“Ellos me hicieron ver que yo era capaz”: la ayuda que cambió la vida de Owen y que muchos chicos vulnerables nunca reciben
Cuando le preguntaron cómo imaginaba su futuro y qué deseaba para él, Owen, de 17 años, no supo qué contestar. Cursaba el último año de una secundaria pública de La Cava, donde vive con su ...
Cuando le preguntaron cómo imaginaba su futuro y qué deseaba para él, Owen, de 17 años, no supo qué contestar. Cursaba el último año de una secundaria pública de La Cava, donde vive con su hermano de 20 y su madre. Ni ella, que trabaja como empleada de limpieza de manera informal, ni él, que hace changas de plomería, terminaron el secundario.
“Nunca pensé en estudiar. Era tímido, me costaba hablar y no confiaba en mí”, cuenta Owen a LA NACION. Tampoco tenía referentes que le permitieran proyectar un camino distinto al que habían tomado su hermano y su mamá.
Pero cuando una organización aterrizó en su colegio para ofrecer un programa de orientación y apoyo vocacional, se anotó. Fue la tutora de esa ONG la que le preguntó sobre su futuro. La respuesta llegó recién después de avanzado ese programa: “Ellos me hicieron ver que yo era capaz, que sí podía tener y pensar un futuro”.
El camino que comenzó a recorrer Owen, que ahora planea estudiar diseño gráfico en la UBA, expone cómo el entorno donde crecen los jóvenes influye en cómo imaginan su porvenir. Ese entorno puede estar conformado, idealmente, por padres, hermanos mayores, familiares, docentes, referentes de clubes, centros culturales o universidades, por ejemplo. Sin embargo, no todos los entornos ofrecen esa red.
“Las desigualdades que hay entre los chicos de mayor capacidad económica y los chicos de barrios populares no se concentran solo en sus ingresos, sino que se explican también por los entornos en donde crecen”, afirma Daniel Hernández, investigador del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y responsable de un reciente estudio que pone foco en esa desigualdad.
La investigación se basa en el testimonio de 50 jóvenes del conurbano norte y CABA de entre 16 y 24 años: 25 pertenecen a sectores de altos ingresos y viven en barrios cerrados y zonas de alto poder adquisitivo, y los otros 25 son chicos de barrios populares que aún mantienen la expectativa del ascenso social. A todos se les preguntó cómo imaginan o planifican su futuro.
El hallazgo de esa investigación es contundente: “Los jóvenes de familias de altos ingresos se presentan como actores cuyo protagonismo está sostenido en un entorno social que invierte en ellos y valida sus expectativas futuras. En contraste, los jóvenes de los barrios populares narran historias en las que sostienen sus expectativas a partir de su propio esfuerzo individual contra un entorno adverso y peligroso. Los primeros son actores de un orden social que invierte en ellos y reconoce sus logros, los segundos son héroes que deben crear sus propias posibilidades ante un destino que a cada paso parece negárselas”.
Me imagino viajando por el mundo, reuniéndome con gente importante y llegando bastante lejos”
Feliciano (18), hijo de una empresaria dedicada al comercio internacional
“Hay que tener confianza en uno mismo y nada más, pensar en que vas a crecer tanto como vos te muevas, nadie te va a ayudar”
Ramiro (20), joven de un barrio popular, estudiante de música
Sumá talento joven a tu equipo
Si trabajás en recursos humanos, sos empresario o tenés un comercio o emprendimiento, podés emplear egresados de Empujar, una organización que capacita y ayuda a conectar a jóvenes vulnerables con el mundo del trabajo formal.
QUIERO CONTRATARMuchos de los jóvenes vulnerables crecen en hogares monoparentales. “Suelen vivir con sus madres, que laburan todo el día para tener lo básico. Regresan a su casa a las nueve de la noche. Con suerte, los chicos salen a las cinco de la tarde del colegio y están mucho tiempo solos”, dice Nicolás Torres, referente territorial del barrio 1.11.14 y cofundador de Popurrí, una startup política que estudia las urgencias de los sectores más vulnerables.
“Si no hay un club en el barrio, un comedor, un centro cultural, esos chicos están solos en sus casas o en la calle. Entonces, ¿quién les va a decir que pueden soñar con un futuro mejor?”, dice Torres.
Las familias tienen un rol central en cómo un adolescente comienza a planear su adultez. “Son quienes los anotan en la escuela, los llevan a clubes y los sostienen no solo económicamente, sino afectivamente”, explica Hernández. Por eso, es común que los jóvenes de familias de altos ingresos reproduzcan las trayectorias de sus padres: ir a la universidad y ser profesionales o empresarios.
Los chicos de los barrios populares, en cambio, necesitan aspirar a diferenciarse de sus padres, ya que muchos no completaron sus estudios básicos. En la terminalidad del secundario y la posibilidad de estudiar una carrera abrazan la idea de progreso. “Suelen ser los padres u otros referentes de la familia quienes les inculcan una idea muy clara: ‘Estudien para ser alguien’”, explica Hernández.
Sin embargo, no en todas las familias existe ese incentivo. “Si los adultos trabajan muchas horas o están ausentes, los chicos deben cuidar a sus hermanos y también trabajar”, explica Melisa Massinelli, directora de educación de Fundación Reciduca, la organización que ayudó a Owen con la planificación de su futuro. “Son chicos que no tienen en sus hogares un espacio en el que puedan pensar en ellos, en sus fortalezas y sueños. Es importante que sean las escuelas las que les brinden ese clima”, asegura.
