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Enfermedad inflamatoria intestinal: del diagnóstico cada vez más frecuente a los nuevos tratamientos para revertir el daño

La enfermedad inflamatoria intestinale (EII) es un grupo de patologías crónicas que afectan el aparato digestivo. Las principales son la colitis ulcerosa, que compromete el intestino grueso, y la...

La enfermedad inflamatoria intestinale (EII) es un grupo de patologías crónicas que afectan el aparato digestivo. Las principales son la colitis ulcerosa, que compromete el intestino grueso, y la enfermedad de Crohn, que puede afectar cualquier segmento del tubo digestivo. Ambas pueden provocar diarrea persistente, dolor abdominal, sangrado y pérdida de peso.

Su prevalencia está aumentando en distintos países, aunque parte de ese crecimiento puede vincularse con un mayor reconocimiento y diagnóstico. Un estudio publicado en 2022 en The Lancet Regional Health – Americas, basado en registros del sistema público brasileño, encontró que, entre 2012 y 2020, la prevalencia pasó de 30 a 100 casos cada 100.000 habitantes.

Uno de los principales obstáculos para llegar al diagnóstico es que los primeros síntomas suelen confundirse con trastornos digestivos comunes. Esto demora la consulta. Sin tratamiento, la inflamación persistente puede provocar lesiones, estrechamientos del intestino, fístulas e incluso hacer necesaria una cirugía. Por eso, los especialistas insisten en la importancia del diagnóstico temprano.

“Cuanto más temprano llegamos al diagnóstico, empezamos el tratamiento mucho más rápido y frenamos esa inflamación que tanto le afecta la calidad de vida al paciente”, explicó a LA NACION Raquel Analía González, coordinadora de la Unidad de Enfermedad Inflamatoria Intestinal del Instituto de Enfermedades Digestivas del Hospital Alemán. La médica conversó con este medio en la UEG Week, en Barcelona, uno de los principales congresos internacionales de gastroenterología.

Las consecuencias pueden ir más allá del intestino. La inflamación sostenida aumenta el riesgo de complicaciones, incluido el cáncer colorrectal, y algunas personas presentan manifestaciones en las articulaciones, la piel o los ojos.

En los últimos años, los medicamentos biológicos ampliaron las opciones disponibles. Ya no se busca solamente aliviar el dolor o la diarrea, sino también cicatrizar la mucosa intestinal y prevenir complicaciones. Aún es difícil anticipar cuál funcionará mejor en cada paciente. González conversó con LA NACION sobre estos avances y los desafíos pendientes.

—¿Cuáles son los síntomas de estas dos enfermedades y qué puede desencadenarlas?

—No sabemos cuál es la causa puntual. Existe una predisposición genética y participan factores como la microbiota, el ambiente, el tabaquismo y el estrés. Durante la pandemia diagnostiqué a muchos adolescentes. El estrés no es la causa por sí solo, pero puede favorecer la manifestación de la enfermedad.

Los síntomas incluyen dolor abdominal, diarrea con o sin sangre o moco y pérdida de peso. La urgencia para ir al baño, a veces acompañada de incontinencia o despertares nocturnos, afecta especialmente la vida cotidiana. Recuerdo a una paciente que, después de mejorar, me dijo que por fin podía salir sin pensar primero si habría un baño disponible.

—¿Cómo se diagnostican y por qué importa detectarlas a tiempo?

—No existe un único estudio. Evaluamos los síntomas, los análisis de sangre y marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva. También medimos la calprotectina fecal, que nos informa sobre la inflamación intestinal. La colonoscopía con biopsias es fundamental y, a veces, una enterorresonancia o videocápsula.

Después hay que monitorear la respuesta al tratamiento. Combinamos los análisis y la calprotectina con la ecografía intestinal, que aporta información sin obligar al paciente a someterse continuamente a procedimientos más invasivos.

Lo ideal es actuar cuando todavía podemos controlar la inflamación. En Crohn pueden aparecer estenosis, que estrechan el intestino, o fístulas, comunicaciones anormales entre estructuras. Cuando se desarrolla fibrosis, el tejido queda rígido, como una cicatriz, y muchas veces el daño ya no se revierte con medicamentos.

