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Prometieron amarse en la salud como en la enfermedad y la prueba no demoró en llegar: “La ambulancia está saliendo para tu casa”

Hace 20 años Pedro (25) y Natalia (27) se conocieron en una fiesta del club CASI en el Bajo de San Isidro. Estuvieron charlando un rato pero a Pedro le molestaba que hubiera tanto ruido, quería s...

Hace 20 años Pedro (25) y Natalia (27) se conocieron en una fiesta del club CASI en el Bajo de San Isidro. Estuvieron charlando un rato pero a Pedro le molestaba que hubiera tanto ruido, quería seguir charlando con ella pero le pareció mejor hacerlo otro día, en otro contexto. Le pidió su número de teléfono y le aseguró: “Te llamo el domingo. Yo no soy como esos histéricos”.

“¿Vos no me ibas a llamar el domingo?"

El domingo nunca llamó, recién apareció el miércoles. Lo primero que le preguntó Natalia fue: “¿Vos no me ibas a llamar el domingo?“. Después supo que Pedro se había olvidado de llamarla porque estaba preparando sus exámenes de Derecho en la UBA.

La invitó a salir, la primera cita fue en Perú Beach, hablaron durante horas y desde ese día no dejaron de verse. El primer beso fue en un banco frente al río, “es un recuerdo muy especial porque fue un momento muy simple, pero los dos sentimos que ahí empezaba algo importante”, dice Natalia. Es que en el amor hay pequeños hechos que pueden ser insignificantes para el resto pero un mundo lleno de color para los involucrados.

“Si alguien me hubiera dicho ese día, mientras estábamos sentados mirando el río, todo lo que la vida nos iba a poner por delante, probablemente no lo habría creído. Pero tampoco habría dudado de que quería recorrer ese camino con él”, asegura Natalia.

El noviazgo duró tres años, fue una relación tranquila, construida de a poco, sin apuros. Lo que más la enamoró a Natalia fue la manera de estar siempre presente de Pedro, de tomarse el tiempo para escucharla, para preguntar cómo había sido su día, cómo se sentía. “Con los años entendí que esa forma de acompañar era una de sus mayores virtudes”, se sincera Natalia.

Se fueron a vivir juntos, fue una decisión natural de algo que ambos sentían: querían compartir la vida y construir un proyecto en común. Cuatro años después se casaron y un año más tarde nació su hija Joaquina. Natalia fue al médico sin ningún signo de atraso pero convencida de que estaba embarazada. A las dos horas, y con el análisis de confirmación, al verlo a Pedro le dijo al oído: “Vas a ser papá”. Fue uno de los momentos más esperados y felices de sus vidas.

“Todavía no sabíamos todo lo que la vida nos iba a poner por delante. Pero sí sabíamos algo muy importante: que queríamos recorrer ese camino juntos”, adelanta Natalia.

“La ambulancia ya está saliendo para tu casa”

En el 2021 tenían el sueño de llevar a Joaquina a conocer la nieve. Organizaron un viaje a Bariloche y en ese entonces era requisito realizar el PCR para poder viajar. Cuando llegó el resultado se encontraron con que Natalia era positiva de COVID. Pasaron diez días aislados en su casa, con el viaje suspendido, el sueño truncado.

Todos los días una médica la llamaba para controlar su evolución. Al décimo día tenía apenas 37,5° de fiebre pero la saturación marcaba 84. Le indicó que se fuera de urgencia a un sanatorio, pero Natalia no quería dejar a Pedro y Joaquina, que para ese entonces estaban enfermos, solos en su casa. Entonces optó por pedir un médico a domicilio que los revisó a los tres y les dijo que se quedaran tranquilos, que lo peor ya había pasado.

Pero a los pocos minutos la médica volvió a llamar y le dijo a ella: “Natalia, la ambulancia ya está saliendo para tu casa.”

Natalia, pensando que le hacían unos estudios y volvía, solo llevó el cargador de su celular.

Al llegar al hospital le realizaron una tomografía que mostraba una neumonía bilateral muy avanzada. A los pocos días la pasaron a terapia intensiva. Estuvo 20 días internada con una médica que le repetía día y noche: “Natalia no te muevas porque desaturás”, si su saturación seguía bajando tenían que intubarla y era algo que ella quería evitar.

Pero la mayor angustia de Natalia eran Pedro y Joaquina, ella había quedado aislada, inmóvil y sin saber cómo estaban ellos. Lloraba todos los días. Hasta que una médica se acercó y le dijo que dejara de llorar porque sino no se iba a curar. Natalia le explicó de dónde provenía su angustia. Al rato la doctora volvió y le dijo que su familia estaba bien. Tiempo después se enteró de que la médica nunca había hablado con Pedro, le dijo esas palabras porque entendió que era lo que necesitaba escuchar la paciente para recuperarse y así fue.

Después de tantos días internada Natalia volvió a su casa al abrazo de Pedro y de su hija. Estaba feliz pero sin saberlo atravesaba un estrés postraumático: no podía dormir, no tenía apetito, hablaba constantemente del milagro de la vida. Ella no se daba cuenta, pero fue Pedro, su gran amor, quien empezó a preocuparse. La observaba y sentía que no era la Natalia de siempre, así que llamó al médico: “Traela el viernes”, pero Pedro sintió que no era suficiente, cuando el amor es profundo puede leer situaciones que los demás no. “No, yo la llevo ahora, esto es urgente”, aseguró.

“Fue él quien me sostuvo”

Cuando llegaron a al sanatorio vieron en la guardia a una niña convulsionando. Natalia se desesperó, la quería ayudar porque recordaba el relato de sus propios padres cuando le contaron de que ella había convulsionado al año de vida. Natalia quedó internada por diez días donde le hicieron múltiples estudios que arrojaron una encefalitis, una inflamación del cerebro ocasionada por el COVID. “Ahí entendimos por qué hablaba de una manera que no era habitual en mí y por qué Pedro había sentido, desde el primer momento, que algo no estaba bien. Una vez más, fue él quien me sostuvo y quien insistió hasta encontrar una respuesta”, asegura Natalia, enamorada.

Natalia debía atravesar una larga recuperación, ella que siempre había sido inquieta y trabajadora, se encontró con que la médica le indicó que, al menos, por seis meses no podría trabajar.

Lo que al principio fue una noticia devastadora, luego se convirtió en la oportunidad de poder disfrutar a tiempo completo de su hija por medio de juegos, idas y vueltas al colegio, tardes enteras juntas y verla crecer en primera fila. “Mientras mi cuerpo se recuperaba lentamente, mi corazón también empezaba a sanar”, recuerda Natalia. Ella trabajaba hacía 20 años en relación de dependencia, hablaba con sus jefes en inglés y de repente no podía mandar un e-mail, no registraba lo que pasaba a su alrededor y por momentos decía incoherencias. Pedro fue una compañía clave en su proceso de recuperación, con todo el amor que sentía la acompañó.

Pudieron, tiempo después, cumplir el sueño del viaje familiar a Bariloche. “Pedro sigue siendo ese compañero que un día me prometió llamar un domingo y apareció un miércoles, pero que después nunca dejó de estar a mi lado. Siempre digo que es mi pilar derecho y yo soy su pilar izquierdo, porque aprendimos a sostenernos mutuamente en cada etapa de la vida”, concluye Natalia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/prometieron-amarse-en-la-salud-como-en-la-enfermedad-y-la-prueba-no-demoro-en-llegar-la-ambulancia-nid17072026/

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