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La economía no está bien

En las últimas semanas el Gobierno festejó la publicación de una serie de datos económicos. Las exportaciones crecieron 33% en abril respecto a un año atrás y el saldo comercial acumula un su...

En las últimas semanas el Gobierno festejó la publicación de una serie de datos económicos. Las exportaciones crecieron 33% en abril respecto a un año atrás y el saldo comercial acumula un superávit de casi 8300 millones de dólares en el primer cuatrimestre. La inflación bajó de 3,4% en marzo a 2,6% en abril. Tal vez más festejado haya sido el dato de actividad, que en marzo creció 3,5% respecto a febrero, colocando a la economía 5,5% arriba de lo que estaba un año atrás.

El oficialismo aprovechó estas noticias para desplegar una narrativa en la cual la economía estaría retomando el crecimiento con estabilidad, luego de atravesar el coletazo de la incertidumbre política durante el proceso electoral de 2025. Una parte de la opinión pública se hizo eco de esta interpretación. Muchos medios y analistas ubicaron a la economía como tabla de salvación de una política desgastada por la mala gestión y las crecientes disputas al interior del gobierno.

¿Qué tan acertada es esta evaluación de la situación económica? En un proceso de crecimiento típico, la producción, el empleo, la inversión y los ingresos se expanden en la mayoría de los sectores. Pero eso no es lo que sucede con la economía argentina. Solo un conjunto reducido de actividades se mantiene en expansión. Hablamos centralmente de la agricultura, la energía y la minería. Son sectores productivos con vida propia, cuya actividad está, en buena medida, aislada de lo que ocurre en el resto de la economía.

En el caso de la agricultura, la autonomía proviene de que en el corto plazo su producción depende en gran medida del clima. Es una apreciación muy difundida que los productores agropecuarios de nuestro país son de clase mundial; por eso es fácil entender que no depende de ellos que su producción caiga estrepitosamente durante los años de sequía (-16% en 2018 o -24% en 2023, por ejemplo) o se recupere tan verticalmente cuando el clima acompaña en los años subsiguientes (+23% en 2019 o +32% en 2024).

Es también muy visible el espectacular desarrollo que está viviendo la minería y, en especial, la energía a partir de los yacimientos de Vaca Muerta. Con independencia de lo que ocurre en el resto de la economía y con los gobiernos, ambos sectores vienen creciendo sin interrupciones desde la pandemia a un ritmo promedio superior al 9% anual y, encima, ese ritmo va en aumento año a año.

En la actual coyuntura, se han combinado el crecimiento tendencial de la energía y la minería y una excelente cosecha agrícola, favorecida por muy buenas condiciones climáticas. Como consecuencia, la producción de estos sectores combinados creció 15% en el último año. El reciente dato de crecimiento que festejó el Gobierno se explica casi exclusivamente por su expansión.

Estas actividades constituyen una pequeña fracción de nuestra economía. Representan 15% del PBI, 7% del empleo directo del sector privado formal y menos del 4% del empleo formal total. Su tamaño relativo, sin embargo, no debería hacernos ignorar la incidencia de su veloz y “autónomo” crecimiento sobre las estadísticas del PBI. Un cálculo simple muestra que, con la minería, la energía y el agro creciendo a este ritmo, el PBI podría crecer 1,5% anual durante los próximos cinco años aun si la economía no primaria se mantuviera estancada.

De hecho, eso es lo que ha ocurrido en el último año. Frente al crecimiento de 15% de la producción primaria, la del resto de la economía permaneció prácticamente inalterada (-0,1%). Y, si bien el dato de marzo fue positivo para la mayoría de los sectores —incluyendo a la industria, la construcción y el comercio—, no hay todavía signos visibles de cambio de tendencia. Varios indicadores sugieren que la actividad de los sectores no primarios habría vuelto a caer en abril.

Los buenos datos de las exportaciones también se pueden explicar por factores asociados a los sectores primarios. Tres son particularmente relevantes: la expansión productiva de la energía y la minería; los excelentes rindes en el agro favorecidos por el clima y la gran suba de los precios de los commodities mineros, especialmente del oro.

La fuerte mejora del saldo comercial, a su vez, responde no solo al aumento de las exportaciones sino también a la caída de los insumos importados para la producción doméstica. Esta retracción se explica porque las actividades no primarias de la economía se han estancado o contraído en el último año. Más aún, una parte de la caída de las importaciones está asociada al deterioro de la inversión que, desde el primer trimestre de 2025 hasta finales del mismo año, se redujo 9%. No contamos con información de los primeros meses de 2026, pero la caída de las importaciones de bienes de capital durante el primer cuatrimestre sugiere que el proceso contractivo de la inversión no se habría detenido aún.

Estos no son los únicos síntomas de una economía débil. Los ingresos han seguido un comportamiento similar al de la producción. Se contrajeron a principios de 2024, iniciaron una recuperación a mediados de ese año que se detuvo a principios de 2025. El ingreso de 14,5 millones de personas para las cuales hay registros confiables es hoy 2% inferior a lo que era un año atrás y el ingreso disponible —aquel que excluye la porción del ingreso destinada a gastos fijos como alquiler y servicios públicos— es 4% menor.

El desempeño del empleo también siguió una dinámica similar a la de la producción y los ingresos. Desde fines de 2023, se perdieron cerca de 300.000 empleos formales y 100.000 empleos asalariados informales. La merma se compensó parcialmente con 170.000 nuevos monotributistas y 190.000 trabajadores autónomos informales. El número de desempleados creció en alrededor de 400.000.

La pérdida de ingresos y empleo, combinada con subas de las tasas de interés, elevó la porción de créditos con problemas de repago. La mora de los créditos bancarios y no bancarios de las familias viene subiendo sin pausa desde principios de 2025 y bate récords mes tras mes, sin indicios hasta el momento de detenerse.

El otro pilar de la narrativa oficial es la desinflación. También ahí los datos merecen una mirada más fina. Existe una medición, llamada inflación subyacente, que analiza la evolución de los precios excluyendo aquellos que están regulados por el Gobierno, los estacionales o muy volátiles como la carne. La inflación subyacente es mucho más estable y mejor indicador de la velocidad crucero de los precios. Esta medida se elevó suave pero sostenidamente desde junio de 2025 hasta marzo de 2026 de 1,9% a 2,5%. En abril fue de 2,3% y la información preliminar de mayo sugiere un nivel similar.

Con todos estos datos a la vista es difícil afirmar que la economía se encuentra bien. La velocidad crucero de la inflación se mantiene desde hace un año en el rango de 2-2,5%, sin señales nítidas de baja sostenida. El grueso de los sectores productivos continúa estancado o en contracción. La inversión y los ingresos vienen cayendo. El empleo se retrae y su calidad empeora. La narrativa de que la economía está pegando la vuelta pareciera responder más a la ansiedad y el deseo que a la evidencia. No significa que no vaya a pasar. Tal vez, dentro de unos meses, veamos signos concretos de que efectivamente está ocurriendo. Hoy, sin embargo, no los tenemos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/la-economia-no-esta-bien-nid31052026/

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