Fue asesinado de cinco balazos en la calle, en un crimen con el sello de una venganza entre bandas internacionales
Fue el segundo homicidio en dos semanas cometido en el Área Metropolitana Buenos Aires por sicarios de bandas narcos extranjeras. La primera víctima de los asesinos a sueldo foráneos había sido...
Fue el segundo homicidio en dos semanas cometido en el Área Metropolitana Buenos Aires por sicarios de bandas narcos extranjeras. La primera víctima de los asesinos a sueldo foráneos había sido el traficante uruguayo Carlos Andrés Migales Viera, de 27 años. El 4 de octubre pasado tres atacantes irrumpieron en el departamento que alquiló en Costa Rica al 5600, en Palermo y le dispararon ocho balazos con una pistola con silenciador. Otra muerte de similares características se sumó en los últimos días. Fue en Quilmes, donde ejecutaron en la calle a un ciudadano paraguayo que habría sido un testigo clave en un juicio en su país.
El móvil del crimen de Migales Viera fue una venganza por una guerra entre bandas uruguayas. Ese narco había viajado a nuestro país para buscar refugio pero lo mataron. Según fuentes policiales, la sospecha apunta a que la víctima fue “entregada” en Uruguay. Alguien sabía dónde se “había escondido” en la Argentina y “lo vendió”.
El 28 de julio pasado llegó a nuestro país Julio César Arriola Sosa, de 38 años. Este ciudadano paraguayo viajó a la Argentina desde Cambyretá, cerca de Encarnación. El 16 del actual fue asesinado de cinco balazos en un ataque con matices de ajuste de cuentas.
Un asesino llegó a pie hasta la vivienda situada en la esquina de las calles 861 y 898, en la localidad de San Francisco Solano, en el partido de Quilmes, y le efectuó cinco disparos.
Después de balear a Arriola Sosa, el agresor caminó una cuadra y media y abordó una moto en la que lo esperaba un cómplice.
No hubo testigos, pero el ataque quedó grabado por dos cámaras de seguridad, en las que se registró que el sicario esperó que Arriola Sosa descendiera de su Volkswagen Suran para dispararle cinco balazos.
A partir de esas imágenes, se determinó que el sicario conocía a qué hora llegaba Arriola Sosa a la casa del familiar que lo alojaba. Disparó cuando su blanco descendió del vehículo.
Con los datos obtenidos por los familiares de Arriola Sosa, los investigadores policiales determinaron que trabajaba como albañil y que el día que lo mataron, pero por la mañana, había sufrido un robo en la obra en que trabajaba, en Moreno, en el oeste del conurbano.
Si bien Arriola Sosa no estaba solo, fue al único de los albañiles al que asaltaron. Según la denuncia policial, los delincuentes se llevaron el celular de ese hombre. Por la noche, minutos después de las 22.30 lo mataron de cinco balazos, en el otro extremo del Gran Buenos Aires.
Antes de vivir con su hermana, desde que llegó de Paraguay el 28 de julio pasado, Arriola Sosa pasó un tiempo con otro familiar, en El Pato, partido de Berazategui. Al mismo tiempo trabajaba como albañil.
Si bien todavía no fue acreditado en el expediente ni confirmado por sus familiares, Arriola Sosa había viajado a nuestro país, luego de declarar como testigo en la investigación por el homicidio de un narco que habría sido identificado como Ramón Rolando Miño Rolón, asesinado de tres balazos en su casa del barrio Tacuarí, en la ciudad de Cambyretá, en el departamento Itapúa.Miño Rolón era buscado en Paraguay por dos asesinatos. Sospechan que otras muertes podrían sumarse en sus antecedentes delictivos. En su cuerpo se hallaron heridas originadas por proyectiles 9mm y 5,56mm. Ese último calibre es de fusiles de asalto, como el M4. Un testigo de identidad protegida señaló a la Justicia que Miño Rolón había sido ejecutado por hombres que vestían ropa camufleada y pasamontañas. La víctima de ese ajuste de cuentas había estado escondido en la Argentina antes de regresar a su país.
Ese crimen ocurrió cuatro días antes de la llegada Arriola Sosa a la Argentina. De acuerdo con crónicas periodísticas sobre el asesinato en Paraguay, Miño Rolón tenía planificado un inminente viaje a nuestro país para eludir a sus perseguidores. Para confirmar o descartar la versión que avala la hipótesis sobre un homicidio cometido en venganza por la declaración de Arriola Sosa como testigo contra una banda narco que operaba en la zona de la Triple Frontera el responsable de la Dirección Departamental de Investigaciones de Quilmes solicitó información a las autoridades paraguayas, a través de Interpol.
