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Vacaciones de infierno

Bienvenidos a las vacaciones de invierno, ese error en la matrix educativa que lleva a los alumnos de las aulas a los transportes públicos, a las filas del supermercado y a los trabajos, porque an...

Bienvenidos a las vacaciones de invierno, ese error en la matrix educativa que lleva a los alumnos de las aulas a los transportes públicos, a las filas del supermercado y a los trabajos, porque ante la imposibilidad de armarle un plan al niño siempre es posible arrastrarlo a la oficina para que haga fotocopias, sirva café y vea el futuro que afrontará en unos años hasta que llegue la jubilación o se gane el Quini 6.

En los papeles, las vacaciones de invierno son el receso infernal para que los docentes descansen cinco minutos la cabeza de un griterío constante, de acusaciones cruzadas sobre quién le robó las figuritas del Mundial a quién y del show de notitas en el cuaderno de comunicaciones donde los padres quieren saber si, de casualidad, encontraron el buzo de Santino que se perdió o la Barbie de Ailén que le desapareció de la mochila.

En lo que se refiere a su evolución histórica, las vacaciones de invierno son un pifie en el plan de estudios que soñó Domingo Faustino Sarmiento para las mentes que un día gobernarían el país y que ahora invaden los patios de comida de los shoppings y hacen fila para entrar a bazares chinos. Quizás estaba en el plan de Sarmiento tomar del modelo estadounidense no solo a las maestras sino también el spring break pero aggiornado a estos pagos australes, donde los niños salen a disfrutar de la ciudad con veinte camperas, treinta bufandas y ocho gorros. De alguna forma, tal vez, Sarmiento pensó que se podía usar ese receso como un termómetro de la paciencia de los padres y de su poder de organización. Algo así como una dicotomía entre civilización y barbarie pero en la fila del cine antes de entrar a ver Toy Story.

Entonces se dio rienda suelta a los niños y a quien los cuide. Y así, debajo de los iglúes de ropa que se mueven hacia un cine, teatro o plaza está todo cuarto grado del colegio del barrio; y a su lado va una madre sacrificada, que decidió levantar la mano como quien se ofrece como el primero que pasa a rendir el examen sabiendo que lo van a bochar. Esa madre se ofreció para llevar al malón a un rato de distensión y, ante el ofrecimiento, se encontró con el agradecimiento instantáneo de los demás padres que poco preguntaron al hijo si quería o le gustaba ir. Porque las vacaciones de invierno son, a efectos prácticos, dos semanas de pura adrenalina y misterio ante la pregunta: ¿qué hago con el pibe? Solo no se puede quedar; a la casa de la abuela no puede ir todos los días (además de que la abuela ya se avivó y apagó el celular); y en el trabajo podría estar escondido al lado de la fotocopiadora pero, ¿quince días? Entonces ahí es momento de buscarle planes y si la madre de Carlitos levantó la mano y se ofreció, que Dios se apiade de ella, de sus ganas de cuidarlos a todos, de coordinar el remís y de sostener doce camperas cuando entran al cine. Y si el día de mañana esa señora se postula a diputada tendrá el voto asegurado.

Del otro lado de la historia están los seres humanos que no tienen hijos y que conciben las vacaciones de invierno bajo otro concepto. Para ellos, las vacaciones de invierno son ese momento del año en que a uno lo dejan de empujar en el colectivo niños con mochilas carrito y lo empiezan a empujar madres con diez niños que se quieren bajar en Plaza Italia. Es ese quiebre temporal donde del trabajo desaparece gente y, ante la pregunta, alguien aclara: “Raúl se tomó los dos días que se había guardado para el final de la Copa Argentina porque el hijo está de vacaciones de invierno”. Entonces ahí se entiende por qué Raúl no respondía los mails, ni se conectaba a las videollamadas ni aparecía de repente para presumir los refuerzos de Boca. Y es en ese instante donde uno también se alegra de que exista ese receso invernal porque no solo los docentes descansan de los alumnos, sino que uno respira mentalmente de Raúl y de sus comentarios, de sus mates lavados y de su tupper recalentado. Otro éxito más del plan educativo que Sarmiento proyectó para la Argentina.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/vacaciones-de-infierno-nid27072026/

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