—¿Cuáles son las complicaciones a largo plazo y los cuadros más difíciles?

—Estas enfermedades pueden limitar el trabajo, el estudio y la vida social. Cuando afectan el colon, después de unos ocho a diez años de evolución cobra especial importancia el seguimiento endoscópico por el riesgo de cáncer colorrectal. Ese riesgo depende de la extensión y persistencia de la inflamación. Lograr la cicatrización de la mucosa ayuda a reducirlo, aunque no lo elimina por completo.

También pueden afectar articulaciones, piel y ojos. He visto madres que no podían levantar a sus bebés por el dolor. Por eso muchas veces trabajamos con otros especialistas.

Uno de los cuadros más complejos es el Crohn fistulizante, especialmente en la región perianal. Las fístulas pueden causar dolor, infecciones y abscesos. Requieren un abordaje médico y quirúrgico coordinado. Si hay un absceso, debemos controlar la infección y, cuando corresponde, drenarlo antes de iniciar determinadas terapias biológicas.

—¿Qué cambió con las terapias biológicas y qué objetivos persiguen los nuevos tratamientos?

—Los corticoides desinflaman, pero tienen numerosos efectos adversos y no pueden utilizarse de manera crónica. Los biológicos permiten bloquear mecanismos específicos de la inflamación. Primero llegaron los anti-TNF; luego, los medicamentos dirigidos contra integrinas y, más recientemente, contra determinadas interleuquinas. Estas son proteínas que utilizan las células del sistema inmunitario para comunicarse y regular la respuesta inflamatoria. Una de ellas, la interleuquina 23 (IL-23), interviene en los procesos que mantienen activa la inflamación intestinal. Bloquear esa vía de manera selectiva amplía las opciones, incluso cuando otros tratamientos no dieron resultado.

Buscamos inducir la remisión y sostenerla durante años, con eficacia y un perfil de seguridad adecuado, evitando el uso repetido de corticoides. Hay tratamientos intravenosos, subcutáneos y alternativas orales de otras clases farmacológicas. La elección depende de la gravedad, los antecedentes y las preferencias del paciente. También evaluamos los riesgos, especialmente ciertas infecciones, y revisamos vacunas y tuberculosis antes de empezar.

Ya no alcanza con que desaparezcan los síntomas. Queremos normalizar los marcadores inflamatorios y cicatrizar la mucosa intestinal. Cuando lo logramos, muchos pacientes recuperan su vida habitual, pueden trabajar, estudiar e incluso planificar un embarazo con seguimiento adecuado.

—¿Por qué todavía no podemos elegir desde el comienzo el medicamento ideal para cada paciente?

—Ese es uno de los grandes desafíos. Tenemos tratamientos que actúan sobre distintas vías inflamatorias, pero todavía no podemos identificar con precisión cuál predomina en cada persona ni anticipar qué terapia le dará mejores resultados. Esa sería la verdadera medicina personalizada.

Hoy decidimos según la edad, la extensión de la enfermedad, la profundidad de las úlceras, los marcadores inflamatorios, las manifestaciones fuera del intestino y el riesgo de complicaciones. Algunos pacientes necesitan tratamientos muy eficaces desde el inicio; otros tienen más alternativas. También importa el acceso, porque son medicamentos costosos y debemos garantizar su continuidad.

Además, un paciente puede sentirse bien y todavía tener inflamación intestinal. Por eso es imprescindible monitorearlo y no guiarnos solamente por los síntomas. Hoy muchas personas pueden llevar una vida prácticamente normal. Pero necesitamos elegir mejor qué tratamiento indicar y cuándo hacerlo. Cuanto antes controlemos la inflamación, más posibilidades habrá de evitar daños irreversibles.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/enfermedad-inflamatoria-intestinal-el-grupo-de-patologias-cada-vez-mas-diagnosticado-y-los-nuevos-nid24102026/

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