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Carlos Sorín, a los 82: el regreso al cine, la vida en el campo, el encuentro con los grandes y cómo es filmar solo con dos smartphones y un dron

A los 82 años, Carlos Sorín es el último gran sobreviviente de una destacada generación de cineastas argentinos representada, entre otros, por Adolfo Aristarain, Luis Puenzo, Eliseo Subiela y E...

A los 82 años, Carlos Sorín es el último gran sobreviviente de una destacada generación de cineastas argentinos representada, entre otros, por Adolfo Aristarain, Luis Puenzo, Eliseo Subiela y Eduardo Mignogna. No se habla mucho de él porque prefiere el perfil bajo (vive desde hace años en un campo ubicado a 73 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires), pero sigue inquieto, activo y en los preparativos finales de su próximo rodaje, una película en la que regresa a sus paisajes predilectos de la Patagonia.

Allí, hace 40 años, Sorín empezó a escribir una aplaudida trayectoria como realizador con La película del rey, que la Academia de Cine de la Argentina reconoció este año con un premio especial. Y allí también transcurren algunas de las películas (Historias mínimas, Días de pesca) que forjaron su identidad artística. Antes de volver al sur argentino y encarar su próximo film, Sorín compartió una extensa charla con LA NACION en la que recorrió su vida, los secretos del oficio, su enorme éxito como director publicitario, los premios que obtuvo en el exterior, el encuentro cara a cara con grandes personalidades del cine y su lugar en el mundo fuera de la gran ciudad.

Con la misma apariencia de toda la vida, Sorín exhibe en la conversación una excelente memoria, una amabilidad a toda prueba, una notable capacidad descriptiva y un espléndido sentido del humor. “En la Patagonia yo filmo en la planicie, en la meseta. No voy a las montañas -ilustra el realizador-. Me gusta el contraste entre las historias mínimas, chiquitas, cotidianas que cuento y ese entorno natural que parece propio de los superhéroes”.

Sorin llegó por primera vez a la Patagonia a los 19 años, cuando sus padres lo llevaron a Comodoro Rivadavia para cumplir con el servicio militar obligatorio de entonces. Desde ese momento regresó con frecuencia a la región, primero por gusto personal y después como escenario predilecto de su trabajo como director: “Empecé con la publicidad, seguí con el cine y ya se creó desde allí una especie de reflejo pavloviano. La Patagonia equivale a filmar. En mis películas el verdadero paisaje está en las caras, pero también está la relación con ese paisaje. La Patagonia es un rostro más para mí”.

-Volvés a la Patagonia para filmar tu nueva película.

-Sí, la estoy preparando y con suerte vamos a hacerla a fines de febrero próximo. Se va a llamar Un cambio de planes. Es el viaje de un director, seguramente un álter ego mío, que ya estuvo varias veces en el Sur y está armando un nuevo proyecto, una película. Y en el camino se encuentra con un muchacho de Santiago del Estero que busca a su padre, trabajador de una mina. A partir de allí todo es distinto. El cambio de planes del título.

-Muy de Historias mínimas el argumento.

-Sí, y una road movie también. En el guión sigo un recorrido real, el de la ruta 3. Cuando mi mujer me pregunta: “¿Y, cómo te fue hoy?”, yo le contesto: “Y, como 20 kilómetros”.

-Llevabas varios años sin filmar. Tu última película, El cuaderno de Tomy, es de 2020.

-Yo estoy siempre pensando, imaginando proyectos, haciendo guiones. Pero no soy de esos directores que no pueden estar sin filmar. Llega un momento en que te encontrás editando y lo único que ves son tomas pegadas, ya no apreciás la totalidad. Y eso no sirve. En el campo tengo una huerta, 20 vacas, la posibilidad de subir a un tractor, de cosechar, de estar activo con la motosierra, en mi taller. Me encanta armar y desarmar. Me distraigo con todas esas cosas y después vuelvo.

-¿Pensás en un proyecto grande, pequeño?

