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Todo lo que creíamos sobre el olfato estaba mal: no es caótico y se rige por mapas

Durante décadas, el olfato fue considerado el sentido menos organizado. A diferencia de la vista o el oído, donde existe una correspondencia clara entre estímulos externos y mapas neuronales, se...

Durante décadas, el olfato fue considerado el sentido menos organizado. A diferencia de la vista o el oído, donde existe una correspondencia clara entre estímulos externos y mapas neuronales, se pensaba que la detección de los olores respondía a una lógica difusa. Según el modelo de pensamiento dominante, los receptores olfativos se distribuían en pocas zonas amplias dentro de la nariz y, dentro de cada una de ellas, sin un orden preciso. Esa idea, repetida durante años en libros de texto y clases universitarias, acaba de ser puesta en jaque.

Dos estudios publicados en la revista Cell proponen una revisión profunda de ese esquema. En conjunto, muestran que el sistema olfativo no funciona de manera anárquica: está organizado mediante mapas espaciales definidos que coordinan la nariz y el cerebro con un grado de precisión inesperado. Lejos de ser una excepción desordenada dentro de los sentidos, el olfato también sigue reglas estrictas de organización biológica.

“Durante unos treinta años les enseñamos a los estudiantes que la organización del olfato era tosca y en buena medida azarosa. Estos trabajos demuestran que esa descripción es incorrecta”, escribió el neurocientífico Johan Lundström, del Instituto Karolinska, en un artículo de análisis publicado en Nature, donde contextualizó el alcance de ambos estudios.

Un sentido tratado como excepción

El olfato comienza en el epitelio olfativo, una franja de tejido situada en la parte superior de la cavidad nasal. Allí se encuentran millones de neuronas sensoriales, cada una especializada en detectar ciertas moléculas químicas del ambiente. Esa especialización depende de los receptores olfativos que cada neurona expresa: proteínas capaces de unirse a compuestos concretos y transformar esa interacción en señales eléctricas.

En los ratones, el modelo animal utilizado en ambos estudios, existen alrededor de 1100 tipos distintos de receptores olfativos funcionales, frente a unos 400 en los humanos. Esa diferencia da cuenta de un olfato más sensible y diverso, pero no de una organización diferente. Durante años se asumió que, pese a su número, esos receptores se distribuían de manera poco precisa, agrupados en un puñado de zonas generales sin una lógica fina. El primero de los estudios publicados en Cell cuestiona de raíz esa idea.

A partir del análisis de millones de neuronas individuales, combinando secuenciación genética y técnicas de transcriptómica espacial, los investigadores lograron reconstruir con enorme detalle la disposición de los receptores en el epitelio. El resultado fue inequívoco: cada receptor ocupa una posición espacial característica, reproducible entre individuos, y su localización responde a gradientes continuos que atraviesan el tejido.

“Cada receptor olfativo ocupa una posición espacial específica en el epitelio olfativo”, señalan los autores en el artículo. En lugar de zonas amplias y poco definidas, lo que emerge es un sistema de franjas superpuestas, organizadas a lo largo de distintos ejes, que conforman un mapa de alta resolución.

Uno de los hallazgos clave es que ese orden no es una consecuencia tardía del funcionamiento del sistema, sino que se establece desde etapas tempranas del desarrollo. Según detallan los investigadores, “la identidad espacial de las neuronas sensoriales se establece antes de la elección del receptor”. Es decir, la posición de cada célula en la nariz condiciona qué receptor expresará más adelante.

Este punto resulta central, porque muestra que la aparente diversidad caótica del olfato está, en realidad, guiada por un programa biológico común, regulado por señales químicas y genéticas que actúan como coordenadas espaciales.

Mapas de la nariz al cerebro

El segundo estudio completa el cuadro al analizar qué ocurre más allá de la nariz, en el cerebro. Las neuronas sensoriales olfativas proyectan sus axones hacia el bulbo olfatorio, una estructura situada en la base del encéfalo que funciona como primer centro de procesamiento de los olores. Allí, las señales se organizan en glomérulos que son pequeños nodos donde convergen neuronas que expresan el mismo receptor.

Durante años se sabía que existía cierta correspondencia entre receptores y glomérulos, pero no estaba claro hasta qué punto ese orden reflejaba la organización de la nariz. El nuevo trabajo muestra que la relación es mucho más precisa de lo que se creía.

“La organización espacial del epitelio olfativo se refleja de manera precisa en los mapas del bulbo olfatorio”, escriben los autores en Cell. Los mismos gradientes que ordenan los receptores en la nariz se traducen en mapas equivalentes en el cerebro, creando una continuidad entre ambos niveles del sistema.

Además, esos mapas no varían al azar entre individuos. Por el contrario, los investigadores destacan que son “altamente estereotipados”, es decir, notablemente similares de un animal a otro. Esto refuerza la idea de que el olfato no depende de configuraciones aleatorias, sino de un diseño biológico robusto y repetible.

En conjunto, ambos estudios muestran que la nariz y el cerebro no construyen sus mapas de manera independiente. Funcionan como dos expresiones de un mismo código organizador, que coordina la detección de los olores con su representación neural.

Aunque los experimentos se realizaron en ratones, los científicos subrayan que el objetivo no fue describir un olfato específico de esa especie, sino identificar principios generales de organización. Los humanos poseen menos receptores olfativos, pero comparten la arquitectura básica del sistema: un receptor por neurona y una proyección ordenada hacia el bulbo olfatorio.

Además, este tipo de estudios requiere analizar millones de células, manipular señales del desarrollo y reconstruir mapas completos con resolución microscópica, procedimientos imposibles de realizar en personas. Por eso, el ratón funciona como modelo para revelar reglas biológicas que, según los autores, probablemente se apliquen también al olfato humano.

El impacto del hallazgo es, por ahora, conceptual. Obliga a revisar una idea que durante décadas colocó al olfato como el sentido “menos sofisticado”. Lejos de ser una excepción, el olfato aparece ahora regido por mapas precisos, construidos con la misma lógica que organiza otros sistemas sensoriales.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/todo-lo-que-creiamos-sobre-el-olfato-estaba-mal-no-es-caotico-y-se-rige-por-mapas-nid30042026/

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