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El inmenso daño causado por John Maynard Keynes

Para abrir esta nota –a confesión de parte, relevo de prueba–, en plena época nazi, en el prólogo a la edición alemana de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Keyne...

Para abrir esta nota –a confesión de parte, relevo de prueba–, en plena época nazi, en el prólogo a la edición alemana de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Keynes escribió: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y la distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissez-faire”. La versión inglesa y la alemana de esa obra están tomadas del notable tratado de Henry Hazlitt The Failure of the “New Economics” (pág. 277), quien la consigna de Allgemeine Theorie der Beschäftigung des Zinses und des Geldes (Ed. Duneker & Humbolt). Como es sabido, aquella voz francesa constituyó un grito del liberalismo fisiocrático que ilustra el pedido de dejar hacer en libertad sin lesionar derechos de terceros.

Autores como Jacques Rueff, Wilhelm Röpke, Ludwig von Mises, Frank Knight, Milton Friedman, Franco Modigliani y James Buchanan han criticado severamente a Keynes, pero se destaca por su profusa labor en este sentido la referida obra de Hazlitt. Subrayo a Friedrich Hayek, en el noveno volumen de sus obras completas, y a William H. Hutt, en su libro The Keynesian Episode.

En el capítulo 22 de su mencionada obra, Keynes resume su idea al escribir: “En conclusión, afirmo que el deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías en manos de los particulares”. Y en el capítulo 2 del segundo volumen de Ensayos de persuasión, afirma: “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aún no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir, el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo.

Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes –es decir, donde impera la flexibilidad laboral ajena a legislaciones fascistas– nunca se produce sobrante de aquel factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios. En otros términos, no hay desocupación involuntaria (la propiamente voluntaria es irrelevante para nuestro estudio).

La tecnología incrementa la productividad y, por ende, los salarios y los ingresos de la población. En última instancia, el volumen de inversión es lo que diferencia un país adelantado de uno atrasado

Esto es así aunque se trate de un grupo de náufragos que llegan a una isla desierta: no les alcanzarán las horas del día y de la noche para todo lo que deben trabajar aun sin empresas. Sin duda, los salarios en términos reales en ese caso serán reducidos por falta de inversión, pero no habrá desempleo.

Desde luego que cuando la inversión es insuficiente en el contexto de reajustes que apuntan a ordenar lo desordenado, continúa el ofrecimiento de salarios reducidos por la pobreza heredada que el empleado potencial circunstancialmente rechaza y por lo tanto no trabaja esperando mejor oportunidad. Por su parte, la nueva tecnología permite liberar recursos humanos y materiales al efecto de asignarlos en otros emprendimientos que no podían encararse mientras los siempre escasos factores de producción estuvieran esterilizados en las áreas anteriores.

El empresario (no el seudoempresario que vive del privilegio y, por ende, explota a sus semejantes), en su deseo de sacar partida de arbitrajes, está interesado en capacitar para nuevos proyectos. En la realidad debe verse el asunto como lo hemos ejemplificado tantas veces con el hombre de la barra de hielo cuando apareció la refrigeradora, el fogonero cuando apareció la máquina diésel en los ferrocarriles, los carteros cuando irrumpió el e-mail o los portadores de valijas cuando aparecieron las maletas con rueditas. La tecnología incrementa la productividad y, por ende, los salarios y los ingresos de la población. En última instancia, el volumen de inversión es lo que diferencia un país adelantado de uno atrasado.

A veces se mira solo el cierre de locales a la calle sin mencionar el exuberante nuevo canal vía entregas directas a domicilio. La enorme desocupación que observamos en distintos países se debe precisamente a las intromisiones gubernamentales, que pretenden establecer salarios por medio del decreto que naturalmente sacan del empleo formal a quienes más necesitan trabajar. La ocupación informal es una respuesta de la gente para sobrevivir, en lugar de estar condenados a deambular por las calles sin encontrar empleo a los salarios impuestos por decreto y con los tributos implantados por las normas de aparatos estatales irresponsables.

R. Steele, en su Keynes and Hayek, resume bien el aspecto medular de Keynes al sostener que este, paradójicamente, aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir, el capitalismo, y concluye: “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino, por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” en un contexto en el cual “la prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria, lo cual, entre otros, señalan los antes mencionados premios Nobel en Economía Hayek y Friedman. Cualquier dirección que adopte la banca central, ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, modificará los precios relativos, con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable, lo que, a su turno, empobrece a todos. Desde luego que para pasar del desorden al orden a veces debe absorberse por un tiempo la banca central hasta lograr objetivos de saneamiento.

Incluso en EE.UU. irrumpió Keynes (su primer texto fue de 1913 y el último, de 1940) durante las presidencias de Franklin Roosevelt: eso era su New Deal, que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas keynesianas aplicadas en los Acuerdos de Génova y Bruselas, episodios en los que se abandonó la disciplina monetaria.

No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes que en otras oportunidades hemos detallado en ensayos, pero sobre lo que bautizó como “el multiplicador”, ni el keynesiano más entusiasta ha logrado explicar jamás cómo multiplica el denominado “multiplicador”. El asunto remite al gasto estatal que surge de bolsillos ajenos y empobrece a todos.

Por último, cabe destacar el apoyo de Keynes al proteccionismo aduanero, tal como, entre otros, subraya R. F. Harrod –basado en extensas citas anotadas– en La vida de John Maynard Keynes, cuando esa política obliga a una mayor inversión por unidad de producto, lo que naturalmente se traduce en una menor cantidad de productos adquiridos a mayor precio y con una menor calidad. Ello significa que se reduce la productividad y, por ende, se contraen salarios e ingresos en términos reales.

Marx murió en 1883, año en que nació Keynes, para tomar la posta con políticas similares aunque mucho menos frontales y encubiertas de palabrerías engañosas, pero, como queda dicho, muy contundentes. No pocos de los críticos de políticas liberales recurren a diversos artilugios, pero en verdad lo hacen imbuidos de las referidas recetas malsanas.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de tres academias nacionales

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-inmenso-dano-causado-por-john-maynard-keynes-nid25052026/

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