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La consolidación de la izquierda radical en los Estados Unidos

Hasta no hace mucho, Democratic Socialists of America (DSA) era una organización marginal, un pequeño espacio de activismo político estadounidense más cercano a los debates universitarios y a c...

Hasta no hace mucho, Democratic Socialists of America (DSA) era una organización marginal, un pequeño espacio de activismo político estadounidense más cercano a los debates universitarios y a círculos militantes intelectualizados (los “zurdos con iPhone” versión gringa) que a la disputa por el poder. Sin embargo, durante la campaña presidencial de Bernie Sanders en 2016, este grupo funcionó como catalizador de una sensibilidad que emergía entre sectores jóvenes, urbanos y educados (que remiten a los “jóvenes ricos que tienen tristeza” que inmortalizó Carlos Menem en 1989). Víctimas de un “golpe del aparato partidario” que consagró a Hillary Clinton y abortó el impulso del mensaje del senador por Vermont, los DSA ganaron momentum con la polarización que propuso Donald Trump durante su primera presidencia: para una parte de la nueva izquierda estadounidense, la respuesta al populismo de derecha no debía ser un regreso al centro “racional” y la moderación de los 90, sino una profundización de la disputa ideológica. Así, DSA pasó de 6000 miembros en 2015 a más de 120.000 en 2026 y se convirtió en la organización socialista más numerosa e influyente de la historia contemporánea del país. Tiene una estructura big tent: una gran coalición con capítulos locales y corrientes internas que conviven, con indisimulables tensiones, bajo una misma identidad, y utiliza las primarias del Partido Demócrata para ganar espacios de poder.

La estrategia está dando resultados. Unos 250 candidatos electos respaldados por DSA ocupan cargos públicos en más de 40 estados. Casi el 90% ganó después de 2019. En el Congreso, figuras como Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York (una joven precandidata a presidenta que, de acuerdo con un sondeo reciente de CNN/SSRS, cuenta con un amplio apoyo en votantes demócratas para renovar el liderazgo del partido) y Rashida Tlaib en Michigan son las caras más visibles de una corriente que instaló temas antes impensados en el debate local, incluidas posturas radicalizadas en temas insólitos para los Estados Unidos (sobre todo por sus agudas críticas a la economía de mercado) o en cuestiones sensibles, como Medio Oriente. El histórico apoyo a Israel, hasta hace poco uno de los consensos más firmes dentro del Partido Demócrata, perdió terreno frente a la profusión de banderas palestinas con el lema “Del río al mar” en manifestaciones públicas y partidarias.

El fenómeno Zohran Mamdani, el joven y carismático alcalde de Nueva York, es ejemplo e inspiración para muchos otros políticos con inclinaciones ideológicas y religiosas similares que se animan a competir por cargos nacionales, estaduales y locales. Como la canción de Frank Sinatra, creen que si pudieron ganar allí, podrán hacerlo en todas partes: en el corazón del sistema capitalista global, a cuadras de la icónica estatua del toro de Wall Street, abrirán tiendas municipales para vender alimentos subsidiados y “abaratar” el costo de vida. Los sueños húmedos de Kicillof y los “jóvenes” de La Cámpora hechos realidad.

