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La advertencia de un experto de Oxford: “Aquellos a los que no se les enseñe con IA van a quedar rezagados”

Volver a lo esencial: la alfabetización, las habilidades matemáticas y el pensamiento crítico. Es una de las principales recomendaciones de Daniel Susskind, economista británico que investiga e...

Volver a lo esencial: la alfabetización, las habilidades matemáticas y el pensamiento crítico. Es una de las principales recomendaciones de Daniel Susskind, economista británico que investiga el impacto de la tecnología, y en particular de la Inteligencia Artificial (IA), en el trabajo y la sociedad. “Sea cual sea el futuro, y los empleos que terminen teniendo demanda, sabemos que esas habilidades básicas van a ser fundamentales, son los pilares sobre los que se construye todo lo demás”, explica en una entrevista con LA NACION.

Es investigador en el King’s College de Londres y también en el Instituto de Ética en IA de la Universidad de Oxford y autor de múltiples libros, el ultimo que está presentando se titula What Should My Children Do? How to Flourish in the Age of AI (¿Qué deberían hacer mis hijos? Cómo prosperar en la era de la IA).

Susskind insiste en la necesidad de aceptar estas tecnologías en lugar de resistirse y alentar a los jóvenes a explorar cosas que antes no eran posibles. Considera que la IA puede transformar la enseñanza al permitir una educación más personalizada y a menor costo. “Aquellos a los que no se les enseñe con estas tecnologías van a quedar rezagados”, advierte. Cree que en cada asignatura deberían enseñar un uso eficaz de la IA y también cómo hacerlo sin ella.

—En su nuevo libro se pregunta qué necesitan los chicos para prosperar en la era de la inteligencia artificial. ¿Qué les recomendaría a los padres?

—Creo que en este momento existe una sensación de que estamos a la deriva, de que no sabemos muy bien qué hacer ni cómo responder ante estas tecnologías, ya sea entre padres, líderes empresariales o políticos. Y, como consecuencia, la reacción común es querer prohibirlas, limitarlas o culpar a los jóvenes si las utilizan. Y eso es uno de los mayores errores por dos razones. En primer lugar, estamos fallándole a la próxima generación si no la preparamos para el mundo en el que realmente va a vivir, si la preparamos para nuestro pasado en lugar de para su futuro. Pero también creo que es falta de imaginación para aprovechar estas tecnologías para ayudar a la próxima generación a comprender ideas, resolver problemas y, con el tiempo, hacer descubrimientos que habrían sido inconcebibles antes. El consejo fundamental es aceptar estas tecnologías en lugar de resistirse a ellas.

—Pero, ¿cómo podrían prepararlos si aún como adultos no saben cómo será el mundo que viene?

—Si tuviera que dar un consejo muy básico, y es con lo que empieza el libro, sería volver a lo esencial: la alfabetización, las habilidades matemáticas y el pensamiento crítico. Nos enfrentamos a un futuro extraordinariamente incierto. Es increíblemente difícil anticipar exactamente qué trabajos habrá que realizar y qué habilidades serán las más valiosas. Quizá sea la creatividad, quizá el criterio, quizá la empatía. No creo que podamos saberlo. La última década está plagada de intentos de anticipar qué trabajos y habilidades serían necesarios, solo para quedar en ridículo cuando no fueron.

Los últimos datos de la OCDE muestran que los niveles de alfabetización y habilidades matemáticas entre los jóvenes de todo el mundo están descendiendo desde 2009. Eso es un desastre, y especialmente si nos preguntamos cómo preparar a las próximas generaciones. Sea cual sea el futuro, y los empleos que terminen teniendo demanda, sabemos que esas habilidades básicas van a ser fundamentales, son los pilares sobre los que se construye todo lo demás. Es lo que los economistas llamarían una estrategia de arrepentimiento nulo.

—¿Qué deberían hacer las escuelas?

