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“Para que no me olvides”: la madre que vengó a su hija prendiendo fuego a su violador

El sábado 17 de octubre de 1998, María del Carmen García le pidió a su hija Verónica que fuera a la panadería. No a la que quedaba cerca, ahí no hacían el pan que le gustaba, sino a la otra...

El sábado 17 de octubre de 1998, María del Carmen García le pidió a su hija Verónica que fuera a la panadería. No a la que quedaba cerca, ahí no hacían el pan que le gustaba, sino a la otra, la que se encontraba “en el corazón del pueblo”, como narra la periodista Gema Peñalosa en su libro Fuego. El pueblo era Benejúzar, municipio de la Comunidad Valenciana, en el sudeste de España.

Verónica tenía 13 años y parecía bastante menor: apenas 30 kilos, manos pequeñas. Pero estaba acostumbrada al mandado, como sus otros hermanos, a quienes, a veces, también les tocaba hacerlo. Pero ella, a diferencia del resto, solía alargar unos minutos su trayecto para visitar a una perra que había encontrado abandonada y que unos amigos de la familia habían adoptado para que vigilara su fábrica.

Ese sábado no fue la excepción. A la vuelta, se desvío hacia la fábrica. Llamó a la perra, pero esta no apareció. En cambio, sintió que alguien la agarraba por los hombros. Lo conocía: era Antonio Cosme, alias Pincelito, un albañil vecino suyo, “hosco y de pocas palabras”. Pocas palabras, pero no ninguna: “Como grites, te mato”, le advirtió mientras le mostraba un cuchillo.

“¡No mereces vivir!"

Pincelito la había visto entrar y no dudó en ir tras ella, seguir su instinto depredador. Tenía 62 años, y no se inmutaba viendo a la joven temblar de pies a cabeza. Al contrario: la llevó hasta unos pinos más alejados. Ella le suplicó, lo llamó por su apodo, le rogó que no lo hiciera.

La violó. Cuando terminó, Verónica le suplicó que no la matara, le juraba que no le iba a contar a nadie. “Te dejo ir, pero se lo cuentas a tu madre, te corto el cuello con una corvilla ”. La joven se lo volvió a asegurar.

Mientras tanto, su mamá la esperaba impaciente. Sospechaba que se había desviado para ver a la perra, hasta que la vio llegar. A Pincelito le mintió, por supuesto. No iba a mantener la promesa de silencio.

“Aquel sábado de octubre, después de que el Pincelito violara a Verónica, Mari Carmen cruzó la calle sin mirar a los lados y se dirigió hacia la casa de Antonio Cosme con un cuchillo en la mano”, continúa Peñalosa. Tocó el timbre hasta que el vecino abrió. Estaba en piyama. Lo increpó, pero él se defendió, aseguró que no le había hecho nada a su hija, que estaba durmiendo y recién se levantaba.

Mari Carmen no le creyó. Antes de que los vecinos la llevaran de vuelta a su casa, llegó a gritarle: “¡No mereces vivir! Eres un hijo de puta. ¡Un hijo de puta!”.

“Los informes ratifican la versión”

Benejúzar era, y sigue siendo, una comunidad pequeña. Tan pequeña que, enseguida, todos se enteraron de lo sucedido. Varios vecinos organizaron, incluso, una manifestación en apoyo a Pincelito.

Muchos decían que la familia de Verónica solo quería sacarle plata a la de Cosme o que era imposible que un hombre de 62 violara a una menor. Pese a esto, el informe médico había reconocido presencia de semen y heridas compatibles con la agresión sexual.

La vida en el lugar se volvía insoportable: “Intentaron sobrellevar la situación poniendo distancia. Una de sus primeras decisiones fue mudarse a la otra punta de Benejúzar. No soportaban vivir cerca de la casa del Pincelito, ni tampoco cerca del escenario de la violación”, agrega la periodista. Un año más tarde, se conocieron los resultados definitivos de la prueba de ADN: los restos concordaban, genéticamente, con Cosme.

En octubre de 2000 se celebró el juicio, del que hubo mucho para criticar: sobre todo que, al momento de declarar la víctima, lo tuvo que hacer sin mamparas de separación, cara a cara frente a su agresor. El 14 de diciembre de 2000 salió el fallo: “Los informes ratifican de forma concluyente la versión de los hechos aportados por la menor, que se tiene como cierta”.

Lo sentenciaron a nueve años de prisión, cinco menos de los que pedía la Fiscalía, porque el agravante por la edad se aplicaba solo hasta los 12 años de la víctima. Mientras tanto, Pincelito seguía sosteniendo su inocencia, negando las evidencias. Los vecinos también siguieron creyéndole.

Aunque intentó apelar la sentencia en todas las instancias, los tribunales fallaron siempre a favor de la víctima, y al hombre no le quedó otra opción más que acatarla.

“¿Cómo está su hija?"

Una mañana de junio de 2005, Mari Carmen esperaba el colectivo cuando vio frenar frente a ella un auto rojo. Un hombre bajó del asiento del acompañante, la vio, se le acercó y le dijo: “Buenos días, señora. ¿Cómo está su hija?”. Después dio media vuelta y se fue a desayunar al bar Mari, que quedaba enfrente.

Ella lo reconoció: era Pincelito. Aunque no lo sabía, hacía tiempo que le habían permitido algunas salidas transitorias. En ese momento, cuando lo vio, cuando lo escuchó, un pensamiento empezó a rondarle: la amenaza que le había hecho aquella vez a Verónica. La mataría si le contaba a alguien lo que había pasado. La invadió el miedo. Pensó que el hombre era capaz de cumplir esa promesa.

