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Psicópata americano: un asesino inspirado en Tom Cruise, la estrella que dio un portazo y otras perlitas de un film incomprendido

“¡Yo soy Patrick Bateman!” escuchó decir, más de una vez, la guionista de Psicópata americano, Guinevere Turner. Siempre son hombres. Ella se queda atónita, los mira y piensa: “¿Este es...

“¡Yo soy Patrick Bateman!” escuchó decir, más de una vez, la guionista de Psicópata americano, Guinevere Turner. Siempre son hombres. Ella se queda atónita, los mira y piensa: “¿Este es un idiota, un pobre tipo o un asesino? Porque eso que dice no debería enorgullecerlo”.

Pasaron más de 25 años del estreno de este clásico, pero la pregunta es más contemporánea que nunca: ¿Por qué Patrick Bateman se convirtió en un ícono de la cultura pop, admirado por tanta gente? La respuesta está en la propia película, una sátira mordaz sobre un mundo superficial, enajenado y violento.

La sátira que nadie quería financiar

Cuando la novela de Bret Easton Ellis llegó a las librerías, en 1991, la polémica ya estaba encendida. Grupos de feministas organizaban lecturas públicas de sus pasajes más violentos contra las mujeres. Pero cuando Mary Harron se atrevió a leerlo, no encontró eso que muchas denunciaban: vio una comedia negra sobre la codicia de la década de 1980. Años más tarde, la directora se lo confesó al autor del libro: no entendía cómo alguien podía pensar que esa no era una novela feminista.

Antes de que ella llegara al proyecto como directora, la película pasó por manos de Stuart Gordon y Johnny Depp; incluso David Cronenberg estuvo cerca de filmar su propia versión, protagonizada por Brad Pitt, poco después de que Brian De Palma la rechazara. Hollywood veía potencial en esa historia retorcida sobre un yuppie que asesinaba a mujeres e indigentes, pero nadie se atrevía a filmarla. El rechazo contra Psicópata americano era muy grande: era calificada como una novela “inmoral”, “sucia” y “perversa”.

El productor Chris Hanley terminó de convencerse después de ver Yo le disparé a Andy Warhol en el festival de Sundance: si Harron sabía retratar a una asesina radical como Valerie Solanas, podía filmar esto. Ella lo pensó como un documental sobre una época. Contratar a dos mujeres para escribir y dirigir, admitió después Turner, también fue una jugada estratégica: quién mejor para blindar la película contra las críticas feministas que una mujer directora. Harron no dejaba que nadie le marcara el terreno: “Soy feminista y nadie me iba a decir si podía o no serlo por dirigir Psicópata Americano”.

El casting fue una batalla aparte. Antes de Christian Bale, Harron pensó en Billy Crudup. Desfilaron por su living decenas de actores jóvenes y apuestos que insistían en psicologizar a Bateman, en buscarle una infancia que explicara su maldad. Ese era el método, según Harron, de todos los actores estadounidenses que querían “entender” por qué Bateman hacía lo que hacía. Pero a ella no le interesaba ese perfil.

Todo cambió cuando llegó Bale, un ignoto joven actor inglés, que le dijo que nada de eso importaba, que el personaje era directamente “un alien tratando de pasar por humano”. En ese momento, Harron supo que había encontrado a Patrick Bateman. Solo faltaba que Lionsgate, el estudio, lo aceptara.

No lo aceptó. El estudio quería a Leonardo DiCaprio, recién salido de Titanic, y estaban dispuestos a pagarle 20 millones de dólares en una película que iba a costar 6 millones. Mary Harron llamó a Hanley, el productor, furiosa: “No pueden pasar por encima mío, sin consultarme para elegir al protagonista”. Hanley la tranquilizó: “Quedate tranquila”, le respondió. “Le enviamos el guion a DiCaprio, pero no hay chances de que acepte”.

Hanley creía que, bajo ningún motivo, un actor que estaba en la cima del mundo después de llenar las salas de todo el mundo con la película de James Cameron, iba a aceptar un papel tan retorcido, controvertido y cuestionado como el de Patrick Bateman. Era como dinamitar su carrera. Pero lo imposible sucedió: DiCaprio leyó el guion y aceptó hacer la película.

Harron se negó: temía que la fama del actor y su séquito de fans adolescentes le robaran el tono a la historia. Ella sospechaba que una estrella tan grande como DiCaprio iba a exigir cambios sustanciales en el guion y eso, efectivamente, fue lo que sucedió. DiCaprio empezó a ensayar Psicópata americano junto a Cameron Diaz. Pero pidió que reescribieran el guion para darle un trasfondo psicológico mayor a Bateman. Quería entender por qué el personaje hacía lo que hacía. Harron no quiso tocar nada de su propio guion y la echaron.

En su lugar, contrataron a Oliver Stone. Pero el proyecto no duró mucho. Gloria Steinem, escritora feminista, convenció a DiCaprio para no hacer esa película “repugnante”. DiCaprio optó por hacer La playa. Cuando el acuerdo con Stone se cayó, Lionsgate volvió a llamar a Harron. Esta vez pudo poner una condición: Bale o nada.