-A los 82 años, cuando presentás un proyecto, mucha bola no te dan. Así que decidí producirla yo mismo y vivir esta película como en mis comienzos cuando el cine era para mí un hobby, algo que te da placer. De lo contrario uno termina como en aquella frase de Borges, cometiendo el peor de los pecados: no ser feliz.

-No sería tu caso.

-Para mí la felicidad es seguir un impulso, una motivación, algo interno que me provoca y hasta puede incluir momentos de angustia. Como la vida. No es la idea de felicidad que vemos en La dolce vita. O estar en Copacabana tomando una caipirinha. Por eso volví al espíritu de mis primeras películas. Yo empecé como técnico, seguí como director de fotografía y terminé como director en la era analógica.

-Pasó mucho tiempo.

-Toda la era digital, que transformó absolutamente todo. En el cine y en toda la sociedad. Ahora estamos entrando en la tercera época, la de la inteligencia artificial. Cuando hice La película del rey, hace 40 años, todo parecía un circo. Llevamos tres camiones con luces, con cámaras, con vestuarios, una grúa, Dolly, un generador, dos o tres coches de producción. Un ejército.

-¿Y ahora?

-Mi próxima película la voy a hacer con dos IPhone 17 Pro Max, un dron que vale 500 dólares y una bandeja de luces LED que funcionan a batería. Todo eso me entra en el baúl del auto y hasta tengo lugar para la ropa. La tecnología te da la posibilidad de hacer un cine muy económico y personal a la vez. Yo llamo al teléfono una cámara lápiz. Podés contar con él una buena historia.

-La podrías hacer vos solo.

-Ese fue siempre mi objetivo no declarado . Voy con un equipo ultramínimo. Es la mejor manera de estar cerca de lo que estás haciendo, sin mediatizaciones. Y por el tipo de cine que hago eso me permite también hacer juegos de cintura. Una moto te permite cosas que no podrías hacer con un camión. El resultado, además, es infinitamente más barato. Esto le abre un enorme parnorama a un cine que está en el otro extremo de las plataformas.

-Imagino que en tu próxima película volverás a trabajar, como fue siempre tu costumbre, con actores no profesionales. Pero al mismo tiempo sos el único director argentino que se dio el gusto de tener en una película a uno de los mejores actores del mundo y ganador de varios Oscar, Daniel Day-Lewis, en Eterna sonrisa de New Jersey, también en la Patagonia.

-Uno de mis grandes ídolos es Vittorio De Sica, y sus películas siempre tuvieron a no actores como figuras. También para esa época empezaba a ponerse de moda el cine iraní, especialmente Abbas Kiarostami, que también recurre a no profesionales. Y después tenés a Daniel. Yo venía de ganar todo con La película del rey: Venecia, el Goya, un montón de premios. Y terminé haciendo una segunda película espantosa, lamentablemente con Daniel Day-Lewis, un lujo de actor y de persona. Un tipo increíble.

-Aunque parezca increíble, Eterna sonrisa de New Jersey nunca se estrenó en los cines argentinos. ¿Cómo fue trabajar con Daniel Day-Lewis?

-Se había enamorado de la actriz protagónica, una croata que se llamaba Mirjana Jokovic y venía de hacer Underground con Kusturica. Yo iba a buscarlo a la habitación del hotel y lo encontraba llorando. Cuando llegó a Buenos Aires recién terminaba de filmar Mi pie izquierdo, con la que después ganaría su primer Oscar. Todavía no era el Daniel que conocimos después, pero ya había hecho Ropa limpia, negocios sucios y se había ganado un nombre en el cine. Le gustaba irse con los electricistas, ayudaba a cargar los equipos. En el rodaje jugaba como un niño.

-¿Mantuviste la relación con él?

-Un poco, no mucho tiempo. Después de mi película se fue a Florencia a trabajar de zapatero. Tenía pasión por los oficios básicos. Y ahora, con toda la gloria encima, decide renunciar a la actuación. Tiene mucha noción de la salud, como te decía antes. No quiso dejarse atrapar.

-¿El cine es una actividad insalubre?

