El juicio por el asesinato de Federico Martín Aramburú: el interrogatorio a Romain Bouvier
PARIS.– “Era un niño solitario y triste. De adolescente, sentía interés por los bandidos corsos del siglo XIX. Tenía el proyecto de escribir sobre el tema. Aunque no me atraía en absoluto ...
PARIS.– “Era un niño solitario y triste. De adolescente, sentía interés por los bandidos corsos del siglo XIX. Tenía el proyecto de escribir sobre el tema. Aunque no me atraía en absoluto ese estilo (violento) de vida. No diría que soy influenciable o maleable, aunque todos somos producto de nuestras interacciones”... A pesar de esa afirmación, interrogado este martes por el Tribunal en lo Criminal de París, Romain Bouvier, el segundo acusado principal del asesinato de Federico Martin Aramburú, tuvo respuesta —y justificación— a todo.
Durante todo el día. A cada pregunta, una explicación. A cada contradicción, una pirueta. A cada prueba, un contraargumento. Habría que esperar a la noche y la llegada al estrado de Lyson R. —la ex novia del otro acusado Loik Le Priol, que condujo el Jeep aquella noche trágica— para que otra voz, más frágil, lograra resquebrajar ese muro de elocuencia.
El presidente del Tribunal lo enfrentó de entrada con las conclusiones de los psiquiatras, tal como había hecho días antes con Le Priol. Bouvier se narra a sí mismo de forma literaria, casi romanesca: ese niño solitario que soñaba con escribir sobre bandidos corsos sin querer parecerse a ellos. Pero la imagen se estrella de inmediato contra los hechos: “En el momento de los hechos, era mucho peor que aquel adolescente conflictivo, porque de adolescente yo no andaba por ahí con un arma cargada en el bolsillo”, reconoce. Esa arma, dice, la portaba debido a las amenazas de muerte proferidas por el padre de Édouard Klein, a cuyo hijo Bouvier había torturado junto a Le Priol en 2015, lo que le valió tres años de prisión efectiva. “Por Édouard Klein busqué esa violencia. Quería agredirlo, humillarlo. Aquí, en el caso Aramburú, para nada”, insiste.
Al hablar de Le Priol, su voz se vuelve pausada, casi tierna: “Sentía fascinación por esa figura del héroe militar, pero también existía un vínculo casi fraternal. Era el hermano que nunca tuve y que me habría encantado tener”. Tras el caso Klein, sus allegados se alejaron. Le Priol, en cambio, se quedó. “Fue el momento en que perdí el control. No hay otra palabra”, afirma. Evoca un duelo diferido por su padre adoptivo, un trabajo iniciado con su psicoterapeuta en la prisión de la Santé, para intentar reconciliar al “hombre erudito” con el “hombre violento”, sus dos “yo”.
La audiencia contó una vez más con la presencia de algunos antiguos miembros del Biarritz Olympique (BO), el club de rugby de Federico: Damien Traille, David Couzinet, Dimitri Yachvili, y de Mike Lorenzo-Vera, exgolfista profesional, que acudieron para apoyar a la parte acusadora.
Sobre las armas halladas en su casa —seis, todas cargadas—, Bouvier se defiende con un aplomo casi cómico: “No era un coleccionista exclusivo de armas. También tenía colecciones de prismáticos de ópera, soldados de plomo, viejas raquetas de tenis de los años 20 y 30, libros, por supuesto”, enumera. Asegura no haber cargado esas armas él mismo: “Creo que la policía las cargó para probar la munición”, dice y afirma que sólo portaba un arma para poder “salir de casa sin sufrir un ataque de pánico”, por temor a que el padre de Klein enviara hombres armados. El presidente pregunta:
—Entre 2015 y 2022, ¿fue amenazado directamente por el señor Klein?—, pregunta el presidente.
—No—, admite Bouvier con sobriedad.
Sobre los disparos en sí, se proyectaron dos nuevos documentos: un maniquí con dos impactos y la trayectoria horizontal de las balas que alcanzaron a Federico Martín Aramburú.
“Disparé hacia abajo, hacia el suelo, le di en el muslo. La segunda trayectoria fue por el pánico. El arma es difícil de amartillar”, explica Bouvier, imperturbable. “No quise matarlo, nunca. Soy sincero, siempre he dicho la verdad”, insiste.
