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Una liturgia, en cinco escenas

Jueves de primavera atípica en los patios mojados del Centro Cultural Recoleta; no es un día cualquiera. Una hora y media antes de que se abran las puertas de la Capilla, a las 19, hay fila debaj...

Jueves de primavera atípica en los patios mojados del Centro Cultural Recoleta; no es un día cualquiera. Una hora y media antes de que se abran las puertas de la Capilla, a las 19, hay fila debajo de la lluvia para ver un espectáculo de danza contemporánea. La capacidad es limitada, 136 personas, por orden de llegada. Pero lo que mejor define a esta postal inusual no es la meteorología –ni El Niño, ni la “muestra inmersiva” de la vecina Mafalda (que vale la pena visitar en familia otro día), ni nada de todo lo que está de moda hablar– sino esta especie de liturgia, con sus fieles asistiendo al encuentro de una nueva obra –“ejercicio”, como le gusta decir a él– de Oscar Araiz. El coreógrafo, de 85 años, ya pasó hace rato los 150 títulos estrenados en su rica trayectoria; en el último año largo, sin ir más lejos, puso tres en cartel. Estamos, podríamos decir, de ceremonia en ceremonia. Y hay culto para rato.

Araiz está feliz con su Quimera, que hoy termina la primera serie de funciones en este singular escenario, coronado con vitrales en la cúpula, para el que fue especialmente creada (en noviembre, se mudará a la sala Hasta Trilce, en Almagro, los lunes 9, 16, 23 y 30). En verdad, tuvo una precuela: en 1989, con el Ballet del Grand Théâtre de Genève, en Ginebra, usaba entonces un Cuarteto de cuerdas de Carlos Surinach al que ahora incorporó el Entr’acte de Caroline Shaw y el Canto de invierno del argentino Mariano Vitacco. Le gustaría hacerla con “música viva”. Pero, coreográficamente, sí, es completamente nueva, “con más acento en algo pictórico”, señala.

“Es una libérrima versión de Así pasen cinco años, del admirado Federico”, habla Araiz con familiaridad de García Lorca. Cinco son también las escenas. Está la novia aquella con su vestido, por ejemplo. Aparecen personajes enmascarados con nombres de los colores de sus trajes –Azul, Negro, Rojo– y esos otros, con pájaros en la cabeza. Enseguida se recuerda la íntima alianza creativa con Renata Schussheim. Hay una mezcla de intérpretes de esas que tanto le gusta hacer cuando se pone a “jugar”. No hay programa de mano, pero si lo hubiera, explicaría que “metafóricamente se trata de una convivencia de naturalezas diferenciadas; así la diversidad de técnicas, estilos y experiencias en el grupo que interpreta ésta pieza”.

Mediaba abril, en los subsuelos del Teatro Colón –a cuyo Ballet Estable le había creado La Partita, en 2025, con motivo del centenario de la compañía– y mientras montaba el regreso de La consagración de la primavera, que vimos en mayo, Araiz contaba con entusiasmo la génesis de este proyecto que entonces era futuro. “Fue, ¿cómo te puedo decir?, como un hijo no esperado. ¿Te lo explico?“, y la anécdota se remontaba a diciembre. ”¿Qué voy a hacer el año que viene, porque yo si no trabajo me aburro, me muero? –pensaba–. Me voy a inventar algo“. Encontró unas músicas que le encantaron, convocó a intérpretes con los que les gusta trabajar (artistas experimentados, como la bailaora Marcela Suez, que por las suyas también está presentando una Trilogía Lorca, en el 90 aniversario del asesinato del poeta granadino; su asistente Yamil Ostrovsky, cuatro Sofías, bailarines del Argentino de La Plata, jovencitos del Colón, gente independiente). Ahora que el futuro ya llegó, entendemos a qué se refería el maestro cuando decía que lo que iba a hacer tenía algo de “misterio”, que los personajes y situaciones lo habían “lanzado” (gran verbo para alguien que se dedica al movimiento). “Se va a llamar Quimera, que tiene que ver con todo lo que es deseable, pero casi imposible de realizar”.

Fuera de la capilla, una hora más tarde, los feligreses intercambian debajo de un techito que aún gotea ideas sobre la poética de Araiz, la teatralidad, esa identidad tan evidente que tiene todo lo suyo (¿de quién si no?), la riqueza visual... Se produce ese fenómeno maravilloso, cuando el espectador le pone significado a lo que vio. Él lo sabe: “Aunque no quiera contar nada, siempre habrá una historia”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/una-liturgia-en-cinco-escenas-nid29102026/

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