-No. Yo digo que puede serla. Cuando te metés en un proyecto, elaborando guiones o editando, entrás en piloto automático. Mi mujer ya me conoce: estoy con ella en la mesa, me habla, pero sabe que mi cabeza está en otra cosa. Yo compagino hasta cuando estoy durmiendo. Es muy absorbente. Por eso trato de alejarme de eso que puede convertirse en un TOC. Algo obsesivo-compulsivo.

-¿Qué significa el cine para vos?

-El espacio de las películas es la mente del espectador. Todo pasa por ahí. Cada uno le da su impronta, tiñe lo que está viendo según su personalidad. El espectador siempre termina apropiándose de una película.

-Tus historias siempre llegaron al espectador, no tienen vueltas, son muy transparentes. Aunque no hayan tenido una respuesta masiva del público.

-Yo nunca especulé para hacer una película que llene las salas. Para eso tenía la publicidad, donde ganaba muy bien. En el cine siempre traté de cuidarme y cuidar al espectador. Siempre pienso en él. A un tipo que se sienta 90 o 100 minutos en una sala hay que sostenerlo y por momentos aflojar. Es como pescar, ¿no? Yo soy fanático de muchas películas que tienen un éxito bárbaro de público pero no las podría hacer. No es por un tema ético, sino porque no me salen. Yo trato de ser muy sincero, el tema del que hablo me tiene que interesar.

-¿Y cuáles son los temas que más te interesan?

-En términos amplios siempre hablo de lo mismo. De la condición humana. Y los personajes que más me interesan son los perdedores. Si me toca ir a vivir a una isla me llevo entera la colección de Toy Story, pero como realizador tengo que responder a aquello que me despierte algún interés.

-Pasaron 40 años de aquel rutilante triunfo con tu ópera prima, La película del rey. Cuando la Academia de Cine te hizo un reconocimiento por el aniversario algunos pensaron que ya estaba retirado, pero nos sorprendiste al anunciar que estabas preparando una nueva película.

-Me sorprendió de verdad que le hicieran un homenaje a La película del rey. No solo acá, también en Madrid y en Londres. Me sorprendió sobre todo porque en general las películas envejecen muy rápido. Nadie me conocía en ese momento. Y pensándolo bien, pasó lo que pasó porque esa película habla sobre todo de la pasión.

-¿Cómo llegaste a ser director de cine?

-Yo era cinéfilo de antes. Me formé en los años 60 y 70 como espectador en los cines de arte de la calle Corrientes, viendo a los grandes maestros: Fellini, Bergman, Truffaut, Buñuel. Y las conversaciones infinitas en el Bar La Paz. Después fui a la Escuela de Cine de La Plata, estudié tres años y egresé como técnico. Los oficios del cine me siguen apasionando. Y la técnica en general, de todos los aparatos: motores, bielas, esas cosas me vuelven loco.

-Armar y desarmar.

-Hace poco me dediqué a hacer drones. Compraba las partes, los armaba a partir de mi propio diseño y después los soldaba. Me hacía feliz verlos volar, pero lo que más quería era que se cayeran, así podía volver al taller. El placer máximo para mí no era volar, sino construir. Y con el cine me pasa lo mismo.

-¿Alguien de tu famiia inspiró también esta vocación de dirigir?

-No, para nada. En mi familia eran todos profesionales y músicos. Mi viejo tenía una farmacia, y los viernes, cuando cerraba, venían sus amigos y se juntaban a tocar los cuartetos de Mozart. Un tío mío fue la primera viola de la Sinfónica. Otro tío era pianista. Mi viejo tocaba el cello.

-Creciste escuchando música clásica.

-Absolutamente. Mi pasión a los 14 años era Stravinski. Y mi tío me llevó a verlo cuando vino por segunda vez a Buenos Aires. Después me fui corriendo bastante hacia la ópera. Y terminé haciendo una régie en el Colón, una versión de Armida, de Gluck, en 2003. El Colón es un lugar maravilloso, pero me sentí perdido porque no había primeros planos. Después hice una puesta teatral de Equus, pero soy insensible al teatro, no lo entiendo.

-Hasta que llegó el cine.