La escuela fue mi segunda casa, me capacité en talleres de todo tipo, hice un programa de mediación de Naciones Unidas y un viaje de intercambio a Estados Unidos”
Ester (17), joven de clase alta, quiere estudiar finanzas
En los parciales me bloqueo porque la escuela no me preparó para esto. Toda mi familia espera que no me rinda”
Lucrecia, 18, joven de un barrio popular, estudia diseño en la UBA
En Argentina, muchos jóvenes creen que el estudio y el trabajo son las llaves para el progreso. Los de mejor situación económica destacan la calidad educativa de sus escuelas y lo que les ofrecen: cursos extracurriculares, prácticas preprofesionales, becas en universidades privadas y viajes de intercambio.
Mientras ellos ven cómo su mundo se expande, los chicos de barrios populares sienten que el suyo se hace cada vez más pequeño. “Las escuelas de los barrios están desbordadas, con pibes que vienen con muchos problemas desde la casa. La escuela está entre enfrentar esas problemáticas y dar educación de calidad”, dice Hernández.
No se trata solo de elegir con quién te juntás, dice Ramiro (20), sino “que te dejen estudiar, que le den bola al profe”. Nueve de los 25 jóvenes describen sus escuelas como servicios deteriorados, lugares donde es difícil estudiar, con frecuentes interrupciones en las clases por razones de infraestructura, ausentismo docente o paros y violencia entre los compañeros, revela el informe.
Incluso los chicos de barrios populares que comienzan una carrera universitaria se dan cuenta de que esas escuelas “no les dieron las herramientas para sostener sus estudios y viven eso como una estafa”, explica Hernández.
Mi meta es independizarme. Ahora mis papás me pueden aguantar”
Manuela (19), joven de clase alta, estudia finanzas
Si puedo recibirme y empezar de abajo en una empresa, pienso en tener cuatro paredes y un techo”
Lucrecia, 18, joven de un barrio popular, estudia diseño en la UBA
Todos los adolescentes tienen sus problemas, ansiedades y miedos, expone la investigación. Los de altos ingresos temen no estar a la altura de las expectativas de sus padres o se rebelan contra mandatos familiares. Pero sus familias, amigos y referentes son una red para pensar en opciones, son su respaldo mientras estudian o piensan en cambiar de carrera porque no tienen la exigencia de tener que trabajar.
En cambio, los jóvenes de barrios populares encuentran obstáculos profundos. Muchos empezaron a trabajar a los 15 años y, si bien pueden llegar a tener el apoyo de sus familias, aseguran que la posibilidad de progresar depende de su esfuerzo.
Unos 18 de los 25 entrevistados trabajan actualmente y tres buscan empleo para sostenerse y aportar a sus hogares de origen. Los trabajos más frecuentes se concentran en sectores como albañilería, limpieza, servicios personales y trabajo comunitario.
“La generación de ingresos se solapa y coexiste con la preparación para el futuro; a esta edad la dependencia de la familia se vive como inaceptable”, dice el informe.
Me imagino viajando por el mundo, cerrando tratos comerciales”
Feliciano (18), joven de clase alta, su madre dirige una empresa familiar de comercio internacional
El que no sale del barrio no progresa, pero cuesta salir”
Natalia (21), joven de un barrio popular, su madre pudo enviarla a una escuela en CABA y se le abrió el mundo cuando se hizo dirigente estudiantil
Para los jóvenes de barrios populares, “salir del barrio” es un logro para acceder a una vida más segura y a más oportunidades de progreso. En el caso de los chicos de mejor capacidad económica, su entorno no los limita, es seguro.
“En los barrios, a los chicos de 6 años les preguntás qué quieren ser y te dicen ‘bombero, futbolista, maestra’. Nadie te dice ‘quiero ser narco o chorro’. Todos tienen sueños”, explica Nicolás Torres y sigue: “Pero a medida que esos niños crecen se les achica el margen de futuro porque no salen del barrio”. Por eso, Torres cree que los clubes, los centros comunitarios y culturales son “fundamentales para sacar a los chicos de la esquina y las malas juntas”. Y cierra: “Un centro cultural los lleva a un teatro y el club a torneos en otras provincias. Así conocen chicos con otras realidades, se inspiran”.
Hoy Owen, ya con 18 años, terminó la secundaria. Quiere estudiar Diseño Gráfico en la Universidad Nacional Raúl Scalabrini Ortiz, en San Isidro. “El programa de Reciduca me cambió la vida. Perdí la timidez de hablar con otras personas muy diferentes a mí; aprendí a hacer un currículum, marketing y algo de finanzas”, dice.
Para que los futuros no sean tan desiguales, Hernández afirma que es el Estado quien tiene la responsabilidad de que los entornos sean equitativos. Dice que las políticas sociales tienden a basarse en la transferencia de ingresos, como lo era la caja PAN en los años 80 o lo es la Asignación Universal por Hijo o el Potenciar Trabajo.
“Las políticas deberían también desarrollar servicios de calidad en los barrios: escuelas y clubes que funcionen y espacios públicos más protegidos. Son la red de los más vulnerables y a su vez, el entorno que los ayuda a planificar y progresar”, explica.
Owen busca trabajo para el año que viene anotarse en la facultad y no ser “una carga” para su familia. Piensa que su edad y la nula experiencia le juegan en contra. Pero dice que “no va a aflojar”, que ya no se siente solo.
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Si trabajás en recursos humanos, sos empresario o tenés un comercio o emprendimiento, podés emplear egresados de Empujar, una organización que capacita y ayuda a conectar a jóvenes vulnerables con el mundo del trabajo formal.
QUIERO CONTRATAR Vidas DesigualesEsta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables