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Jenny Bazán, la interiorista argentina que vive en los hoteles para descifrar el lujo analógico

Jenny Bazán no está pendiente de los vaivenes del algoritmo ni de los tableros de Pinterest. La diseñadora, en cambio, busca inspiración en los paisajes, la flora y la fauna, los sonidos y la h...

Jenny Bazán no está pendiente de los vaivenes del algoritmo ni de los tableros de Pinterest. La diseñadora, en cambio, busca inspiración en los paisajes, la flora y la fauna, los sonidos y la historia de cada rincón del planeta desde donde la convocan.

Autora de las suites que disfrutan las estrellas de rock y líderes de todo el mundo, como la del Four Seasons Hotel de Buenos Aires, Bazán respeta sus propios manifiestos a la hora de elegir paletas de colores o combinaciones de texturas.

En un mundo saturado de pantallas, prefiere moverse por debajo del radar. Sin Instagram ni Facebook, asegura que esta decisión no le da ni un poco de FOMO (Fear of Missing Out, en inglés, o “miedo de quedarse afuera”). “La sobreexposición satura, intimida. Me transformé en una persona más analógica, más mecánica para comunicar. Prefiero que mi trabajo apunte a la vivencia: si una persona se hospeda en un cuarto, quiero que salga transformada, inspirada y sintiéndose bien”, define la experta en hotelería de alta gama que, muchas veces, debe firmar acuerdos de confidencialidad para que no se filtren detalles las habitaciones más exclusivas.

En 2018, su sensibilidad por la naturaleza la llevó a proyectar la Royal Suite del Gran Meliá Iguazú, el único hotel del país ubicado dentro del Parque Nacional Iguazú. Galardonada con el World Travel Awards (WTA) -los premios más prestigiosos del rubro- como la Mejor Suite de la Argentina y el Mejor Hotel de la Argentina, el reconocimiento pone en valor un método propio: el inmersivo.

Durante un año, Jenny se sumergió en la exuberancia de la selva, escaneando con todos los sentidos los movimientos de los animales, los horarios donde se dejaban ver, las características propias de cada especie. Con el tiempo, podía distinguir el caudal de las Cataratas del Iguazú, la tonalidad del agua y la indiscutida presencia de monos y coatíes: “Trabajan en yunta para robar lo que sea, desde botellitas del frigobar, carteras y zapatos, hasta objetos más personales, como pasaportes”, recuerda, divertida. Esta anécdota es una más de la colección. Durante un año, Bazán se reunió con expertos, conservacionistas, paisajistas, ingenieros y profesionales de todo tipo, para “hacerle una renovación completa al complejo, sin cambiar la estructura de hormigón. El trabajo dio sus frutos: los jardines verticales de nativas finalmente treparon por la fachada, a pesar de los monos que sacaban los plantines”, apunta.

En cada destino, y en especial en los proyectos en Parques Nacionales, todo lo que vivió le dejó un aprendizaje. Como el caso del yaguareté al que le faltaba un colmillo, una pieza clave que le iba a impedir aparearse. “Mis amigos expertos me explicaron la función táctica y de sujeción de los colmillos. Hasta intervino un dentista”, comenta, y describe algunas situaciones vividas como de “realidades paralelas”.

El ejercicio de la observación también lo replicó cuando la llamaron desde Zanzíbar y Ngorongoro, en Tanzania, o Serengueti, en África del Este. “La vida en el hotel te permite palpar todo de primera mano. Me toca entender al huésped, a la cadena y al propietario. Una trilogía compleja que incluye muchas problemáticas entrecruzadas y las expectativas personales de muchos actores”, confiesa Bazán, que cursó la carrera de Diseño Gráfico en la UBA bajo la referencia de grandes mentores, como Jorge Frascara. También rescata sus charlas con su gran amigo Gabriel Dreyfus, uno de los publicistas argentinos emblemáticos, como elementos que se sumaron a su caja de herramientas.

De los viajes familiares por todo el mundo, el entrenamiento visual y el conocimiento antropológico de las necesidades del consumidor, Jenny Bazán configuró un método propio. De esa matriz híbrida entre el rigor visual, la publicidad de los noventa y la antropología del consumidor surge su método actual: una exploración inmersiva y transgeneracional. Para ella, diseñar el interiorismo de un hotel de cinco estrellas no se resuelve detrás de un escritorio en Buenos Aires. Implica armar un bolso liviano y mudarse al lugar de la obra por meses, o incluso años. Esa aproximación sutil y rigurosa al espacio público —pero profundamente privado— comenzó a moldearse en el Northlands, de Olivos, en el que se recibió en 1983. Luego llegaron los estudios de Arte en Cambridge, donde terminó de forjar su método de trabajo meticuloso y particular.

Trilogía del espacio

“El sector hotelero está en un cambio vertiginoso. El reto actual es satisfacer visual y espacialmente al huésped y, al mismo tiempo, cumplir con los estándares de la marca y el presupuesto (tarifa, ocupación y retorno de la inversión). Es una trilogía compleja, en la que hay que equilibrar las expectativas de muchas personas”, explica. Su trabajo opera como el nexo definitivo entre la constructora, los propietarios y las grandes cadenas internacionales, para quienes diseña conceptos, con objetos y materiales exclusivos. En esa mesa de negociación, el interiorismo suele ser el último eslabón y el primero en sufrir recortes cuando los números crujen. Allí es donde ella aplica dosis idénticas de sentido común y cintura, para cambiar.

Su biografía estalla en sellos de pasaporte: exploraciones en la India, visitas a la Feria de Milán, proyectos en Medio Oriente, el Lejano Oriente y Europa. Recuerda las jornadas en Marruecos junto con Patrick Hermès en su club de polo, conversando sobre el diseño de platos especiales y corbatas con un hombre de 80 años rodeado por los caballos del rey. O los aterrizajes en el pasto de Tanzania, haciendo scouting de nuevas locaciones para proyectos en el Serengueti o Ngorongoro. “Tener la posibilidad de compartir tiempo con ellos, entender qué los motiva y su inspiración desde el respeto y la admiración, es una experiencia que atesoro para mí”, reflexiona.

Sin embargo, fue en la selva misionera donde su concepto de diseño inmersivo llevó las cosas al extremo. Convocada para la remodelación del Gran Meliá Iguazú, una estructura original de 1978 diseñada por el arquitecto Estanislao Kocourek, las que iban a ser unas semanas de asesoramiento se transformaron en un año entero viviendo en una de las habitaciones. “Me fui por un par de semanas y me quedé un año para seguir la obra desde adentro, sin salir. El caudal de la catarata lo sentís en el cuerpo; las vibraciones hacen temblar los vidrios. Es inmersivo de verdad”, relata.

El desafío arquitectónico y de interiorismo consistía en generar el menor impacto ambiental posible, logrando que el hormigón original se diluyera dentro de la vegetación. Para resolver la fachada, se trabajó junto con expertos en un vivero vertical compuesto por más de 500 plantines de especies nativas extraídas de sitios permitidos. La ejecución tuvo sus propios códigos selváticos: “Fue un trabajo diario y particular con la flora y la fauna. Los animales sacaban los plantines y tuvimos reuniones con expertos en monos para diseñar trabas especiales”.

La ética de no pisar los brotes

Para vestir estos refugios premium, la diseñadora elude la estandarización global. Su firma radica en el desarrollo de objetos e insumos producidos exclusivamente para cada suite, aliándose con artistas locales que puedan transmitir la identidad de la región. Diseña textiles propios, empapelados específicos y estampas personalizadas, como sus motivos galardonados con el sello BPP (Best Playing Pony).

“La ética en el diseño es el respeto. Consiste en tomar las piezas tal cual me las envían las comunidades y los artesanos, sin interferir, sin pisar los brotes. Hay que apostar a la argentinidad, a los productos y textiles nacionales. Tenemos hacedores e industrias de oficios impresionantes”.

En sus proyectos conviven hasta 15 “llamadores” o disparadores sensoriales que conectan con la cultura local: desde un mate en borla o madera de lenga hasta texturas de vidrios fileteados que remiten a lo porteño para los cuartos del Four Seasons Hotel de Buenos Aires, complementados con alfombras de dibujos particulares y lecturas de antiguos viajeros como el Perito Moreno, Alcides d’Orbigny o Fitz Roy.

Para articular este entramado conceptual, la diseñadora se apoya en una estructura de trabajo familiar y transgeneracional, una suerte de constelación integrada por sus dos hermanas (Anne y Carol), sus dos hijas —Josephine y Michelle Guillot, abocadas al wedding planning, la floristería y la dirección creativa de artistas— y sus sobrinas. “Cruzamos disciplinas y abarcamos varias generaciones. Investigamos tendencias, leemos filósofos: las consulto un montón”, señala.

En pareja desde 2013 con un caballero que reside en la isla de Syros, Grecia, entiende su profesión como un canal en el que la estética es apenas la superficie de algo más profundo, ligado a las emociones internas y a las realidades paralelas que proponen los viajes. “Soy de equipaje ligero. No me llevo nada y nunca sé dónde termina la travesía. Al final del día, lo que uno quiere es que todos estén conformes, que el espacio sea de fácil mantenimiento, que funcione y que sea lindo. El diseño en la hotelería tiene que ir hacia mejorar el estado de ánimo de la gente, generar una sonrisa interna y detectar un criterio de humor”, concluye, mientras planifica su próximo destino invisible.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/jenny-bazan-la-interiorista-argentina-que-vive-en-los-hoteles-para-descifrar-el-lujo-analogico-nid07062026/

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