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¿Un país sin hijos?: la conversación incómoda que nos debemos con los jóvenes 

La drástica caída de la natalidad en la Argentina nos impone una conversación incómoda pero urgente con las nuevas generaciones. ...

La drástica caída de la natalidad en la Argentina nos impone una conversación incómoda pero urgente con las nuevas generaciones. Entre 2014 y 2024, la cantidad de nacimientos en nuestro país se redujo a la mitad. Distintos sondeos indican que el 66% de los encuestados no planea iniciar una paternidad ni ampliar su familia. Si bien suelen esgrimirse argumentos económicos -bajo la premisa de que los ingresos actuales no son suficientes-, lo cierto es que muchas veces no se trata de una limitación de la “billetera”, sino de un proyecto de vida que posterga o excluye la idea de familia.

Ser padres nunca fue una tarea sencilla; supone un compromiso incondicional a largo plazo. Sin embargo, precisamente por esa exigencia, constituye un vínculo profundo que dota a la vida de un sentido que trasciende nuestra propia existencia. Más allá del impacto individual y del costo humano que implica relegar esta decisión, preocupa la falta de claridad colectiva para entender que un pueblo no prospera desde el individualismo absoluto. La pregunta es inevitable: ¿cómo se sostiene un país sin jóvenes?

Existe una contradicción estructural que debemos señalar. Quienes hoy optan por no tener hijos disfrutan de la libertad de viajar y consumir sin las cargas de la crianza, asumiendo el derecho a la no paternidad como un absoluto individual. Sin embargo, los pocos niños que nacen hoy heredarán una mochila fiscal e institucional insostenible. Serán ellos quienes deban financiar, mediante impuestos asfixiantes, la salud y las jubilaciones de una masa gigantesca de adultos mayores que, en su juventud, decidieron no replicar la base demográfica. El colapso del sistema previsional y sanitario no es una posibilidad, es una certeza matemática, a menos que empecemos a formular las preguntas correctas que estamos evitando.

Nuestra responsabilidad como adultos también exige desarmar las falsas ilusiones respecto al tiempo y la biología. Tener hijos a los 20 años puede parecer abrumador debido a las lógicas dudas del desarrollo profesional y económico. Sin embargo, el desafío es sustancialmente mayor pasados los 40. La proliferación de las técnicas de reproducción asistida ha instalado la falsa creencia de que el reloj biológico se puede pausar indefinidamente. A los 30 años se piensa que queda una década por delante; a los 40, la realidad suele irrumpir en forma de angustia y frustración. Los riesgos médicos se disparan, la energía vital declina y, en paralelo, se suma el peso del cuidado de los propios padres mayores.

¿Qué sucederá con quienes hoy se sienten plenos e invencibles en su independencia cuando deban enfrentar el tramo final de la vida? El futuro llega más rápido de lo previsto, y la vejez sin red familiar expone a las personas a una profunda soledad. ¿A quién acudirán cuando la salud falle si decidieron ser los últimos de la familia?

A diferencia de las generaciones anteriores, los adultos actuales parecemos autocensurarnos por temor a contrariar el discurso de la época. Nos escudamos en la premisa de que “cada uno es libre de hacer lo que quiera”, eludiendo nuestro rol orientador y callando ante un egoísmo generalizado que prefiere el bienestar inmediato al compromiso con el futuro. Es hora de hablar en serio con los jóvenes y abordar la raíz del problema. Debemos abandonar la complacencia y ofrecerles estas conversaciones incómodas. Si las nuevas generaciones persisten en la decisión de no tener hijos, que sea al menos el resultado de una reflexión madura y consciente del futuro real, y no bajo la ilusión de que el tiempo y la biología los esperarán para siempre.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/un-pais-sin-hijos-la-conversacion-incomoda-que-nos-debemos-con-los-jovenes-nid29072026/

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