¿Individuo o comunidad?
Se ha dicho que la ciencia percibe solamente aquellas partes de la naturaleza que las tecnologías le permiten ver. Sin embargo, de tiempo en tiempo surge alguien que puede ver lo que otros no ven ...
Se ha dicho que la ciencia percibe solamente aquellas partes de la naturaleza que las tecnologías le permiten ver. Sin embargo, de tiempo en tiempo surge alguien que puede ver lo que otros no ven usando solo la inteligencia: Albert Einstein revolucionó la Física creando experimentos mentales y contando solamente con la asistencia de un único laboratorio: el de su cerebro...
No obstante, en el ámbito de la biología sigue siendo válido que las teorías acerca del origen y evolución de los seres vivos estén fuertemente limitadas por las tecnologías de la época. Antes de la adopción del microscopio por Leeuwenhoek en 1676, el vastísimo universo microscópico no existía y los microbios no formaban parte de las controversias de entonces. Su perfeccionamiento ulterior (por ejemplo, usando un haz de electrones en lugar de luz visible) y la incorporación de otras técnicas, como la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) o la secuenciación genómica, hicieron posible mostrar la íntima relación y dependencia mutua que existe en animales y plantas con el omnipresente mundo de la vida microscópica.
“La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”, expresa la bióloga estadounidense Lynn Margulis,
Conviene recordar que el Proyecto del Genoma Humano, lanzado en 1990 y completado muy recientemente, generó inicialmente una gran confusión al constatar que nuestra especie contaba solamente con 23.000 genes propios, cuando la complejidad psicofísica del ser humano indicaba que deberían hallarse al menos 100.000. El desconcierto entre los biólogos comenzó a disiparse cuando desde el Proyecto del Microbioma Humano lanzado en 2008 se informó que los gérmenes que conviven con nosotros desde hace miles de años, o sea, nuestra microbiota, superaban en número a las células de nuestro cuerpo en una proporción de 10 a 1; y que su componente genético (el microbioma) contaba con alrededor de 2.500.000 de genes: ¡100 veces más que los heredados de papá y mamá!
Quedó en evidencia algo totalmente inesperado: que a cambio de alojamiento, comida y un ambiente adecuado, nuestros gérmenes convivientes le “prestan” al huésped (el ser humano) los genes que necesita para funcionar, defenderse de amenazas y vivir saludablemente.
Sin este decisivo aporte funcional por parte de los microbios, nuestra misma existencia sería improbable.
Ahora sabemos que existe un pacto milenario de convivencia y mutuo beneficio conocido en biología como simbiosis entre las células con núcleo (eucariotas) de nuestros órganos y las células sin núcleo (procariotas) de nuestros gérmenes cohabitantes. Esta reciente, inesperada e inquietante información de que para ser sanos y longevos debemos cuidar a nuestros microbios puso a prueba la soberbia de la especie humana y, también, a sus ciencias biológicas, que se debaten entre incorporar estos hechos a su praxis diaria o hacer como si no existieran.
¿Cuánto tiempo nos llevará a los seres humanos deshacernos de nuestras falsas ideas supremacistas en biología? ¿Cuánto para entender que somos solo una parte más (y no la mejor) de la biosfera (la totalidad de la vida del planeta), para así ayudar a su conservación?
Según lo veo, existe aquí un importante problema antropológico, del cual hasta ahora la epistemología pareciera querer desentenderse. Si alrededor del 90% de las células que participan activamente del funcionamiento de nuestro organismo, incluyendo la mente, son no-humanas y pertenecen, se estima, a alrededor de 5.000 especies microbianas diferentes, ¿qué es un ser humano?, ¿qué es un individuo?
Etimológicamente, individuo implica que algo no puede ser dividido. Para el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, un individuo es “Cada ser organizado, sea animal o vegetal, respecto de la especie a la que pertenece”. Pero hay un problema aquí; ¿a qué especie se refiere? En el caso del llamado individuo humano, estamos hablando de una comunidad de 5.000 o más especies distintas.
La validez de los conceptos científicos, dijimos, es relativa. Depende de los cambiantes conocimientos de la época. Pero también es relativa la legitimidad de palabras como, en este caso, “individuo”, cuando se usa indistintamente en contextos tan diferentes como las ciencias sociales o la biología, y nuevos conocimientos alteran su significado original. Ahora está claro que cada animal y cada planta no es un ente autónomo, individual, indivisible: es una comunidad, una colectividad compuesta de las células y la genética propias del huésped, así como de un orbe microscópico conformado por millares de familias microbianas diferentes, todas integradas a este súper-organismo y orientadas al sostenimiento y desarrollo del mismo. Seguramente esta nueva acepción del término “individuo” colocará a antropólogos, biólogos y filósofos ante ingentes interrogantes éticos, fisiológicos, genéticos, y muchos más.
Lynn Margulis, la brillante bióloga estadounidense, ya se había ocupado de este asunto. En lugar del vetusto término individuo, ella propuso usar “holobionte”, definido como la entidad ecológica que surge de la asociación simbiótica de un macroorganismo (animal o planta) con los microorganismos de su microbiota. Y, por extensión, el “hologenoma” incluye tanto el genoma o totalidad de los genes del huésped como el de sus microorganismos residentes.
A pesar de su aparente complicación, estos conceptos están cambiando radicalmente viejos supuestos de la biología y la medicina. La evolución de la vida planetaria es inconcebible sin el omnipresente fenómeno de la "simbiosis": relación o asociación íntima de organismos de especies diferentes para beneficiarse mutuamente. O como mejor lo expresara Margulis: “La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”. Estos conceptos empiezan a permear el duro cuero de la ciencia clásica. Solo resta que sean incorporados a su cuerpo de doctrina y mejor conocidos por la gente.
Hace 80 años, Sartre decía que la individualidad se definía por la libertad de elegir y crear nuestro propio camino en la vida. Y que esta libertad es a la vez una bendición y una maldición, ya que nos obliga a asumir la responsabilidad de nuestras elecciones y acciones. Pero si en la construcción de nuestra “individualidad” participa una comunidad de especies tan diversa, ¿finalmente, quién elige? ¿Es concebible una biología orientada al bien común y al sostenimiento de la vida en la Tierra? ¿Podría existir algo así como una moral bacteriana? Como se ve, hay aquí abundante materia para el pensamiento.
¿Cuánto tiempo nos llevará a los seres humanos deshacernos de nuestras falsas ideas supremacistas en biología? ¿Cuánto para entender que somos solo una parte más (y no la mejor) de la biosfera (la totalidad de la vida del planeta), para así ayudar a su conservación? ¿Cuánto para que la ciencia corrija estos errores conceptuales que, muy apretadamente, estuvimos señalando?
Solo me resta concluir con el título de un hilarante cuento de nuestro Roberto Fontanarrosa, que creo resume adecuadamente lo que he tratado de decir: "El mundo ha vivido equivocado".
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/individuo-o-comunidad-nid13062026/