Estrenos de cine: La Odisea
La Odisea (The Odyssey, Estados Unidos/2026). Dirección: Christopher Nolan. Guion: Christopher Nolan (basada en ‘La Odisea’ de Homero). Fotografía: Hoyte van Hoytema. Edición: Jennifer Lame....
La Odisea (The Odyssey, Estados Unidos/2026). Dirección: Christopher Nolan. Guion: Christopher Nolan (basada en ‘La Odisea’ de Homero). Fotografía: Hoyte van Hoytema. Edición: Jennifer Lame. Elenco: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Zendaya, Charlize Theron, LupitaNyong’o, Samantha Morton, Elliott Page, Jon Berthal, Benny Safdie. Calificación: No disponible. Distribuidora: UIP-Universal. Duración: 173 minutos. Nuestra opinión: buena.
La primera imagen del caballo de Troya que aparece en esta versión cinematográfica del poema homérico La Odisea dice mucho de la mirada de su director, Christopher Nolan, sobre aquel punto de inflexión para la civilización helénica. El mítico ejemplar del triunfo de Agamenón y sus generales se hunde en la playa. La sangre derramada por Sinón consagra la trampa de esa falsa ofrenda. La ciudad amurallada abre las puertas de su propia destrucción. En la perspectiva de Nolan, La Odisea es la historia de las consecuencias de ese acto fundante, un acto de ira y horror.
El gesto mismo de adaptar La Odisea puede ser visto también como la conclusión de una ambición postergada, el destino de un camino que Nolan hace tiempo había emprendido, y que el éxito económico y los Oscars del fenómeno Oppenheimer le permitieron filmar con el mejor presupuesto. La pulsión tanática de la civilización humana yacía también bajo la figura del científico de Los Álamos, hijo de la ciencia moderna que gestó bajo su augurio la herramienta de su aniquilación. El propio Bruce Wayne alimentó con su duelo el odio que se propagó por Ciudad Gótica. ¿Es también Ulises -u Odiseo como lo reconoce la versión griega original- un hombre preñado de una idea de grandeza que descubre en su triunfo el horror mismo que ha creado?
Algo de eso subyace en toda la obra del director británico, casi como sus confesas aspiraciones autorales o sus secretas culpas de una civilización de la que se sabe parte y sostén. Y sí, esta Odisea hecha en 2026 es hija del nuevo mainstream, de un cine de escrupulosa ostentación, rigor y poderío en su factura, con una agitada discursividad y emociones alambicadas propias del mejor melodrama. Nolan ha aprendido con tino la fórmula, incluso para llevarla a su mejor ejercicio, ahora con un presupuesto descomunal, con muchas estrellas, cámaras IMAX y escenas de una imponencia que solo el mundo de leyenda podía haberle regalado. Pero en Nolan importan menos los sueños que los hombres que los engendran, y cada bruja, coloso o dios oculto en las vestiduras del mendigo es en realidad una faceta más del alma humana.
La Odisea comienza in media res, podríamos decir, cuando Odiseo (Matt Damon) ha triunfado en Troya para luego extraviarse en su viaje de regreso, sin que en la isla de Ítaca sepan siquiera si está vivo o muerto. Allí, en el palacio donde Penélope (Anne Hathaway) teje entre los festines de sus pretendientes, su hijo Telémaco (Tom Holland) anhela la mayoría de edad. Los obscenos aspirantes al trono festejan la ausencia del rey y reclaman su derecho ante el encierro de la viuda. La partida de Telémaco hacia Esparta, para reconstruir los hechos de la guerra de Troya más allá de las canciones del triunfo, abren el relato a una especie de encuesta a varias voces.
Tomando como eco la estructura de El ciudadano de Orson Welles, Nolan reconstruye una verdad esquiva sin garantía de certezas, amalgamando recuerdos, fantasías y especulaciones. Penélope recuerda el amor, el sirviente ciego (John Leguizamo), la bravura, el rey Menelao (Jon Bernthal), las amargas traiciones sin reparación, el pérfido Antínoo (Robert Pattinson), las ventajas obtenidas. Sumergido en el olvido junto a la ninfa Calipso (Charlize Theron), el propio Odiseo intenta reconstruir la historia que lo ha llevado hasta allí y que se ha extraviado en su memoria. Las promesas incumplidas, los muertos deshonrados, la ira desmedida, el orgullo malherido. Pero en definitiva es un viaje de descubrimiento, no del otro misterioso, como lo era el magnate Charles Foster Kane y el enigma de su Rosebud; es el mismísimo Odiseo el que interesa a Nolan, y es ese hombre el que se precipita al espejo de su propia identidad perdida.
Cómo en Oppenheimer, las objeciones que se pueden hacer a La Odisea están en la misma sintonía: el golpeteo insistente de las metáforas, las emociones expuestas en parlamentos, las declaraciones finales sobre la buena conciencia. Quizás la revelación de uno de los personajes sobre “el final de Era de Bronce” ya sea demasiado. Pero aun así La Odisea tiene la ambición de encarnar, en el lenguaje cinematográfico y en las dimensiones de una sala de cine -algo que cada vez se hace más difícil de encontrar-, un espectáculo de gran escala, con cíclopes y monstruos marinos en perfecto CGI, sirenas que concentran en sus seductores cantos la conciencia de la orfandad humana, y un hombre que descubre en el final de su ansiado regreso la verdadera dimensión de su responsabilidad histórica. Mucho para un personaje, aún con la materia mitológica de Ulises, pero no para su ambicioso creador, un Nolan que no deja de mostrarnos aquella oscuridad que tanto ansiamos olvidar.