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La experiencia de manejar por un histórico camino del Dakar en la Argentina

El camino se abre y cierra constantemente. Por momentos, la inmensidad del cauce encajonado permite ver cientos de metros hacia adelante; en otros, los paredones de roca reducen el horizonte a una ...

El camino se abre y cierra constantemente. Por momentos, la inmensidad del cauce encajonado permite ver cientos de metros hacia adelante; en otros, los paredones de roca reducen el horizonte a una estrecha franja de tierra y cielo.

Sobre este tramo de la ruta provincial 153 en San Juan, el paisaje está moldeado por siglos de erosión sobre barrancas de sedimento y quebradas angostas. Solo donde el agua logra imponerse a la sequedad aparecen álamos y otras especies de mayor porte.

Es un escenario que parece hecho a medida para el rally. El polvo permanece suspendido en el aire mucho después del paso de un vehículo y las montañas, recortadas contra el cielo, adquieren tonos rojizos a medida que avanza la tarde.

Por estos caminos transitó el Dakar cuando la carrera se disputaba en Sudamérica. Y por uno de ellos, que originalmente iba a formar parte del Desafío Ruta 40 antes de que la organización modificara el recorrido, LA NACION tuvo la oportunidad de conducir un Land Rover Defender 110 junto al equipo oficial de la marca británica, que compitió en el país en una de las fechas del Mundial de Rally Raid (W2RC) de la FIA.

La experiencia formó parte de un viaje de tres días en San Juan que permitió observar no solo el comportamiento del vehículo en uno de los terrenos más desafiantes del país, sino también el funcionamiento interno de una estructura que busca consolidarse como protagonista en el rally más duro del mundo.

La parte más exigente del recorrido se extendió durante unas dos horas. A diferencia de un circuito o de un camino de montaña convencional, el desafío no estaba únicamente en conducir, sino también en interpretar el terreno.

El trayecto alternaba rectas amplias y relativamente sencillas con sectores en los que las huellas desaparecían por completo y no existía una referencia clara sobre hacia dónde continuar. Allí, las indicaciones del equipo resultaban fundamentales para mantenerse en el camino.

Los periodistas avanzaban en caravana y recibían instrucciones constantes por radio del personal de Land Rover. A través de los handies, los responsables de la actividad indicaban cuándo modificar los programas de conducción, alternando entre configuraciones para ripio, barro, arena o el modo estándar según las características del terreno.

Esta era la forma de comprobar cómo la electrónica adapta el vehículo a escenarios completamente distintos en cuestión de segundos.

El modelo asignado para la actividad fue un Defender 110 equipado con un motor turbodiésel de seis cilindros en línea y tres litros que desarrolla 300 CV y 650 Nm de torque.

Está asociado a una caja automática de ocho velocidades, tracción integral permanente y caja reductora. Sin embargo, las cifras quedaron rápidamente en un segundo plano frente a lo que ocurría debajo de las ruedas.

La travesía incluyó cruces por agua, arena, ripio, tierra y extensos sectores cubiertos por piedras de gran tamaño. En varios puntos el terreno obligó a circular con una o más ruedas suspendidas en el aire, mientras que en otros el agua había erosionado el camino formando desniveles tan pronunciados que apenas dos neumáticos permanecían en contacto con el suelo.

En esas situaciones, la combinación entre la tracción integral permanente, la suspensión neumática —cuya altura se fue modificando según las exigencias del recorrido— y las ayudas electrónicas permitía avanzar con una facilidad que contrastaba con la complejidad del entorno.

Uno de los momentos más ilustrativos ocurrió al afrontar de manera incorrecta una curva cerrada. La rueda delantera quedó hundida en la arena y el avance se detuvo momentáneamente. La solución fue activar la caja reductora. A partir de allí, el Defender recuperó tracción y salió del obstáculo sin mayores dificultades.

El tamaño del vehículo también obligaba a mantener la concentración. Con más de cinco metros de largo, las curvas cerradas y los caminos angostos no dejaban demasiado margen para errores.

De hecho, una muestra de la exigencia del terreno se produjo durante la propia competencia. En uno de los tramos, la estadounidense Sara Price sufrió un vuelco con su Defender Dakar D7X-R tras una maniobra en una curva. El incidente bloqueó temporalmente el paso hasta que el vehículo pudo ser retirado, aunque la piloto logró continuar en carrera posteriormente.

