapidísimo”.

Las manos me temblaban. Era absurdo sentir tanta presión jugando una ronda casual…pero esto era Augusta. Tiré el putt y vi cómo la pelota comenzaba lentamente a buscar el hoyo.

Y entró. Birdie para cerrar Augusta.

Saqué mi pelota del hoyo 18 de Augusta National. Miré hacia el fairway, saludé a mis compañeros, a sus caddies y al mío. Y simplemente dije:

“¡Gracias, gracias!

Gracias al golf. Gracias Augusta. Gracias a mi viejo, a mi abuelo y a mi mamá, quienes fueron las personas que me acercaron a este deporte maravilloso.

Cuando el auto me alejaba nuevamente por Magnolia Lane entendí algo: uno no sale igual de Augusta National. Porque Augusta no es solamente un campo de golf. Es un sueño que, que alguna vez y por un día, te invita a vivirlo.

Por: Francisco Javier Obarrio

Golf Lead and Director of Business Development and Content Partnerships Golf Chanel Latin America,

Handicap: 4.6

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/golf/el-relato-en-primera-persona-de-una-oportunidad-unica-para-un-golfista-amateur-mi-sueno-de-jugar-en-nid03062026/

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