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Hacer las paces con la vida

El fin de semana me sumergí en la lectura de una novela que esperaba con ansias de este lado del Atlántico. Lo que podemos saber (Ed. Anagrama), la “nueva” obra del británico Ian McEwan, lle...

El fin de semana me sumergí en la lectura de una novela que esperaba con ansias de este lado del Atlántico. Lo que podemos saber (Ed. Anagrama), la “nueva” obra del británico Ian McEwan, llegó aquí este mes pero se publicó hace exactamente un año en Inglaterra, con el nombre original de What We Can Know.

En aquel momento, las críticas de medios como The Guardian y The New York Times –fuentes confiables, diríamos– habían sido no solo elogiosas, sino fundamentalmente inquietantes. Por un lado, anticipaban que el protagonista es un biógrafo, una tarea –un género– que me apasiona (después de todo, qué otra cosa hacemos los periodistas más que narrar hechos y vidas ajenas). Pero además estaba la cuestión temporal, ya que la acción transcurre en el año 2119, y es desde ese futuro que el narrador vuelve a nuestro tiempo, más concretamente a una cena en particular que reunió a varias mentes brillantes. La aventura de contar el hoy desde el siglo venidero, es decir, observar nuestro presente como “el pasado”, me resultaba una invitación extraordinaria, en especial contemplando la deslumbrante inteligencia del autor.

Creo que llegué a McEwan hace casi un par de décadas, como llegué a varios otros escritores estupendos: gracias a mi amiga Ana, quien además de periodista es librera –y lectora empedernida desde la infancia–, y tiene la particular habilidad de recomendar el libro justo en el momento preciso. Mi vía de entrada fue Chesil Beach, una nouvelle de 2007 que retrata la inconmensurable frustración de una pareja de jóvenes novios vírgenes en su noche de bodas. Esa pintura inocente y triste de una generación previa a la revolución sexual de los años 60 bastó para que incluyera al autor entre mis preferidos.

Así es que el domingo, con el fresco olor de estas páginas nuevas ante mí, avancé en la lectura, sin saber que el relato de ese investigador que “nos” indaga desde el futuro iba a calar tan hondo.

Apenas Thomas Metcalfe –tal su nombre– llega a la ficticia Maentwrong-under-Sea para profundizar en su análisis de aquella velada de 2014 comienza a detallar ese presente distópico que habita, “con la agitación de las guerras, pandemias, los intercambios nucleares, la catastrófica Inundación y el Desarreglo, que empujaron a millones y millones hacia el norte frente a una inmensidad de miseria en el planeta” y, por comparación, a desear haber vivido en el “maravilloso” siglo XXI, un tiempo que describe como abundante de flores, árboles, insectos y aves, en el que aún se bebían buenos vinos y se probaban comidas variadas; cuando había servicios médicos imperfectos, pero operativos; en el que se podía viajar por tierra firme en cualquier dirección y respirar aire más puro y menos radioactivo…

En la página 54, cerré el libro. ¿Qué pasaría si este momento, tal como es para nosotros, luciera como “un paraíso” a ojos de quienes nos sucedan? ¿Cómo entenderíamos nuestro presente, aun con las quejas, la corrupción, la indiferencia, las desilusiones, las precariedades y los horrores, frente a la certeza de que sería anhelado como “un mundo mejor” de acá a un siglo?

Con zozobra, vagué mentalmente por algunas postales comunes de la cotidianidad: el mozo de algún bar que nos conoce por el nombre, las salas de cine que resisten, los almuerzos de domingo con gente querida, las escapadas al campo, el ruido del mar, quienes llaman por teléfono a sus adultos mayores todos los días, las risas en un teatro, los gritos de gol, el aroma a café que flota en nuestras casas por la mañana, los jazmines en verano, el cielo estrellado, aquello de “la caridad de los extraños”, saber que hay mucha más gente buena que mala en el mundo, el abrazo de un amigo, el impúdico perfume de otra piel en las sábanas, el horizonte de la ciudad desde la autopista cuando cae el sol…

Respiré hondo; me sentí en paz con la vida. No sé cómo sigue la novela, lo que sí sé es que ya hizo su efecto. Gracias, Mr. McEwan, por eso.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/hacer-las-paces-con-la-vida-nid17092026/

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