Lo paradójico es que este movimiento se fortalece mientras en el resto del mundo la izquierda radicalizada (e incluso la moderada) experimenta una crisis sin precedente. Recordando el clásico texto de Roberto Schwarz sobre el pensador liberal brasileño Joaquim Machado de Assis, es un nuevo caso de “ideas fuera de lugar”. Poco queda del “modelo socialdemócrata” en una Europa estancada, dividida y abrumada que enfrenta una crisis múltiple (demográfica, energética, fiscal, climática y de seguridad), incluso en los países nórdicos. El gobierno laborista inglés acaba de sufrir una crisis de liderazgo (el desplazamiento de Keir Starmer, reemplazado por Andy Burnham) y el PSOE español está envuelto en escándalos de corrupción, más allá de la gravísima situación que aún se vive en Ceuta. Y si bien en Países Bajos llegó al poder Rob Jetten, es un gobierno de minorías (Luís Montenegro en Portugal pertenece al Partido Social Demócrata, que, a pesar de su nombre, es de centroderecha y rivaliza con el Partido Socialista). Al sur del río Bravo encontramos otra experiencia política de tinte supuestamente “progresista”, con atributos muy diferentes a los de los DSA. Morena (Movimiento de Renovación Nacional) es una reencarnación del viejo PRI, con lo malo y lo peor que eso implica, en especial en términos del deterioro institucional. El liderazgo de Claudia Sheinbaum, sucesora de AMLO (Andrés Manuel López Obrador), que supo lidiar y convivir con Trump, es cuestionado por la ausencia del Estado y la expansión de las redes de crimen organizado en vastos segmentos de su territorio. Enorme contraste con el caso de Canadá, gobernada por el hábil Mark Carney: un caso hasta ahora ejemplar de democracia, desarrollo, diversidad cultural y sentido común.

La presencia de líderes de DSA se multiplica en legislaturas estatales. Sus representantes ocupan decenas de bancas en estados como Nueva York, Illinois y Rhode Island. En el ámbito municipal, disponen de concejales y dirigentes locales en ciudades como Chicago, Los Ángeles, Detroit y Austin. Su fortaleza principal está en el territorio: más de 200 capítulos locales permiten una estructura militante que combina activismo político, organización comunitaria y presencia sindical. Así, el socialismo estadounidense se aleja de su zona de confort histórica, los círculos intelectuales y universitarios, para arraigarse en el movimiento obrero organizado. Con su estrategia “rank-and-file” (llegar a la gente común), gana influencia dentro de sindicatos docentes, del transporte y de la salud.

Las recientes primarias ofrecen un panorama del impacto de este crecimiento, con conflictos muy importantes con el aparato partidario más moderado. En Michigan, Abdul El-Sayed, médico que podría ser el primer musulmán en convertirse en senador en la historia del país, se impuso a una candidata respaldada por sectores tradicionales del partido y organizaciones vinculadas al lobby proisraelí. En Missouri, en cambio, el afrodescendiente moderado Wesley Bell derrotó a Cori Bush, una de las figuras más identificadas con el ala izquierdista en el Capitolio, en una señal de que el avance de esta corriente encuentra límites y resistencias.

¿Estamos ante una renovación de la izquierda estadounidense o ante una ruptura de la tradición demócrata? Estos nuevos liderazgos llevan en su discurso la defensa del Estado de bienestar, la ampliación de derechos sociales y el combate a la desigualdad económica. Pero, al mismo tiempo, se distancian de la socialdemocracia europea contemporánea: los modelos asociados a Tony Blair, Felipe González o François Mitterrand combinaban mercado y protección social, mientras que aquí se plantea una crítica mucho más profunda al capitalismo financiero y al poder corporativo. Las tensiones son visibles incluso en el interior del partido. Para el establishment demócrata, el riesgo es que una agenda demasiado radical aleje a votantes moderados, en especial en los suburbios, un segmento decisivo para ganar elecciones nacionales. Para la DSA, el problema es el contrario: considera que al Partido Demócrata tradicional lo condicionan intereses corporativos y financieros.

Hace unos días en Chicago la Convención Nacional de la DSA mostró hasta dónde llegó ese debate. La organización decidió explorar la presentación de una candidatura presidencial propia en 2028 y aprobó una resolución para construir, en el largo plazo, un partido independiente de trabajadores. El “dirty break” plantea una ruptura gradual con la maquinaria demócrata, aunque convive con la estrategia pragmática de disputar espacios dentro del partido. La próxima gran disputa no será entre republicanos y demócratas, sino también sobre qué tipo de Partido Demócrata sobrevivirá de cara a las próximas elecciones nacionales. Si la nueva izquierda transforma la agenda sin perder competitividad electoral, habrá redefinido el centro político estadounidense. Pero si genera una fractura con los votantes moderados, podría favorecer al Partido Republicano.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-consolidacion-de-la-izquierda-radical-en-los-estados-unidos-nid07082026/

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