Los ojos del perro siberiano: lo que no se dice, en una acertada adaptación
Libro: Nico Sorrivas, Martín Palladino. Adaptación de la novela de Antonio Santa Ana. Intérpretes: Alan Madanes, Dante Barbera, Felipe Bou Abdo, Fabio Di Tomaso, Adriana Rolla, Maqui Figueroa, L...
Libro: Nico Sorrivas, Martín Palladino. Adaptación de la novela de Antonio Santa Ana. Intérpretes: Alan Madanes, Dante Barbera, Felipe Bou Abdo, Fabio Di Tomaso, Adriana Rolla, Maqui Figueroa, Luciano Mansur, Matías Fernando Giannoni, Pedro Gallagher, Paloma del Carril, Matías Bruno, Loli Basualdo, Facundo Basso, Julieta Strauch. Letras y música original: Juan Pablo Schapira. Dirección coreográfica: Diego Bros. Dirección musical y vocal: Juan Pablo Schapira. Dirección general: Nico Sorrivas, Ceci Miserere. Funciones: martes, a las 20. Duración: 90 minutos. Sala: Politeama (Paraná 353).
4 stars
La trasposición de una novela a escena siempre implica un desafío. Si sumamos que esta novela ha sido leída por varias generaciones la cuestión suma otra capa de complejidad.
Conceptualmente, además, transformar en un musical una narración que se construye alrededor del silencio, de la mirada y de lo que una familia decide no decir, casi llega al límite de lo paradojal. La versión teatral dirigida por Nico Sorrivas y Ceci Miserere asume ese riesgo.
Los ojos del perro siberiano, de Antonio Santa Ana, cuenta la historia de un adolescente que intenta entender qué pasó con su hermano mayor, Ezequiel, con quien su familia prácticamente corta relación. El protagonista vive en una familia tradicional que descubre que su hijo mayor está enfermo de sida. ¿La vergüenza?, ¿el rechazo? ¿el temor? los hace ocultar la verdad. Evitan hablar del tema y, joven aún, Ezequiel se va de la casa. Su hermano menor intenta comprender qué pasó desde su mirada de niño, se escapa para ir a visitarlo y conoce a Sacha, el perro siberiano, que ocupa un lugar muy importante en su vida ya que, al decir del joven, lo mira sin prejuicios. La enfermedad de Ezequiel avanza y finalmente muere, pero ambos hermanos en ese proceso comparten experiencias y saberes.
La novela trabaja con la introspección, los quiebres temporales y la propuesta escénica redobla la apuesta: con focalización en las posibilidades del lenguaje escénico construyen objetos que remiten a puertas o a ventanas pero que no lo son y conviven con “camas reales”. La escena propone la convivencia. También habilita que un pensamiento, un deseo, un miedo puedan devenir en cuerpos que transitan la escena (el colectivero y sus pasajeros en el medio de una casa-escenografía, o los personajes de la película que ve el niño por televisión, las reiteraciones de otro que dice algo una y otra vez).
La escena -y eso es convención- la habita el mismo personaje con edades distintas, dos versiones magníficas tanto del pequeño (Dante Barbera) como del que está a punto de dejar el país (Alan Madanes) y reconstruye parte del pasado con su hermano ya fallecido. También puede observarse de qué manera se reparten la palabra puesto que la novela está narrada en primera persona.
Sin duda, el sida funciona como el detonante de un conflicto que no puede ni debe leerse literalmente; tendrá otro nombre, será otra enfermedad, será el miedo a lo que no se comprende, a la exclusión. No es una reconstrucción arqueológica de los noventa porque los mecanismos de discriminación no pertenecen, lamentablemente, al pasado.
Existe otra cuestión muy interesante que está vinculada con el género elegido para la trasposición. El que sea un musical concede la inclusión de un ensamble que aquí funciona como parte del procedimiento de construcción: el colectivo permite construir una sociedad que observa, que juzga, que excluye. Por ende, adquiere una función dramatúrgica, la soledad que en la narrativa se cuenta, en la escena se inscribe a partir de la distribución de los cuerpos.
El perro narrado acá es un títere, uno preciso diseñado por Ale Farley y manipulado magníficamente por Luciano Mansur. Este perro tiene la capacidad de mirar, de moverse, de treparse en alguien, técnica titiritera mediante. Pero además hacen personaje a la yegua, que en la novela tiene un par de líneas. Con una cabeza de caballo, el intérprete titiritero construye al animal de un modo muy bello y singular.
El partido de fútbol narrado aquí se convierte en fiesta, posibilita el humor, una perspectiva lúdica y el juego con las dobles acepciones. El trabajo está poblado de detalles, de decisiones, de belleza. Cerremos con la mención a las letras y la música de Juan Pablo Schapira que logra contar la historia a través de las canciones, algún mínimo fragmento de la poética narrativa se hace letra. Y el episodio del chelo y la suite N°1 de Bach para ese instrumento aquí se resignifica y se potencia.
De vez en cuando, las transposiciones de una obra compiten en belleza y tienen en claro qué es lo mejor que puede aportar cada lenguaje. Este el caso.