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La gran incógnita que abre el golpe electoral a Trump para el resto del mundo

NUEVA YORK.– Poco después de que el Partido Demócrata recuperara la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de medio término en Estados Unidos, el líder demócrata en la Cáma...

NUEVA YORK.– Poco después de que el Partido Demócrata recuperara la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de medio término en Estados Unidos, el líder demócrata en la Cámara (y probablemente el próximo presidente de la misma), Hakeem Jeffries, declaró: “Estados Unidos ha vuelto”.

Tras unos comicios en los que los demócratas no solo recuperaron ambas cámaras del Congreso por amplios márgenes, sino que también ganaron en estados considerados durante mucho tiempo bastiones republicanos -incluidos Kansas, Texas y Carolina del Sur-, Jeffries puede afirmar con credibilidad que su partido ha regresado.

Pero, para los aliados del país, la cuestión no es si Estados Unidos ha vuelto. La pregunta es: ¿ha vuelto a qué?, ¿y por cuánto tiempo?

He escrito extensamente sobre el surgimiento de un mundo “G-Cero”, en el que Estados Unidos se ha retirado del orden internacional que él mismo creó, sin que ninguna otra nación o grupo de naciones tenga la voluntad y la capacidad de ocupar su lugar.

Se trata de una dinámica alimentada, además, por el comportamiento de Rusia como “Estado canalla” y por la negativa de China a liberalizar sus sistemas político y económico -algo que muchos en Occidente esperaban que ocurriera tras su integración en los mercados globales-. No obstante, el repliegue estadounidense ha sido un factor central en el colapso del sistema internacional; un proceso que, además, se vio acelerado por una decisión política deliberada durante los dos mandatos de Trump.

El movimiento MAGA se nutrió de un creciente escepticismo público respecto a la participación de Estados Unidos en los asuntos exteriores. A medida que sectores clave de la población estadounidense se vieron relegados por los efectos desiguales de la globalización -y ante el descontento provocado por las guerras fallidas en Medio Oriente-, se tambaleó la convicción política fundamental de que Estados Unidos debía liderar el orden internacional.

Sin embargo, la erosión del liderazgo estadounidense en el extranjero no ha sido solo una decisión política consciente, impulsada por dinámicas electorales, sino también el resultado de una falta de coherencia política, derivada de un periodo marcado por drásticos vaivenes en el panorama político.

Con la victoria de los demócratas en estas elecciones de mitad de mandato, 12 de los 14 procesos electorales celebrados en los últimos 26 años han supuesto un cambio de partido en alguna de las ramas -legislativa o ejecutiva- del gobierno; una diferencia notable si se compara con los siete de cada 20 procesos electorales que registraron un cambio similar en los 40 años anteriores.

Sumado a la creciente polarización entre los partidos y al desmoronamiento del enfoque bipartidista -históricamente característico de Estados Unidos- en materia de política exterior, esto ha provocado cambios drásticos y repentinos en dicha política: desde las sucesivas adhesiones y retiradas de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el clima y del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, hasta la decisión del presidente Trump de anular el Plan de Acción Integral Conjunto con Irán, suscrito durante la administración de Barack Obama.

Deterioro e inestabilidad

El resultado ha sido una gran inestabilidad para los aliados de Estados Unidos, especialmente en Europa. El presidente Biden se topó con esta dinámica al intentar reconstruir las relaciones estadounidenses tras el deterioro de los vínculos transatlánticos durante el primer mandato de Trump; en varias ocasiones, relató conversaciones en las que aseguraba a los líderes mundiales que “Estados Unidos ha vuelto”, solo para recibir como respuesta la pregunta: “¿Pero por cuánto tiempo?”.

Con el regreso del presidente Trump a la Casa Blanca tras las elecciones de 2024 -acompañado de sus cuestionamientos sobre el valor de la OTAN, sus amenazas de apoderarse de Groenlandia y sus negociaciones con el presidente ruso Vladimir Putin-, los países europeos comprendieron que no podían confiar en la constancia de su aliado estadounidense y tomaron medidas preventivas.

El objetivo no era desvincularse de Estados Unidos, sino reducir riesgos. Para los países europeos, cada vez más recelosos de las garantías de seguridad estadounidenses, esto supuso reinvertir en defensa; un ejemplo de ello fue la modificación de las normas sobre deuda pública en Alemania para reconstruir sus Fuerzas Armadas. Una dinámica similar se manifestó en Medio Oriente, donde diversos países buscaron garantizar su seguridad a raíz de la desestabilizadora guerra de Estados Unidos en la región; en este contexto, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán formaron el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca.

En el plano económico, los países buscaron nuevos socios. Canadá, bajo la presión del presidente Trump, trabajó para forjar una nueva relación con la Unión Europea y profundizar sus vínculos con China. Por su parte, la Unión Europea estableció nuevos acuerdos con el Mercosur y la India.

Muchos aliados de Estados Unidos se sienten ahora aliviados al observar el resurgimiento demócrata en las elecciones de medio término, dado que el Partido Demócrata muestra un mayor compromiso con las instituciones internacionales, a pesar de las tendencias aislacionistas presentes en su ala más izquierdista.

El restablecimiento de los mecanismos legislativos de control sobre el poder de Trump -gracias al liderazgo demócrata en las comisiones de Relaciones Exteriores del Senado y de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes- será una noticia bien recibida por muchos observadores extranjeros, aunque es poco probable que logre frenar las políticas de línea dura de la administración hacia Irán, Cuba y Venezuela.

Para los aliados estadounidenses que esperan un enfoque más multilateral en la formulación de políticas, dicho cambio tendrá que esperar hasta después de 2028, siempre y cuando resulte elegido un candidato -ya sea republicano o demócrata- con una postura menos unilateral.

Sin embargo, incluso si esto ocurriera, Estados Unidos carece de la voluntad política o la capacidad necesarias para retomar su papel como líder mundial indiscutible, en un contexto marcado por una persistente división política, crecientes limitaciones fiscales y la influencia de una China en ascenso. Además, cualquier rol que el país llegue a desempeñar no será duradero, tal como ha quedado patente tras las secuelas inmediatas de estos comicios.

Al día siguiente de las elecciones, el vicepresidente JD Vance publicó un extenso mensaje en la red social X en el que atribuyó las derrotas de su partido a la guerra con Irán, lo que ha suscitado especulaciones sobre si Estados Unidos podría reducir sus ataques futuros en favor de la negociación. En Estados Unidos, las decisiones relativas a la guerra y la diplomacia se están tomando a un ritmo cada vez más acelerado e impredecible.

Por ello, aunque las victorias demócratas en estas elecciones marquen el principio del fin del enfoque de “Estados Unidos primero” que ha caracterizado la política exterior de la administración Trump, no suponen el retorno a una política exterior estadounidense coherente y fiable. Esto representa un problema para los aliados de Estados Unidos y constituye una razón fundamental por la cual -al menos por ahora- el mundo “G-Cero” (un orden global sin un líder hegemónico) ha llegado para quedarse.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/la-gran-incognita-que-abre-el-golpe-electoral-a-trump-para-el-resto-del-mundo-nid07112026/

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