-Y entré como asistente de Alberto Fischerman, alguien que me marcó absolutamente. Fue a fines de los 60, una época inigualable en lo creativo. Yo conocí a todos: el Di Tella, Romero Brest, el bar Bárbaro, La Bola Loca, los happenings, vivía allí. Alberto me empezó a dar trabajos de director de fotografía, que era lo que quería. Trabajé con Puenzo, otros directores. Y en un momento me fui a Colombia, contratado por una productora, y me quedé tres años. Allí conocí a mi mujer, Patricia, y empecé a hacer cine publicitario. Cuando volví puse mi propia productora.

-Y empezó la época de campañas exitosas y avisos de los que todavía hoy se sigue hablando. ¿Cuáles recordás mejor?

-La que más recuerdo, por todo lo que pasó después, fue el que hice para Telefónica en Clemente Onelli, un pueblo de 400 habitantes en el centro de la Patagonia. La agencia ya había hecho un casting en Buenos Aires con los actores que podían interpretar a los habitantes, pero al ver lo que pasaba en Onelli con la llegada del teléfono por un lado y la de un equipo de filmación por el otro les propuse directamente hacer el aviso con la misma gente del lugar. Mandamos a los actores a un lugar cercano y en un fin de semana, en medio de la fiesta del pueblo, filmamos ese comercial en el que el comisario, creo, dice: “Hola vieja, ¿sabés de dónde te estoy llamando?”. Fue un éxito impresionante, prendió enseguida. Y lo más interesante era que esa pequeña película era la invasión de la realidad en un lugar perdido. La gente lo sintió así. Hicimos tomas únicas con gente que de verdad hablaba por primera vez en su vida por teléfono con un pariente.

-De ahí surgió la idea de Historias mínimas.

-Y cambió a partir de ese momento mi visión. Con todo lo que te conté de De Sica y el cine iraní. Otra publicidad que tuvo mucho éxito, también conectada con lo humano, fue la de Criollitas papá, con Arturo Bonín. Una madre que llama a su marido a la oficina porqu su hijo iba a decirle “papá” por primera vez. Mi trabajo en la publicidad y en el cine siempre tiene que ver con los rostros y con las emociones. Y ahí apareció otro aviso exitoso mío que fue el de Paty te quiero.

-¿Cuánto tiempo duró esa etapa tuya con la publicidad?

-Demasiado. Hasta que llegó La película del rey, pasó todo lo que pasó y me sentí por fin un director de cine, no de cine publicitario. Ahí llegó la segunda película, la que hice con Daniel Day-Lewis, y fue una catástrofe. Quizás para la gente no tanto, pero no era una buena película para nada. Tuve que volver a la publicidad y vivir 11 años enteros del síndrome del fracaso. Fue duro.

-¿Qué aprendiste de esa experiencia?

-Que cada nueva película tiene que ser una ópera prima. El miedo es un elemento fundamental para saber que estás en el buen camino. Hace muchos años lei el libro de Eleanor Coppola sobre el rodaje de Apocalipsis Now. Es buenísimo. Ella vivió todo ese rodaje apocalíptico junto a su marido y escribió sobre los miedos de Coppola. Si no tenés miedo es porque estás haciendo algo muy convencional. Pero si estás dispuesto a correr riesgos tenés al mismo tiempo que saber manejar tus propios miedos.

JEANNE MOREAU

“Un día, en una de mis constantes escapadas al cine, descubrí Los amantes, de Louis Malle. Y cuando vi a Jeanne Moreau fue un shock. Tenía 14 años y me enamoré de ella. Desde ese momento vi todas sus películas. Pasaron 25 años y La película del rey ganó en Venecia. Era mi primer festival. Y en el escenario, ¿quién me entrega el premio? Jeanne Moreau. Estaba tan shockeado que creo que ni la besé. Me pareció desde ese momento que había quedado muy mal con ella. Veinte años después me tocó recibir el premio especial del jurado del Festival de San Sebastián con El camino de San Diego. Adiviná quién era la presidenta del jurado. ¡Jeanne Moreau! Antes de la ceremonia, al costado del escenario, se hizo un cóctel entre los premiados y los miembros del jurado. Me acerqué a ella y le dije que a los 14 años me había enamorado profundamente de ella. Me miró, sonrió, me hizo un guiño. No era linda de la manera convencional, pero tenía un encanto único. Después conocí a muchas más como ella en el cine europeo pero Moreau fue la primera”.