Un alien estudiando a los humanos

Bale construyó a Bateman mirando, paradójicamente, a otra estrella. Le contó a Harron que había visto a Tom Cruise en un programa de entrevistas y había notado algo perturbador: una simpatía intensísima y una mirada detrás de la cual no había nada. Ese vacío sonriente se convirtió en la base actoral de Bateman.

Irónicamente, o no, Tom Cruise es uno de los ídolos de Patrick Bateman en la novela. El psicópata admira a la estrella de Top Gun y, cuando lo cruza en su edificio, le dice cuánto lo admiró en “Bartender” (errándole al título original: Cocktail).

Bale compartía el mismo sentido del humor que tenía Harron. Ambos estallaron a carcajadas durante las primeras pruebas de cámara. La directora y su flamante actor entendían que, ante todo, Psicópata americano era una comedia.

El resto del elenco, mientras tanto, no entendía lo que estaba viendo. Años después, el actor Josh Lucas le confesó a Bale que en el rodaje pensaba que su actuación era malísima. No fue el único que creía que la elección de Bale había sido desacertada. Chloë Sevigny recordó sentirse intimidada por un método que no lograba descifrar. Harron, ajena a esas dudas, sostenía en silencio que lo que hacía Bale era brillante.

En el papel del detective que investiga a Bateman, Harron convocó a un actor más experimentado, Willem Dafoe, y probó otra estrategia: filmó cada uno de sus interrogatorios tres veces: una vez sospechando todo, otra sospechando a medias, otra sin sospechar nada, y después editó los fragmentos mezclados, a propósito, para que el espectador nunca supiera con certeza qué sabe el detective.

Nada personal

Para la identidad visual de Psicópata americano, la directora le pidió al diseñador de producción Gideon Ponte que todo pareciera sacado de la revista Architectural Digest: quería que la película se viera un comercial hermoso donde después ocurren cosas horribles. Esa yuxtaposición era el estilo de la película: las escenas más terribles, como la secuencia en la que Patrick Bateman descuartiza a Paul Allen, no fueron filmadas como una típica película de terror. Todo estaba muy iluminado, muy prolijo, muy “perfecto”.

No hay nada personal: ni una foto en el departamento de Bateman, para que el personaje quedara reducido a una abstracción de riqueza. Ponte, amigo cercano de Harron, describió alguna vez ese departamento como el lugar donde lo extremadamente heterosexual y lo extremadamente homosexual se encuentran a mitad de camino. Terminada la película, se dedicó al diseño de campañas para Prada, Gucci, Chanel y Saint Laurent: el lenguaje publicitario que inspiró a Bateman terminó, con el tiempo, inspirado por él.

La escena de las tarjetas de presentación, con Bateman y sus colegas comparando el gramaje del papel y la tipografía como si fueran unas “niñas adolescentes que están envidiosas unas de las otras”, según la directora, nació de esa misma obsesión por el detalle: Ponte recuerda que solo intentaba lograr que cada tarjeta pareciera un objeto de lujo. La secuencia se volvió, con los años, una de las más citadas de la película, y también una de las más analizadas: ¿Es una escena sobre el pánico de no ser distinguible de nadie más?

En internet abundan los análisis y las interpretaciones sobre las tarjetas, a tal punto que algunos han descubierto que, accidentalmente o no, la tipografía, el orden y hasta el tamaño de la letra de cada personaje y sus respectivas tarjetas de presentación, revelan mucho sobre la psicología de cada uno.

Paul Allen, el colega que Bateman termina asesinando a hachazos mientras suena “Hip to Be Square”, tiene la tarjeta más elegante y coherente de todas. También tiene la mesa en el restó de moda que a Bateman le niegan siempre. Matarlo no es solo envidia: es el intento, fallido, de borrar el espejo en el que Bateman ve todo lo que desea, por más que no haya diferencias sustanciales entre un yuppie y otro.

Esa tensión entre superficie e interior atraviesa toda la película, y su imagen más nítida aparece recién en la escena final. Mientras sus compañeros de mesa miran un discurso de Ronald Reagan, uno de ellos lo describe como “un viejo inofensivo”, pero aclara con aire ominoso “pero por dentro...”. La frase queda cortada. Bateman completa el pensamiento para sí mismo: “Por dentro no importa”. Es la misma pregunta que él le hace, literalmente, a sus víctimas cuando las abre: ¿hay algo debajo de la superficie, o la superficie es todo lo que hay?

Bateman dedica su vida entera a un cuerpo perfecto, una dieta perfecta, una tarjeta de presentación perfecta, a un rostro perfecto que cuida con una rutina diaria de skin care. No soporta que alguien ponga un vaso sobre uno de sus muebles. Las paredes son blancas, inmaculadas. Por fuera, parece “perfecto”, pero por dentro vive un infierno. Quizás por eso descuartiza a sus víctimas, como buscando una respuesta “interior” a ese mundo tan superficial en el que vive.