—En 2013, acá en el Reino Unido, el entonces primer ministro David Cameron anunció que Inglaterra se convertiría en el primer lugar del mundo en exigir que todos los alumnos de primaria y secundaria aprendieran a programar. Michael Gove, entonces secretario de Educación, sostuvo que esas eran las habilidades técnicas que la próxima generación necesitaría para tener éxito en el siglo XXI. Muchos otros países siguieron nuestro ejemplo. 10 años después, los sistemas de IA generativa se destacan justamente en escribir código. Un conjunto de habilidades que estaban destinadas a prepararlos para toda su carrera profesional apenas duró hasta que terminaron la escuela. No fue mala suerte, sino que quienes diseñaron esa política se dejaron llevar por esta idea de “prepararse para el futuro”. Deberíamos dedicar un tercio del tiempo de la educación (ya sea primaria, secundaria, universitaria o formación profesional) a enseñar un uso eficaz y práctico de la IA.

Existe un claro reconocimiento en el sector educativo de que tenemos que hacer algo, la situación es un caos. Si un niño llega le pregunta a sus padres si puede usar la IA para sus deberes, no hay una respuesta clara. Profesores y el sistema educativo en general han recibido muy bien esa claridad práctica que intento aportar en el libro. Aunque no estén necesariamente de acuerdo con todo, resulta útil ver una estrategia sobre cómo podríamos responder.

—Pero, ¿cómo pueden las escuelas enseñar a usar la IA sin que los alumnos pierdan esas habilidades básicas? ¿dónde deberían trazar la línea?

—¿Por qué alguien se preocuparía por aprender a hacer una cuenta difícil si ChatGPT puede hacerlo para ellos? ¿Por qué preocuparse por sentarse con un libro difícil, si Claude puede responder cualquier pregunta que pueda tener? Ese es el gran dilema.

Ya estuvimos en esta situación en los años setenta y ochenta, cuando existía casi la misma preocupación por la calculadora. Wilfred Halliday Cockcroft, un académico británico, propuso dividir la enseñanza de matemáticas en dos: cómo utilizar esta nueva y potente tecnología para ayudar a la próxima generación a comprender problemas matemáticos que, de otro modo, estarían fuera de su alcance; y cómo prescindir de la calculadora para que mantuvieran sus habilidades aritméticas. Dijo que hay que evaluar ambas cosas para que todo el mundo se las tome en serio. Enseñar ambas cosas, evaluar ambas cosas. Todo lo que hagamos, entonces, dividámoslo en dos. Cada asignatura debería enseñar a aprovechar la IA, pero también preservar espacios de aprendizaje sin ella. Y evaluar ambas capacidades.

Volver a los aprendizajes básicos

—¿La inteligencia artificial puede ayudar a reducir las desigualdades educativas al permitir que todos tengan acceso a un tutor, o podría ampliar o generar una nueva brecha entre quienes saben utilizarla y quienes no?

—Ese punto es importante. Hay evidencia que sugiere que un alumno que recibe tutorías tiende a obtener mejores resultados que casi todos los demás. Hace unos cinco años se advertía el riesgo de un sistema educativo de dos velocidades: quienes accedieran obtendrían la mejor educación personalizada de tutores y profesores humanos y gran parte del sistema educativo accederían a tutores de IA en un intento de hacer lo que hace un tutor humano. Eso ya no es así. En los últimos años, estos sistemas se han vuelto extraordinariamente buenos y eficaces a la hora de personalizar lo que enseñan. En mi opinión, la interacción personalizada que ofrecen es mejor que las que se podría tener con el 95% de los profesores humanos tradicionales. Creo que la desigualdad va en sentido contrario. Aquellos a los que no se les enseñe con estas tecnologías van a quedar rezagados.

—¿Qué deberían hacer los gobiernos con recursos limitados?

—Esa es, en parte, la promesa de estas tecnologías. Ya abordamos las reformas sobre qué enseñamos, pero también debemos abordar cómo enseñamos. Sabíamos que los tutores humanos son una forma muy eficaz de enseñar, pero este tipo de reformas resultaban inasequibles para la mayoría de los gobiernos. Por eso me parece tan interesante y prometedor que estos sistemas de IA ofrecen un tipo de interacción personalizada análoga a la que se podría tener con un tutor humano, pero a un costo mucho menor. Es una forma mucho más asequible de personalizar la educación. Deberían explorar la idea del aprendizaje personalizado de una forma mucho más sistemática, es una gran reforma que deberían tener en cuenta.

