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Qué dice la neurociencia sobre los efectos del perfume en el cerebro

Hay un malentendido que atraviesa a muchas personas, y que seguramente se repite cada mañana en miles de hogares: pensar que oler bien es una cuestión de elegir el frasco de ...

Hay un malentendido que atraviesa a muchas personas, y que seguramente se repite cada mañana en miles de hogares: pensar que oler bien es una cuestión de elegir el frasco de perfume correcto.

No lo es. Basta con cruzarse en la calle, en el subte o en una reunión de trabajo con alguien que se puso un perfume carísimo sobre una base descuidada para entender que el perfume solo no alcanza.

Oler bien es una sumatoria, casi una coreografía que empieza mucho antes de destapar nada.

La base invisible

Ninguna fragancia, por cara o exclusiva que sea, puede sostenerse sobre ropa que huela mal o pelo que necesite un lavado. Esto que parece obvio dicho así, en el apuro cotidiano le pasa a más de uno: la ropa guardada sin ventilar, la campera que se usa “una vez más” antes de lavarla, el pelo que se lava cada tres días porque total “no se nota”. Se nota.

El olfato humano es extraordinariamente sensible a lo que llamamos olores de fondo, y un perfume rociado sobre una base descuidada no se mezcla: compite, y pierde.

Lo mismo pasa con el desodorante. Acá viene mi otra batalla doméstica: elegir un desodorante sin fragancia marcada, o al menos neutro, para que no termine peleándose con el perfume que uno eligió con cuidado. He visto combinaciones verdaderamente desafortunadas —cítrico contra floral, dulce contra amaderado— que arruinan en el cuerpo lo que en el frasco olía increíble.

Oler bien, entonces, es también un ejercicio de coherencia: que cada fragancia dialogue con la siguiente en lugar de gritarle encima.

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Lo que viene: el aroma como regulador emocional

Mientras pienso todo esto como algo casi de sentido común, la industria global de belleza está yendo un paso más allá, y hacia un lugar que me parece fascinante.

WGSN, la consultora de tendencias que marca el pulso de lo que viene en moda y belleza, viene señalando desde hace tiempo la convergencia entre perfumería y neurociencia.

En sus informes sobre el futuro del cuidado de la piel, la firma anticipa una experiencia cada vez más multisensorial, en la que las fragancias funcionales —pensadas no solo para gustar, sino para actuar en el cuerpo— ganan terreno junto a la tecnología inmersiva.

La propuesta puntual que más me interesó fue: tomar como inspiración la perfumería de uso personal, pero respaldada por evidencia neurocientífica, para testear lo que ya se empieza a llamar “neuroaromas” en formatos de cuidado corporal y también del hogar, diseñados específicamente para ayudar a regular el sistema nervioso y bajar los niveles de cortisol.

No es una idea que aparece de la nada. Ya hay investigación seria detrás: en 2023, un estudio publicado en la revista Healthcare por investigadoras de la Universidad de Konkuk, en Seúl, donde se documentaron los efectos ansiolíticos de la inhalación de aceite esencial de lavanda.

Y en el terreno de la neurocosmética, distintos especialistas vienen mostrando cómo ciertos aromas actúan sobre el sistema límbico —esa zona del cerebro vinculada a la emoción y la memoria— incluso antes de que un tratamiento o un producto empiece a hacer efecto sobre la piel.

Yo misma me traje de mi último viaje a París un perfume de almohada de lavanda de La Provence, de esos que se rocían sobre la funda antes de dormir. Lo que me sorprendió al leer la etiqueta es que, además de la lavanda, tiene melatonina incorporada: la misma hormona que regula nuestro ciclo de sueño. Es exactamente la lógica del “neuroaroma” llevada a un objeto cotidiano y accesible, mucho antes de que el término se pusiera de moda. El olor, en ese sentido, deja de ser decoración para convertirse en preparación: el cuerpo se predispone al bienestar apenas percibe determinadas moléculas aromáticas.

Ya se van perfilando cremas corporales pensadas para bajar la ansiedad antes de dormir, difusores hogareños diseñados para acompañar el fin de una jornada de mucho estrés, perfumes que no solo firman una identidad sino que además regulan.

La perfumería, que durante siglos fue puro placer estético, empieza a asumirse también como una herramienta de salud emocional.

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Entre la tradición y lo que viene

Y sin embargo —acá vuelvo al principio, ninguna innovación en neuroaromas va a reemplazar lo elemental. Ningún “neuroaroma” corrige una remera sin lavar. La base sigue siendo la misma de siempre: cuerpo, pelo y ropa limpia, sumado a un desodorante y una crema que sepan hacerse a un lado. Sobre esa base, recién ahí, el perfume —tradicional o de última generación— puede hacer su trabajo.

Oler bien, en el fondo, siempre fue un acto de cuidado. Lo nuevo es que la ciencia lo empieza a confirmar con datos.

La autora es asesora de imagen

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/que-dice-la-neurociencia-sobre-los-efectos-del-perfume-en-el-cerebro-nid06082026/

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