La música no es un detalle menor bajo esta lógica. Harron decidió mantener casi intactas las referencias musicales del libro, aunque le costara caro conseguir los derechos: tenía que ser pop, y estadounidense. Cuanto más alegre era la canción, mejor funcionaba el contraste. De ahí Genesis, Huey Lewis, New Order. Bateman explica que “Hip to Be Square” habla de los placeres de la conformidad, sin notar que describe su propia vida.

Es sintomático, además, lo que Ellis y Harron decidieron dejar afuera: en la novela, la banda favorita de Bateman son los Talking Heads, autores de “Psycho Killer”. La película no usa una sola canción del grupo. Demasiado underground, quizás, para el gusto en el fondo elemental de un personaje que necesita que todo el mundo escuche lo mismo que él.

Sus ídolos declarados tampoco son azarosos: además de Cruise, Bateman idolatra a Donald Trump. Guarda un ejemplar de El arte de la negociación sobre su escritorio y lo usa, en una escena clave, para desviar el interrogatorio del detective que interpreta Dafoe. Cruise y Trump, en Psicópata americano, funcionan como los dos polos de la misma fantasía.

El asesino que todos quieren ser

La película se estrenó en el año 2000. Los testeos con audiencia presagiaban que la película iba a ser un fracaso y la directora empezó a preocuparse: casi nadie se reía. Cuando se estrenó, las críticas fueron mixtas. Ni siquiera las respuestas más entusiastas auguraban un destino de clásico para una película que no tuvo ninguna nominación importante. Ese fue un fantasma que siempre atormentó a la directora: “Lo que más me dolió es que Christian Bale merecía la nominación al Oscar”.

Pero, con los años, el desprecio inicial se transformó en consagración. En 2025, cuando The New York Times organizó una votación entre 500 directores, actores y críticos para elegir las cien mejores películas del siglo, Psicópata americano figuró en varias listas. Sofia Coppola, por ejemplo, la eligió como una de las 10 mejores películas de este siglo.

El legado de Psicópata americano creció gracias a la cultura online de los más jóvenes. En las redes sociales cada tanto aparecen memes o edits con imágenes o situaciones de la película. Christian Bale como Patrick Bateman se convirtió en un ícono del “sigma” o el macho alfa. ¿Es devoción genuina o ironía postmoderna? Nadie lo sabe con certeza, pero la popularidad de la película empezó a crecer con el paso de los años.

Lo más curioso de esta segunda vida es que a Harron la desconcierta. En el aniversario número 25 de la película, dijo estar sinceramente perpleja por la cantidad de hombres que idolatran a Bateman en las redes, cuando ella y Turner siempre la pensaron como un tipo “patético”. También dijo algo más difícil de discutir: que aquella era, la de Reagan, hoy le resulta casi inocente comparada con la que estamos viviendo.

El infierno personal de Patrick Bateman

Harron nunca quiso que Bateman tuviera redención. La popularidad de la película creció tanto que hicieron hasta un musical de Broadway. Pero cuando la cineasta vio que " intentaron darle un poco de conciencia" al personaje, pensó que no habían entendido su propósito con la película. Bateman “no tiene corazón”, según su interpretación.

Esa negativa a ofrecer consuelo es, quizás, la clave de por qué la película sigue incomodando. Bateman intenta confesar todo el tiempo que es un psicópata, que está mal de la cabeza, que es un monstruo: se lo dice a su prometida, una jovencísima Reese Witherspoon, y hasta se lo confiesa a su propio abogado. Pero nadie lo escucha. Nadie lo castiga.

Lo más aterrador de Psicópata americano no es la sangre: es que Bateman busca, genuinamente, que alguien castigue lo que hizo. Pero el mundo que lo formó es exactamente el mundo que le niega la justicia. Es la misma paradoja que Dostoievski ya había pensado: un tipo así no solo puede existir en una sociedad como la nuestra, sino que necesariamente tiene que existir. Bateman confiesa una y otra vez, y su confesión, reconoce él mismo en la escena final, no significó nada. No hay justicia divina ni poética en Psicópata americano, y eso es lo que más desespera a Patrick Bateman.

Ahí es donde la primera canción de la película deja de ser un accidente. Después de una estilizada presentación que inspiró a otras historias de asesinos seriales, como Dexter, suena “True Faith”, de New Order. Una fe verdadera sonando sobre la escena más hueca posible: la película entera cabe en ese contraste. Bateman se ve a sí mismo reflejado antes de agredir verbalmente a una bartender. Los espejos son una constante en Psicópata americano: él se ve a sí mismo cuando está con una prostituta o cuando se detiene frente a un póster del musical de Broadway Les miserables.

Bateman busca algo real durante una hora y media y no lo encuentra, ni en la música que ama, ni en el sexo, ni en la sangre. Al final de la película, sobre una puerta, un cartel resume el veredicto con la misma frialdad con la que empezó todo: “This is not an exit” . Quizás tanta gente hoy se identifique con Bateman porque, tal vez, sin saberlo, busquen lo mismo que él nunca encontró.

Psicópata americano, de Mary Harron, se encuentra disponible en Netflix.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/psicopata-americano-un-asesino-inspirado-en-tom-cruise-la-estrella-que-dio-un-portazo-y-otras-nid28072026/

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