La pelota no se mancha, la política sí: los líderes juegan su partido aparte en el Mundial
Líderes mundiales que posan con las camisetas de sus selecciones en la cumbre de la OTAN. El Senado paraguayo debatiendo sobre Kylian Mbappé. El líder noruego haciendo el remo vikingo frente a u...
Líderes mundiales que posan con las camisetas de sus selecciones en la cumbre de la OTAN. El Senado paraguayo debatiendo sobre Kylian Mbappé. El líder noruego haciendo el remo vikingo frente a un Volodimir Zelensky desesperado por reforzar la defensa que verdaderamente cambia vidas, la antiaérea. El caso de Donald Trump, que intervino personalmente para anular una tarjeta roja, fue apenas la manifestación más extrema de cómo la política se cruza con el Mundial, pero parece que nadie quiere quedarse afuera.
Todos los temas calientes del mundo parecen atravesados por la pelota en este mes frenético. Las guerras de Irán y Ucrania, Gaza, el racismo y las tensiones migratorias también terminaron jugándose en las canchas. Incluso el alcalde de Nueva York se sumó a la campaña de victimización de Egipto y dijo que “le robaron” en el partido contra la Argentina.
🚨🇦🇷 NEW: NYC Mayor Zohran Mamdani says that Egypt were “robbed” in yesterday’s World Cup game against Argentina pic.twitter.com/bigWXCN04q
— Politics Global (@PolitlcsGlobal) July 8, 2026“La política y el deporte siempre han sido una combinación difícil, pero hasta hace poco, los árbitros y otros funcionarios deportivos rara vez se habían visto involucrados en el debate público”, protestó el exreferí británico devenido en periodista Graham Scott en una columna en The Athletic.
“Los políticos piensan que el éxito deportivo nacional puede darles un impulso en las encuestas, aunque haya pocas pruebas de que sea así”, argumentó.
Un acuerdo surrealistaScott estaba aludiendo obviamente a la intervención de Trump para lograr que la FIFA levantara la suspensión a Folarin Balogun, lo que desató una tormenta de críticas sobre la integridad del juego y la capacidad de la FIFA para resistir las presiones políticas.
El tema flotó sobre la tensa cumbre de la OTAN de esta semana en Ankara, donde los aliados de Estados Unidos tuvieron que hacer malabares para regular el humor de su presidente.
La estrategia tuvo ribetes surrealistas. Según trascendió, mientras discutían cómo reforzar el apoyo militar a Ucrania y contener a Rusia, varios acordaron evitar cualquier comentario sobre el Mundial para no irritar a Trump tras la eliminación de Estados Unidos frente a Bélgica. Una alianza creada para enfrentar las mayores amenazas a la seguridad occidental midiendo sus palabras por un partido de fútbol. ¿Si los líderes de potencias nucleares no pueden decirle lo que piensan a Trump, entonces quién puede?
No fue la única postal de ese cruce entre diplomacia y pelota. El primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, celebró la clasificación de su selección con el ya tradicional “remo vikingo” frente a un Zelensky que no sabía si reír o qué.
Støre también posó para los fotógrafos junto al británico Keir Starmer, ambos con las camisetas de sus selecciones que se medirán este sábado por los cuartos de final. Starmer, que está de salida, también juega fuerte con el Mundial.
Sin el éxito de Trump, el primer ministro británico presionó para evitar un cambio de horario que perjudicaba a Inglaterra contra México y hasta deslizó la posibilidad de declarar un feriado bancario si la copa “vuelve a casa”, como dicen los británicos, aunque no quiso decirlo con todas las letras para evitar la mala suerte. “Pregúntenme de nuevo si llegamos a la final”, dijo. Parece que en Londres también anulan mufa.
Discriminación y debateSi el caso de Trump enfrentó al líder más poderoso del mundo con un árbitro desconocido, entre Francia y Paraguay se dio la situación opuesta: una de las máximas estrellas del deporte tuvo un cruce con una política que hasta hace una semana nadie conocía afuera de Paraguay. Tras la eliminación de Paraguay en octavos de final, la senadora Celeste Amarilla lanzó ataques racistas abyectos contra el capitán francés, llamándolo “camerunés colonizado” y otros que generan incomodidad reproducir.
El episodio muestra cómo un episodio nacido en redes sociales alrededor de un partido puede transformarse en una conversación política global, y con consecuencias directas para sus protagonistas. La Fiscalía de París inició formalmente una investigación por “insulto público agravado” e “incitación al odio o a la violencia” contra la senadora, después de que la unidad nacional francesa de lucha contra el odio en internet recibiera una denuncia formal de la Federación Francesa de Fútbol (FFF).