—¿Deberían invertir en capacitar a los docentes en el uso de estos sistemas?

—Ese es uno de los grandes desafíos. Muchos docentes todavía no se sienten del todo cómodos ni preparados para utilizar estas tecnologías. La cuestión es cómo capacitar a los profesores actuales e incorporar a otros con diferentes experiencias y capacidades. Es algo que debemos abordar porque, si no lo hacemos, estaremos fallándole a la próxima generación. No alcanza con decir que necesitamos estos cambios: tenemos que asegurarnos de que los docentes cuenten con las habilidades necesarias para llevarlos a la práctica.

—Algunas de las críticas plantean que su mirada de la IA es muy optimista, ¿cuál cree que es el riesgo que, en este momento, estamos subestimando?

—Soy optimista respecto a las posibilidades que traen estas tecnologías. También soy consciente de sus riesgos. Los principales tienen que ver con la capacidad que tienen para captar nuestra atención y no soltarla y a la distracción entre los jóvenes.

Me parece que la principal limitación de estas tecnologías hoy es nuestra capacidad para imaginar cómo utilizarlas. Esa tarea recae sobre nosotros: padres, profesores, políticos, líderes empresariales, directivos, quien sea. Pero también sobre las nuevas generaciones. Cierro el libro con una frase de la poeta Louise Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Me gusta porque refleja la mentalidad abierta y la disposición a hacerse grandes preguntas que tenemos de chicos y que, a medida que creces, podemos perder porque te volvés más cínico. Ellos también tienen que ayudarnos a descubrir cómo aprovechar estas tecnologías de forma creativa y productiva.

¿Por qué son necesarios

—¿Cuál sería su recomendación para quienes deben decidir una carrera universitaria?

—Una de las cosas que hacemos y no ayuda es incitarlos a que se pregunten qué trabajo quieren hacer. Esa pregunta cada vez resulta menos útil. Los trabajos están cambiando, y van a cambiar muchísimo en los próximos años. Si eligen una profesión porque quieren hacer lo mismo que hacían sus padres o abuelos, probablemente se decepcionen, porque están experimentando transformaciones radicales. Mi consejo sería que no se pregunten qué trabajo quieren hace, sino qué problemas quieren resolver. Esos problemas no van a desaparecer. De hecho, en mi opinión, en muchos casos se van a acentuar mucho más. Pero la forma en que los resolvemos y los trabajos que se necesitan para hacerlo van a ser muy diferentes.

—¿Sus investigaciones cambiaron de alguna manera concreta la forma en que educa a tus hijos?

—Yo quería realmente mostrar cómo llevarlo a la práctica. El libro está lleno de ejemplos en los que utilizo estas tecnologías para hacer cosas interesantes, creativas y útiles con mis hijos, que tienen ocho, cinco y dos años.

Cuando era chico con mi padre se nos ocurrió el cuento El día que nadie fue a Disney. Era más o menos así: mi padre me prometía que iríamos a Disney al día siguiente. Cuando me despertaba, era un día increíble, cielo azul, calor. Y mi padre decidía que no iríamos porque estaría lleno. Al ver que estaba muy decepcionado, finalmente íbamos. Había muy poco tráfico, el estacionamiento estaba completamente vacío. Todos habían pensado lo mismo. La historia iba a ser sobre nosotros solos en Disney, todas las atracciones, toda la comida, todo para nosotros.

Siempre hablábamos de esa historia, pero nunca la escribimos. Mi hija de ocho años la escuchó en un almuerzo familiar y me pidió que se la contara. Le di las principales líneas a ChatGPT y le pedí que la escribiera completa al estilo del Dr. Seuss, su autor favorito. Y lo hizo en unos segundos. No era perfecta, pero la leímos juntos y nos reímos. Y habíamos hecho lo que mi padre y yo no habíamos conseguido hacer durante décadas. Y eso no le restaba valor a nuestra relación, sino que la fortalecía.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-advertencia-de-un-experto-de-oxford-aquellos-a-los-que-no-se-les-ensene-con-ia-van-a-quedar-nid06112026/

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