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En las rectas más despejadas y con buena visibilidad, la caravana llegó a aproximarse a los 100 km/h sobre tierra. No eran velocidades de competición, pero sí suficientes para comprender el nivel de confianza que exige conducir en superficies cambiantes y con una visibilidad reducida por el polvo que levantaban los vehículos que circulaban por delante.

Quizás la principal conclusión del recorrido fue esa dualidad que caracteriza al Defender. Durante los enlaces por asfalto ofreció el confort, el aislamiento acústico y las comodidades propias de un SUV de lujo. Horas más tarde, sobre el camino utilizado por el Dakar en 2014, demostró una capacidad todoterreno capaz de afrontar obstáculos que, observados desde afuera, parecían reservados para vehículos específicamente preparados para la competición.

Pero detrás de cada recorrido hay mucho más que potencia, pilotos y cronómetros. Hay mecánicos que se vuelven protagonistas entrada la noche, ingenieros que analizan datos apenas los vehículos regresan al bivouac y una logística que, al terminar cada jornada, comienza inmediatamente a prepararse para la siguiente.

Durante el Desafío Ruta 40, LA NACION estuvo presente en el bivouac del equipo Defender en San Rafael, Mendoza, para conocer de cerca cómo funciona esa maquinaria humana y técnica que sostiene una campaña internacional de rally raid.

La calma relativa que domina el campamento durante buena parte de la tarde desaparece apenas comienzan a acercarse los primeros vehículos. Los espectadores desenfundan sus teléfonos y los mecánicos observan el horizonte, siguen las comunicaciones por radio y esperan la llegada de las unidades.

El sonido de los motores comienza a escucharse mucho antes de que los vehículos aparezcan en el horizonte. Entonces, todo se acelera.

Uno tras otro regresaron los tres Defender Dakar D7X-R del equipo oficial: el de Rokas Baciuška y Oriol Vidal; el del múltiple ganador del Dakar Stéphane Peterhansel junto a Mika Metge; y el de Sara Price y Saydiie Gray, quienes conforman el primer equipo íntegramente femenino que compite oficialmente en el Desafío Ruta 40 desde la creación de la prueba en 2010.

Lo que ocurre a continuación se asemeja más a una coreografía perfectamente ensayada que a un trabajo de mantenimiento. En cuestión de segundos los mecánicos rodean los vehículos, desmontan las ruedas y comienzan una revisión minuciosa donde cada componente es inspeccionado.

Las piezas exteriores dañadas durante la etapa son retiradas para ser reemplazadas por otras que el equipo ya había preparado durante la jornada. Mientras tanto, ingenieros y técnicos descargan información de navegación y datos de funcionamiento del vehículo para detectar cualquier anomalía antes de que pueda transformarse en un problema.

La actividad ocurre de manera simultánea. Mientras algunos trabajan sobre la suspensión, los neumáticos o la carrocería, otros conversan con los pilotos. Les preguntan cómo se comportó el vehículo, qué sensaciones tuvieron durante la etapa y si detectaron algún comportamiento fuera de lo habitual. Cada comentario puede convertirse en un ajuste para el día siguiente.

Porque en el rally, la competencia no termina cuando los vehículos cruzan la meta. Solo cambia de protagonistas. Desde ese momento comienza otra carrera, menos visible pero igual de importante: la del equipo técnico contra el reloj.

La exigencia es tal que, durante las competencias más extensas, los mecánicos más afortunados apenas logran dormir unas cuatro horas por noche. Entre la revisión de los vehículos, la preparación para la etapa siguiente y el traslado de la estructura de asistencia, las jornadas suelen extenderse hasta bien entrada la madrugada. Horas después, cuando todavía es de noche, todo vuelve a empezar.

La visita coincidió con una edición especialmente positiva para la estructura británica. Los tres Defender D7X-R lograron completar el Desafío Ruta 40 dentro de la categoría Stock para vehículos derivados de producción. La victoria quedó en manos de Stéphane Peterhansel y Mika Metge, con un tiempo acumulado de 18h 11m 12s, mientras que Rokas Baciuška y Oriol Vidal finalizaron segundos y Sarah Price junto a Saydiie Gray completaron el podio.

Los tres Defender llegaron a la meta y se ubicaron entre los 20 mejores autos de la clasificación general, compitiendo frente a prototipos de categorías superiores como los T1+ Ultimate.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/autos/la-experiencia-de-manejar-por-un-historico-camino-del-dakar-en-la-argentina-nid10062026/

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