Adicciones, romances y un héroe consagrado: los desenfrenados excesos de Jean-Claude Van Damme en un éxito impensado
...
Que una nueva adaptación del videojuego Street Fighter llegue a la pantalla grande habla de una franquicia cuya popularidad no merma. Lanzado en 1991, Street Fighter 2: The World Warrior fue un videojuego de peleas que marcó un quiebre en la industria, con innovadoras mecánicas de combate que aún hoy se utilizan. Durante los primeros años noventa, el carisma de los personajes de ficción que protagonizaban esas peleas llevó a la empresa de juegos Capcom, dueña de dicha franquicia, a impulsar la producción de un largometraje basado en las aventuras de Guile, Ryu, Ken y todo el elenco del legendario Street Fighter.
Responsable de libretos como Duro de matar, 48 horas o Comando, Steven E. de Souza era un guionista con fama de tener olfato para la taquilla, razón por la cual los ejecutivos de Capcom lo convocaron. Sin embargo, su experiencia como director era nula, pero eso no le impidió animarse a firmar un contrato no solo para escribir, sino también para ponerse al frente de la adaptación al cine del videojuego. Y ahí comenzaron los problemas. De Souza quería hacer un film que mezclara elementos de Star Wars, James Bond y G.I. Joe sin tanta referencia al videojuego debido a la pésima recepción de la película de Super Mario Bros., protagonizada por Bob Hoskins. Frente a esa postura, en Capcom se negaron de forma rotunda y le exigieron que la trama incluyera a los 16 personajes originales de Street Fighter 2, incluyendo a los cuatro que se habían incorporado en la actualización titulada The New Challengers. De Souza sabía que era imposible construir una trama sólida con tantos personajes y logró establecer un máximo de protagonistas menor, haciendo de Guile y su lucha contra Bison el eje del relato. Encontrar a los actores para el héroe y el villano era entonces el próximo paso.
Tailandia y sus curiosos atractivosAunque los rumores insisten en que Capcom pretendía a Arnold Schwarzenegger o a Sylvester Stallone para el rol de Guile, los honorarios que manejaban ambas estrellas hacían imposible contratarlos. Finalmente fue Jean-Claude Van Damme el elegido para interpretar al héroe del título. Teniendo en cuenta que el presupuesto estaba fijado en 35 millones de dólares, los ocho millones que cobraba Van Damme representaban una importante inversión, aunque los ejecutivos confiaban en que el artista marcial era un gran imán para los espectadores.
En la vereda opuesta, Raúl Juliá fue la opción para componer al temible Bison, el dictador al que Guile debía derrocar. El actor de prestigio y carácter no se mostró muy entusiasmado ante la oferta hasta que supo que sus hijos pequeños eran muy fanáticos de Street Fighter y eso lo convenció de aceptar el papel. En ese momento no lo sabía, pero este largometraje sería el último de su carrera.
De Souza luego convocó a Damian Chapa como Ken, a Byron Mann como Ryu y a Ming-Na Wen como Chun Li. Durante un viaje en avión, el director vio en una revista una foto de la ascendente estrella pop Kylie Minogue y, sin conocerla, la llamó simplemente porque le pareció muy bella. La cantante se citó con el realizador y se integró al film en el rol de Cammy, una militar colaboradora de Guile.
La mayor parte de Street Fighter: la última batalla se desarrolló en Tailandia, un país que proponía una atractiva quita de impuestos para un rodaje que estaba muy ajustado en términos económicos. Pero esa decisión tuvo un costo muy alto. Debido a las elevadas temperaturas y la humedad del lugar, la filmación comenzó a demorarse, a medida que muchos técnicos y artistas manifestaban estar muy a disgusto con el clima y con la comida local. Créase o no, los populares salones de masaje tailandeses también fueron un problema, con varios miembros del rodaje visitándolos asiduamente y faltando a las grabaciones. De Souza quiso entonces pedirle a Capcom que demorara el estreno, pero la productora se negó de manera tajante, aduciendo que sí o sí querían lanzar el largometraje para la Navidad de 1994. Eso llevó al director a acotar la filmación de escenas, una decisión que luego sería un dolor de cabeza a la hora del montaje. Claro que ninguno de esos problemas fue tan grave en comparación con la errática actitud de Van Damme.
De los excesos de Van Damme a la salud de JuliáAños después del rodaje de Street Fighter: la última batalla, Van Damme confesó que por esos días gastaba cerca de diez mil dólares semanales en cocaína. Su adicción afectaba su comportamiento; su conducta era notablemente errática; todas las noches se iba de fiesta hasta cualquier hora y durante el día se demoraba el inicio del rodaje porque siempre se quedaba dormido. Para colmo, en el set se mostraba muy irascible y no era demasiado querido entre los técnicos. Frente a este comportamiento, la producción contrató a un asistente que debía alejarlo de la vida nocturna, pero no solo no lo alejó, sino que se sumó a sus andanzas y así todo fue de mal en peor. La gota que rebalsó el vaso fue que Van Damme y Minogue comenzaron un romance y era habitual que ambos desaparecieran del rodaje.
En la vereda opuesta, Juliá exhalaba profesionalismo. Aunque no era de conocimiento público, el intérprete atravesaba una enfermedad terminal, y, por este motivo, se fatigaba con facilidad, había bajado de peso y muchas escenas le suponían una exigencia que lo dejaba agotado. Sin embargo, su relación con todo el equipo era inmejorable, él se había convertido en alguien muy querido y todos lo esperaban con paciencia y amabilidad cuando necesitaba tiempo para descansar debido a su delicado estado. En ese sentido, las escenas de pelea fueron especialmente difíciles de filmar, ya que Juliá había perdido mucha masa corporal y aun con un doble de riesgo, las diferencias en los aspectos eran notorias. A pesar de sus dificultades, el actor logró una gran interpretación; se inspiró en los gestos de conocidos dictadores como Mussolini, Stalin o Hitler para componer a Bison, y así le dio carnadura a un villano que estuvo muy por encima de la calidad actoral del resto de sus compañeros de elenco (algo muy similar a lo que le sucedió a Frank Langella cuando compuso a Skeletor en el film de He-Man).
Un éxito inesperadoDe Souza no le tenía demasiada fe a la película, que era una suerte de collage incompleto, pero contra todos los pronósticos, cuando Street Fighter: la última batalla llegó a los cines de los Estados Unidos el 23 de diciembre de 1994, el éxito fue mayor del esperado. La crítica especializada destrozó la película, pero eso no impidió que la inversión de 35 millones de dólares se convirtiera en una recaudación de cien millones a nivel mundial. Al día de hoy, desde Capcom se informa que el film no deja de generar ganancias en el streaming y en ventas en formato doméstico, e incluso se llegó a barajar la posibilidad de una secuela, que nunca se materializó. De hecho, cuando en 2009 se lanzó el largometraje Street Fighter: la leyenda, la producción tentó a Van Damme para repetir el papel de Guile, pero el actor se negó (una buena decisión, teniendo en cuenta el fiasco que supuso su participación).
Lamentablemente, Raúl Juliá no llegó a ver la película terminada y murió poco antes del lanzamiento. Al día de hoy, su hijo conserva el vestuario de Bison como un símbolo del sacrificio y el amor que su padre le dedicó a ese rol, que se convirtió en el último trabajo de su carrera. De esta forma, Juliá enalteció un film que, a pesar de sus desprolijidades y excesos, se mantiene como una de las adaptaciones más rentables que un videojuego haya tenido en su traspaso a Hollywood.