Para Paraguay, las declaraciones de la senadora pusieron bajo la lupa la imagen internacional del país. El presidente Santiago Peña ha dedicado años a intentar proyectar una imagen de país estable y amigable para los negocios, una construcción que queda manchada cuando una representante oficial ofrece, en palabras de Mbappé, “la peor imagen posible de su país”. El propio vicepresidente Pedro Alliana y el presidente del Congreso condenaron los dichos de Amarilla, en una de las pocas muestras de unidad transversal que dejó este Mundial.
Pero Francia tampoco está en una posición de dar lecciones desde un pedestal impoluto. La defensa de Mbappé volvió a poner en primer plano un debate que acompaña a la selección francesa desde hace décadas: el de la identidad, la inmigración y el racismo, tensiones compartidas con otros países europeos, como Suiza, el rival de la Argentina en cuartos, que hace apenas votó en un referéndum si le ponía un límite a su población.
El seleccionado que desde 1998 es presentado como símbolo de la Francia multicultural también carga con las tensiones de una sociedad donde esos temas siguen generando profundas divisiones políticas, como demostró el megaoperativo de seguridad que rodeó al partido contra Marruecos.
Una contradicción que volvió a aparecer durante el torneo cuando una investigación de The Guardian reveló que la selección francesa utilizó aviones de GlobalX, una compañía que también opera una parte importante de los vuelos de deportación del ICE en Estados Unidos.
Frontera borradaSi Francia mostró las contradicciones de un país que se presenta como símbolo del multiculturalismo pero todavía lidia con sus propios fantasmas, Egipto representa otro extremo: un lugar donde la frontera entre selección nacional y Estado prácticamente dejó de existir.
La escena se vio después del partido contra Argentina. Tras la derrota por 3-2 en Atlanta, Hossam Hassan perdió el control: discutió con hinchas, increpó a un fotógrafo y tuvo un breve cruce con Lionel Scaloni camino a los vestuarios.
Después, trasladó su enojo a la conferencia de prensa. Acusó al árbitro francés François Letexier de haber condicionado el resultado, denunció una supuesta presión argentina sobre el juez y anunció que dejaría de mirar el Mundial al regresar a El Cairo. La Federación Egipcia incluso presentó una protesta formal ante la FIFA para pedir una investigación sobre el arbitraje.
La reacción de Hassan no fue solamente la de un entrenador frustrado por una eliminación. Durante todo el torneo, el técnico egipcio convirtió a la selección en una plataforma para sus posiciones políticas. Antes del partido contra la Argentina había vuelto a expresar su respaldo a la causa palestina y, tras la clasificación a octavos, había celebrado el triunfo ante Australia con una bandera palestina.
Hassan es una figura particular. Una leyenda del fútbol africano, considerado uno de los mejores delanteros de la historia egipcia, pero también un entrenador que desde su llegada al cargo estrechó hasta límites poco habituales el vínculo entre deporte y poder.
Tras recibir un mensaje de felicitación del presidente Abdel Fatah al-Sisi, dijo que esas palabras eran “una medalla en su pecho” y que tenían “un efecto mágico”. Después de la clasificación al Mundial, aseguró que “el éxito comienza desde la cima de la pirámide y los funcionarios del Estado”, reforzando el vínculo entre el éxito futbolístico y el poder militar que sostiene la infraestructura deportiva del país.
La relación no es solo simbólica. Bajo el gobierno de Al-Sisi, un exgeneral que llegó al poder tras el golpe militar de 2013, el fútbol egipcio quedó cada vez más integrado a estructuras vinculadas al aparato estatal y de seguridad. El sponsor de la camiseta es una empresa de propiedad militar, y las entradas se venden exclusivamente a través de una plataforma de registro biométrico operada por una subsidiaria vinculada al Servicio General de Inteligencia egipcio.
La presión también alcanzó a quienes critican al seleccionado. Hassan nombró un abogado como vocero oficial con facultades para iniciar acciones contra quienes, según él, intentaran “sembrar discordia en la comunidad futbolística”. Periodistas y comentaristas deportivos que cuestionaron su gestión fueron denunciados ante organismos reguladores.
El caso egipcio es quizás el reflejo más extremo de lo que pasa cuando se borran los límites entre el fútbol y la política, una frontera que en la Argentina nunca deja de ser difusa.