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La estancia patagónica, centenaria, británica y ovejera que ahora recibe huéspedes

Cuando era chico, Leslie Hewlett no se llevaba materias con un único fin: disponer del verano completo para pasarlo en el campo. Y le gustaba tanto que se instalaba en la casa del capataz –y no ...

Cuando era chico, Leslie Hewlett no se llevaba materias con un único fin: disponer del verano completo para pasarlo en el campo. Y le gustaba tanto que se instalaba en la casa del capataz –y no en la de su familia– para no perderse ningún arreo o trabajo de corral. Mucho de esto cuenta, mate de por medio, en la cocina de la casa principal de estancia Coy Inlet. Con ademanes y tonada de hombre de campo, bucea en la historia familiar mientras su mujer, María Rosa “Mara” Chesini, recibe a los huéspedes.

“El primero que vino fue mi bisabuelo, John Smith, acompañado por sus hermanos Peter y William. Llegaron desde Malvinas cuando Carlos María Moyano, primer gobernador del territorio nacional de Santa Cruz, fue a buscar gente para poblar la Patagonia. Eran escoceses y tenían casi veinte años. Hicieron un tramo en barco y otro a caballo. Y, en rigor, quien descubrió esta zona fue Peter, que trabajaba para unos mineros que buscaban oro y, al pasar por Puerto Coig, quedó fascinado y volvió para instalarse”, relata Leslie sobre los orígenes de los establecimientos, uno de los más antiguos de Santa Cruz, ubicado donde el río Coyle desemboca en el mar.

Fundada en 1892, la estancia nació luego de que los hermanos Smith protagonizaran uno de los arreos más rápidos y eficaces de la época. Después de dos intentos infructuosos, compraron caballos en Monte Hermoso, al sur de la provincia de Buenos Aires, recorrieron 1.500 kilómetros hasta llegar a Puerto Coig con 400 ovejas que adquirieron en Gaiman. Para que no queden dudas, lo documentaron en un diario de viajes. Se instalaron, primero y durante algunos meses, en un sótano que cavaron y construyeron con maderas. Debajo de unas matas, aún se conserva como guarida increíble. Luego, en 1892, construyeron una pequeña casa de adobe y chapa que le da fecha fundacional al establecimiento y que todavía está en pie. Su presencia sintetiza las ínfulas de aquellos escoceses intrépidos que probaron suerte y forjaron su destino en la Patagonia. Con determinación, compraron tres lotes (uno para cada hermano) y, después de adquirir otro campo vecino, llegaron a tener 52.000 hectáreas.

“La estancia tiene un nombre mitad tehuelche y mitad inglés”, explica Leslie. “Coy” significa río en la lengua nativa, mientras que “inlet” es “entrada” en inglés. Eso –la entrada del río– es lo que ocurre con el curso fluvial que deviene en estuario y aporta al encanto escénico del lugar. Pero hay más, porque al paisaje de estepa y acantilados sobre el mar se suma la casa que los Smith levantaron en 1920 y que hoy –cinco generaciones más tarde– está puesta a punto para recibir huéspedes.

“Nada los detuvo nunca, ni la muerte de Peter por neumonía a los 27 años. El negocio de la lana estaba en auge… John y William siguieron siempre para adelante. Crearon la Sociedad Anónima Ganadera Puerto Coyle y trabajaron duro durante décadas”, cuenta Leslie, que heredó el oficio ovejero, además del tesón de los Smith. Le fue transmitido a través de Honoria “Lala” Smith, su abuela, que se casó con un inglés, Rex Hewlett, y tuvo a John, su padre, y a sus tías Anne y Susan. “Dicen que Rex llegó desde el sur de Londres huyendo de una madrastra. Había escuchado hablar de la Patagonia gracias a que en Inglaterra iba al colegio con los hijos de los Waldron, dueños de estancia Cóndor y de otra estancia en Chile. Trabajó para ellos durante años y en Punta Arenas conoció a mi abuela, que había crecido en este campo y recordaba andar entre los andamios mientras construían esta casa”, cuenta Leslie.

“A principios del siglo pasado, todo estaba en Punta Arenas. Allá compraban los víveres y se abastecían para sobrevivir todo el año. Lo que sí llegaba a Río Gallegos era el carbón de Inglaterra para calefaccionar las estancias. Lo traían en carretas que volvían cargadas de lana. Recién a mediados del siglo XX pudieron extraerlo de la mina de Río Turbio”, agrega, honrando esas tradiciones orales que sobreviven gracias a personajes como él, interesado por sus orígenes y dichoso de compartirlos.

Tras años de trabajar en distintos campos de la Patagonia (chilena y argentina), Rex Hewlett atendió el llamado de su suegro, John Smith, y se instaló en Coy Inlet en 1937 para ponerse al frente del negocio familiar. Años más tarde, su hijo John se casó con Mayo Mackenzie (fundadora del Colegio Británico de Río Gallegos) y tuvo a Leslie y su hermana Yvonne, que nacieron en la capital santacruceña en la década del 60. “Soy ovejero de sangre y por todos lados. Trabajé en varias estancias y también en el petróleo”, desliza, y deja ver –como si se tratara de una aventura– que perdió parte de un dedo de la mano en una plataforma y tuvieron que trasladarlo en helicóptero.

Al frente de la estancia, Leslie vive entre Río Gallegos y el campo (que abre de octubre a abril), donde lidera el negocio ovejero que alcanza las 8.000 cabezas de ganado. Lleva más de 34 años con Mara, que nació y se crio en la tercera sección del delta de Tigre. La conoció porque ella llegó como docente en 1986 y luego montó un jardín de infantes. Juntos son padres de Kevin, Nicole y Luna. Además, Leslie tiene a Rex, de una pareja anterior.

Mientras el padre de familia comparte la historia del lugar, Mara se ocupa de cocinar, poner la mesa (y poner en valor la vajilla inglesa de su familia política) y atender a los huéspedes. También es fundamental el rol de Kevin, impulsor de la apertura al turismo. “La casa empezó a quedar grande y queríamos darle vida”, señala sobre la bellísima edificación en piedra que tiene bow windows, techos de chapa, hiedra que trepa y varias chimeneas, y que fue reciclada en 2018. Entre álamos como cortina para el viento y un jardín en proceso de restauración, el cementerio familiar es uno de los rincones imperdibles del lugar.

En los alrededores del casco, se puede salir a recorrer el campo en camioneta o hacer algún trekking. Entre los puntos a visitar, sobre la RP 57, un monumento recuerda a Aldo Saravia, de Los Chalchaleros, que murió en un accidente automovilístico. También tiene sentido ir hasta el Faro Coig, de la década del 60, que sigue activo. O contemplar el mar y la ría desde las ruinas de lo que fue Puerto Coig. Gran oportunidad para imaginar aquellos tiempos de bonanza y lana de exportación.

Datos útiles

Coy Inlet. Por la RP 57, a 45 minutos de la RN 3 desde el paraje Le Marchand, reciben en tres habitaciones con baños a nuevo, una en suite. Consultar por coordinación de actividades. Buena opción para desviarse y hacer un alto en camino al PN Monte León. Desde u$s 220 la doble con media pensión, paseo por la costa, al faro y al puerto. Calle rural s/n. T: (2966) 48-8588. IG: @coyinletcasadecampo

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/la-estancia-patagonica-centenaria-britanica-y-ovejera-que-ahora-recibe-huespedes-nid10062026/

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