MARCELLO MASTROIANNI

“Un sábado a la tarde recibo en el campo un llamado de Oscar Kramer, que había sido productor de varias películas mías. Me dijo: ‘Tenés que venir a casa que te tengo que presentar a alguien’. Le dije que estaba lejos, pero insistió sin decirme quién era. Llegó a la casa de Kramer, en San Fernando, a la nochecita y escucho una voz que me pareció muy familiar. Era Marcello Mastroianni, que venía de filmar De eso no se habla con María Luisa Bemberg. Me lo presentó Oscar, que estaba ahí con Osvaldo Soriano. Marcello contó anécdotas que no tenían desperdicio. Y en un momento nos dijo que quería hacer una película interpretando a un Tarzán Viejo. Su idea es contar que el máximo latin lover del cine tenía las piernas finitas como un pajarito. Nos contaba que cada vez que se mostraba así en un rodaje o descansando en un yate tenía a mano una toalla. Después nos fuimos a comer a un restaurante muy conocido de San Isidro y terminamos a las 4 de la madrugada en el bar de una estación de tren. Kramer tenía la idea de que si lo convencía a Marcello, Soriano iba a escribir el guión de esa película de Tarzán y yo la iba a dirigir. Marcello se fue y al final el proyecto quedó en la nada. Pero esa noche sigue siendo mágica. Yo soy el último testigo de ese momento inolvidable”.

FEDERICO FELLINI

“Renzo Rossellini, uno de los hijos de Roberto, compró La película del rey para distribuirla en Italia después del triunfo en el Festival de Venecia. Y estando en Roma me invitó a Cinecittá para ver el último día de rodaje de La familia, de Ettore Scola. En un momento, no recuerdo si Renzo o uno de sus colaboradores me llama para decirme: ‘Te voy a presentar a Dios’. Salgo del estudio, me acerco a un Mercedes Benz y en el asiento del acompañante estaba Fellini. Me saludó y me dijo si quería acompañarlo porque al día siguiente filmaba una escena de Entrevista en una vieja estación de tranvías. Esa noche no dormí. Cuando llego, imaginate la escena: lo que pasaba delante y detrás de la cámara era exactamente igual. El universo Fellini. En un momento alguien me llama, Fellini nos ve y me invita a acercarme. Terminé viendo la filmación sentado al lado de él. Al rato apareció Giulietta Masina y fue como si mi señora llegara del mercado con la bolsa para pasarme a buscar por el set”.

FRITZ LANG Y TRINTIGNANT

“En 1969 yo trabajaba con Alfredo Garrido y Alberto Almada en Fila 13, un programa de cine que ellos hacían para Canal 13. Tenían la oficina al lado de mi primer departamento, en Barrio Norte, y yo filmaba en 16 mm todas las notas que se grababan para ese programa. Ese año viajamos al Festival de Río de Janeiro Garrido, Chunchuna Villafañe, un productor y yo. Y ahí le hicimos una nota a Fritz Lang, que ya estaba muy grande, pero mantenía su estilo. De repente él mismo me empezó a dirigir y a decirme entre toma y toma, mientras encendía un cigarrillo, en qué posición tenía que ubicar la cámara. También estuvieron en Río ese año Claude Lelouch y Jean-Louis Trintignant, y a Garrido se le ocurrió revivir en la playa la famosa escena de Un hombre y una mujer. Y la hicimos. Ahí estaban Trintignant y Chunchuna, la mujer más linda de la Argentina, una delicia. Lelouch dirigiendo y yo con la cámara girando alrededor de ellos como en la película”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/carlos-sorin-a-los-82-el-regreso-al-cine-la-vida-en-el-campo-el-encuentro-con-los-grandes-y-como-es-nid12072026/

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