Ajustes de cuentasLos asesinatos de Arriola Sosa y Migales Viera no fueron hechos aislados. Hace dos semanas, Heriberto Azamendía un transa de droga dedicado al narcomenudeo, de nacionalidad paraguaya, fue asesinado de 13 balazos en la puerta de su casa en la localidad de González Catán, partido de La Matanza. De nada le sirvió la ametralladora que tenía para defenderse. El sicario esperó que saliera de su casa para ir al almacén y lo llamó por su nombre. Entonces, Azamendía se dio vuelta y el agresor le disparó 13 balazos en el rostro. Después de concretar su faena de balas y sangre, cambió el cargador, abrió fuego contra el búnker donde Azamendía vendía droga y huyó. En total fueron 26 balazos.
Alertados por el dueño del almacén al que Azamendía había ido a comprar bebidas, los policías de la seccional local llegaron a la escena del ataque y encontraron el cuerpo de la víctima en la vereda. No pasó inadvertido para los uniformados que el sicario agrupó todos los balazos en la cara de Azamendía.
Los trece disparos en el rostro borraron el rostro de la víctima. Para los investigadores fue necesario recurrir al cotejo de las huellas digitales para confirmar la identidad de ese hombre.
Primero, se estableció que Azamendía, de nacionalidad paraguaya residía en una vivienda situada en la misma cuadra que lo mataron. A dos casas de su domicilio, Azamendía tenía un búnker de venta de droga.
Alertados por los vecinos que conocían sobre los movimientos de automovilistas que llegaban al lugar para comprar droga, los policías irrumpieron en ese inmueble y encontraron droga, una computadora portátil, una balanza, dos celulares, una ametralladora con dos cargadores, una pistola 9 mm, municiones y tres transmisores.
A mediados de agosto, los barrios San Luis y San Francisco, en Florencio Varela, fueron escenario de una guerra narco que provocó tres homicidios, en 48 horas.
La última víctima fue identificada por fuentes policiales como Cintia Caballero, una mujer, de 30 años, que vivía en una casa donde vendían drogas. Fue apuñalada cuando huía de la casa que un grupo de 200 vecinos incendió. La vivienda está en la calle 1325, entre 1344 y 1348. Allí vivían Cintia, su pareja, que también fue herido de gravedad, y su cuñado, identificado como Johny, un vendedor de droga que instaló un búnker sin autorización de la banda de los Paisa, integrada en su mayoría por narcos de nacionalidad paraguaya.
El ataque contra la casa en la que vivían Cintia, su pareja y su cuñado resultó el corolario de la balacera ocurrida 72 horas antes cuando desde un Volkswagen Suran gris, cuatro integrantes de la banda narco de los Paisa, dispararon con una ametralladora contra el frente de la casa situada en 1325, entre 1344 y 1348, y mataron a Ariel Macchi y Franco Herrera, quienes estaban en la puerta de la vivienda junto a Sebastián Ortiz.
Cuando fueron baleados, Macchi, Herrera y Ortiz esperaban que les llevaran herramientas porque al día siguiente debían realizar un trabajo de albañilería. Actualmente, Ortiz está internado en grave estado en el hospital Mi Pueblo, de Florencio Varela.
Macchi, Herrera y Ortiz fueron víctimas inocentes de una guerra narco entre los Paisa y las bandas rivales. Los Paisa no aceptan competencia y cuando algún transa o vendedor de un grupo rival se instala para vender droga en su territorio, matan a vecinos y a los vendedores.
A partir de la reconstrucción del ataque, realizada por los investigadores policiales y judiciales, se determinó que cuando los sicarios del Volkswagen Suran gris dispararon contra la casa en la que estaban los albañiles, buscaban en realidad, la vivienda de Johny.
La hipótesis de los investigadores apunta a que los sicarios se equivocaron de blanco. El objetivo del ataque era la casa donde viven Johny, su hermano, Ariel y su cuñada, Cintia, pero mataron, por error, a Macchi y Herrera. Ambas viviendas están en la calle 1325, entre 1348 y 1344.
Cuando los vecinos de Herrera se enteraron que el albañil había fallecido, organizaron una manifestación para reclamar justicia por las víctimas del ataque y para exigir que la policía expulse a los narcos que venden droga en el barrio.
Ante la falta de acción de los efectivos que llegaron al lugar para custodiar la casa que era el verdadero objetivo del ataque, que funcionaba como búnker de droga, los vecinos incendiaron la vivienda.