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Fito Páez versus las dopaminas

Riesgo, sorpresa, regalo, impaciencia, enojo, decepción. Lo que se dice una Bitter sweet symphony. Seis escalones separaron el comienzo de un encuentro anhelado entre dos partes del final agridulc...

Riesgo, sorpresa, regalo, impaciencia, enojo, decepción. Lo que se dice una Bitter sweet symphony. Seis escalones separaron el comienzo de un encuentro anhelado entre dos partes del final agridulce de una noche a la que no se le quitó nada de lo que iba a dar, pero puso en duda aquel viejo refrán popular que dice que “lo que abunda no daña”. Porque anoche, en el Movistar Arena, Fito Páez se salió de libreto, antepuso al show de grandes éxitos que todo un estadio había ido a escuchar un concierto de su último disco, Novela, y eso, que él entendía como un generoso obsequio –y que antes que todo cumplía con su propio deseo-, primero desconcertó y luego molestó a buena parte del público, que se portó mal: fue y vino de los asientos a los puestos de comida, conversó a viva voz, usó sin reparo los teléfonos celulares y finalmente descarriló de manera intolerante. Evidentemente, aunque sea con las mejores intenciones, arrebatarle una hora y diez minutos de su tiempo a la gente pareciera hoy casi tan peligroso o imprudente como meterle la mano en el bolsillo. Los silbidos, desconsiderados, irrespetuosos, de la primera parte, devinieron en las chicanas y el fastidio, del otro lado, durante el segundo tramo.

¿Pero acaso el artista no debe desafiar, mostrar nuevos caminos, expresarse sin tapujos, arriesgar e incluso incomodar, en el mejor de los sentidos? ¿De verdad preferimos ir de pé a pá por una lista segura de temas conocidos, encender ya casi por instinto las linternas del celular cuando suena “Brillante sobre el mic”, aplaudir en contratiempo y corear cuando es debido y creer de mentiritas que todo se terminará cuando diga “chau hasta mañana” aunque estemos bien seguros de que luego vendrá “Mariposa tecknicolor”? ¿No es inédito reclamar porque en lugar de una hora y media el show duró casi el doble?

Sabía que algo de esto pasaría y no porque hubiera asistido en sueños a la escuela de brujas donde estudian las dos hermosas protagonistas de Novela, Maldivina y Turbialuz: la “Prix University” (así se titula la primera canción del álbum). Lo había escuchado de su propia boca, en un video que 48 horas antes del show el músico compartió en sus redes sociales: allí contaba lo que iba a hacer. Sorpresa a medias, entonces, pensaba dedicar esta columna a una ópera rock construida durante 38 años a la vera de todos los discos que Fito Páez publicó de los ochenta a esta parte. Claro, es por eso que en Novela aparecen citas más y menos literales, entre letra y música, reliquias, rastros, estampas, perfumes de todo su largo camino. Una historia de amor, al fin y al cabo, que hasta esta accidentada noche de miércoles apenas había tenido una única presentación en público, en Rosario, en marzo pasado, a tiempo con el cumpleaños del hombre que puso las canciones en tu walkman, que le dio alegría a mi corazón y tantas cosas más. Entre otras, que nunca se calló.

“Si la contás, no te lo creen”, masculló, queriendo decir algo así como les doy un regalo y se quejan. Luego acusó por el incidente a las dopaminas –y sobran las razones para hacerlo-, que están en nuestro cuerpo y gobiernan nuestro centro de recompensa y motivación, allá arriba, en el cerebro, porque nos ahogaron la paciencia y, con ello, nos quitaron la virtud de poder escuchar al otro. Porque –amén de los gustos: para gustos, los colores- lo que el estadio quería escuchar, para lo que había pagado su entrada, no estaba en juego, pero vendría después, más tarde. Y en la escalada de ansiedad más de uno le hubiera metido un dedazo a Fito si hubiera podido, para pasar a lo siguiente, como si la vida fuera un reel y todos estuviéramos adentro de una gran pantalla (spoiler alert: afortunadamente no).

Fue la cumbre de la falta de respeto que el abucheo cayera en cascada sobre el epílogo de la narradora de este viaje audiovisual, Lorena Vega –una actriz que, multiplicada en pantallas y escenarios, vive un gran romance con sus audiencias– justo cuando estaba diciendo, como Macbeth, que “lo feo es bello y lo bello es feo”. Antes de que algún desprevenido saque apresuradas conclusiones y le endose este cheque al rock: irrespetuosos hay en todas partes y a granel; en el Teatro Colón, a la hora de los aplausos, hay habitués que salen en estampida y le dan la espalda a los artistas al momento del saludo, como si el auto, la cena o quién sabe qué cosa fuera a desvanecérseles en el apuro.

“Yo amo, no odio”, retomó Páez, que por las dudas a la hora de los bises se aseguró como un antídoto “Sacate el diablo de tu corazón”. Si en algo seguro acordaremos los allí presentes con él es que fue una “extraordinaria e inolvidable noche”. Buenos Aires, avant-garde, quisieron contarte un cuento y no supiste escuchar. Tal vez no era el modo, pero anoche en ese estadio perdimos todos. Después, afuera se irán la pena y el dolor, esa también es una que sabemos todos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/fito-paez-versus-las-dopaminas-nid21052026/

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