Entonces, casi como un acto reflejo, corrió hasta una estación de servicio a unos metros y pidió una botella grande de nafta. Como solo vendían latas más chicas, se fue. Estaba visiblemente alterada. Desde la violación en 1998 se encontraba bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico: le habían diagnosticado trastorno adaptativo mixto con síntomas ansiosos-depresivos. Dependía de pastillas para dormir, sufría crisis de pánico y episodios de desorientación.

Entonces fue hasta su casa, a pocas cuadras, y empezó a revolver todo. Su marido trataba de entender qué pasaba, pero ella no le hablaba. Entonces encontró lo que buscaba: una botella de un litro y medio, y una caja de fósforos. Volvió a la estación y pidió que le llenaran la botella con nafta. Después se dirigió hacia el bar, el mismo al que había entrado Pincelito.

Cuando lo vio, le preguntó: “¿Te acuerdas de mí?”. Él intentó ignorarla. Ella destapó la botella y le gritó: “¡Para que no me olvides!”. Le vació el líquido y prendió un fósforo. Aunque unos hombres intentaron detenerla, la nafta prendió y llegó hasta Cosme que “comenzó a arder como una antorcha, de pies a cabeza”. Sufrió quemaduras en el 60% del cuerpo. Después de 10 días internado, murió.

“No se puede destrozar a una persona tanto”

Según reconstruye Peñalosa, Mari Carmen no recordaba cómo recorrió, después, los 50 kilómetros que la separaban del Club de Regatas, en el puerto de Alicante. Eran ya las 19 cuando se comunicó con sus hermanos, que la fueron a buscar. Pero también la buscó la Policía Judicial de la Guardia Civil. Se la llevaron, y aunque los agentes trataban de explicarle la situación, el informe policial dejó asentado que ella “no entendía lo que pasaba”.

En ese momento no pudo declarar porque, dijo el médico que la examinó, estaba sufriendo un trastorno de ansiedad generalizada. “Los días siguientes de Mari Carmen siguieron la misma línea de revisiones médicas e incapacidad para declarar, hasta que los doctores decidieron su ingreso en el hospital psiquiátrico penitenciario de Fontcalent”.

Un informe médico de ese centro decía: “El pensamiento obsesivoide sobre la agresión sexual aparece continua y espontáneamente aun cuando no se le interrogue al respecto. El contenido es siempre sexual y paranoide y su discurso es disgregado y frecuentemente inconexo”.

La dejaron en libertad mientras esperaba el juicio, que empezó en marzo de 2009, casi tres años después. Cuando le tocó delcarar, remarcó: “No quería matarlo, sino asustarlo para que se fuera y que nunca más volviera a acercarse a mi familia”.

Por su parte, y ante los medios, Verónica sostuvo: “Si su familia hubiera reconocido que me violó y nos hubiera dejado vivir en paz, jamás habría pasado lo que está pasando. Pero no se puede destrozar a una persona tanto. Mi madre está en tratamiento psiquiátrico desde el primer día que me violaron y así sigue Todo habría sido distinto con una orden de alejamiento”.

Cuatro meses después la condenaron a nueve años y medio de prisión, una sentencia que fue acompañada por una orden de alejamiento y una indemnización a la familia de Cosme. Después, en 2010, le bajaron la pena a cinco años y medio. La defensa apeló, pero en mayo de 2014 ingresó al centro penitenciario Fontcalent.

Peñalosa destaca que la sentencia condenatoria decía: “Aunque desde un punto de vista moral podemos comprender lo que ha debido sufrir la acusada y su familia, sin embargo, desde el punto de vista del ordenamiento jurídico tales conductas han de ser debidamente castigadas y reprochadas, pues nadie puede tomarse la justicia por su mano”.

“Ojalá nunca lo hubiese hecho”

En noviembre de 2017, casi tres años y medio después, le concedieron lo que en España se denomina tercer grado, un régimen de semilibertad que le permitió cumplir el resto de la condena en su casa, con su familia. Aunque volvía a la cárcel a la noche, al poco tiempo le pusieron una pulsera de control telemático (que cumple la misma función que una tobillera), y así pudo no regresar a prisión. Enseguida accedió a la libertad condicional.

En ese momento, el medio valenciano Las Provincias la entrevistó: “Estoy aquí con mi Vero, ya tengo la comida en la mesa de mi casa”. Tenía 63 años cuando declaró: “Ojalá yo nunca lo hubiese hecho y él no hubiera violado antes a mi hija”. Y agregó: “Es muy duro estar allí dentro. Es un pozo sin fondo, aunque ya voy encontrando la salida . Tienes muchísimo tiempo para reflexionar, para pensar por qué pasó lo que pasó, a imaginar cómo hubiera sido la vida si yo no me hubiera encontrado con ese hombre aquel día. Aquello no tenía que haber ocurrido, lo que hizo él y lo que hice luego yo”.

En agosto de 2018, Mari Carmen quedó, finalmente, en libertad. En esos meses hablaba con bastantes medios. Expresaba, como escribió Peñalosa, un “espíritu dividido” entre el ánimo y la amargura. Decía, por ejemplo: “Sabía que este momento iba a llegar”, al referirse a su salida. Pero también sabía que jamás podría quitarse de encima el peso de lo vivido: “Hay cosas sobre las que no se puede pasar página. Llevamos 19 años de castigo. Las arrugas que me han salido son muchas”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/para-que-no-me-olvides-la-madre-que-vengo-a-su-hija-prendiendo-fuego-a-su-violador-nid03112026/

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