Ante la abogada de Shaun Hegarty —el socio y amigo de Federico—, quien señala la ausencia de cualquier imagen que muestre la carga del “toro” y la caída del “oso” —los apodos dados a Hegarty en el relato de Bouvier—, el acusado ni se inmuta.
“No hay ninguna prueba material de lo que usted afirma”, espeta la abogada.
Reaparece una fotografía: Bouvier y Le Priol en Aix-en-Provence, en el baño de un hotel, armados incluso en sus vacaciones.
“Esa foto es una ilustración patética de esa infección viril”, se autoflagela Bouvier, como lo hiciera el día antes Le Priol. Lo hace con una teatralidad que no pasa desapercibida para nadie en la sala. Evoca sus deseos de suicidio y los remordimientos que lo atormentan. Decididamente, tiene respuesta para todo, incluso para el exceso de arrepentimiento.
Interrogado sobre su huida por el abogado Yann Le Bras, defensor de la familia Aramburú, Bouvier invoca. “Tenía el miedo en las entrañas, tenía miedo de que me atacaran por la espalda”, asegura. El abogado define la técnica: eso se llama “hit and run”.
“Golpear y huir, es una técnica de comando, una técnica del GUD”, el (Grupo Unidad Defensa) de extrema derecha, al que pertenecía junto con Le Priol. El intercambio se tensa. Bouvier reprocha a Le Bras haber contado en la prensa que él habría matado a Aramburú “porque era extranjero”, llamándolo “asesino nazi”.
“No está muy lejos del delirio”, acusa. Le Bras lo mira y levanta el pulgar. La tensión en la sala es máxima. Se requiere la intervención conjunta de su propio abogado y del fiscal para restablecer la calma.
Philippe Courroye, el fiscal, cierra el paréntesis de manera metódica: ¿por qué desarmar el arma, tirar el teléfono y deshacerse de la ropa si todo no fue más que pánico?
“Son reflejos calculados. No se trata de alguien que actúe de forma errática”, dice Courroye. Bouvier, fiel a sí mismo, responde: “Estaba en pánico”. También sostiene que Lyson R. “se equivocó” al afirmar que vio su arma en el Jeep. “Hay que ser honestos, después de todo”, se exaspera el fiscal.
Al final de la tarde, su propio abogado, el letrado Hugues Vigier, retoma el hilo de los hechos de aquella noche para su cliente, quien asiente a cada palabra: “Por supuesto”, “evidentemente”, “es obvio”, “totalmente”… Otra abogada defensora revela su apodo en el pequeño círculo: “el chamán”.
“Hay quienes consideran que tengo intuiciones de chamán, a veces siento que ciertas cosas van a suceder”, reconoce. También le llamaban “el hechicero”. Después de seis horas de interrogatorio, Romain Bouvier pudo por fin dejar el estrado.
Es el turno de Lyson R., entonces pareja de Le Priol y conductora del Jeep, quien compareció este martes en libertad. Dejó su cantimplora sobre la mesa y se acercó al micrófono: “Sufrí violencia, pero no la comparto. No soy violenta”, dice. Se niega a dar detalles sobre su relación con Le Priol: “Este no es el juicio sobre nuestra relación”, insiste y recuerda, como quien pone un dique “llevo cuatro años y medio esperando”. Describe el inicio de aquella noche, un ambiente tranquilo, la intervención de un cliente ebrio que irritó a Le Priol. Luego la carrera, el miedo, las llaves del Jeep arrebatadas a Le Priol, quien le dice que se largue. Ella estaciona, se acerca a la multitud y ve a Bouvier disparar.
“Me quedé de piedra, no entendía nada... Es como el silencio de la bomba antes de estallar en Oppenheimer”, relata.
El presidente, por su parte, no comprende su silencio: ni el de no haber alertado a los servicios de emergencia ni a la policía cuando regresó a buscar su Fiat frente al Mabillon. Ni el de sus dos llamadas con Le Priol y luego con Bouvier, en las que nunca mencionó los disparos.
“Me parece evidente que debería haber actuado de otra manera”, reconoce. Pero se niega a que se interprete ese silencio como una complicidad. Interrogada sobre la conducción del Jeep, suelta, sin medir el efecto cómico que provocará en la sala “no es muy complicado manejar un Jeep. Fue diseñado para los militares”. El presidente tiene que pedir que cesen las risas.
Finalmente, relata que, a petición de Le Priol, destruyó la tarjeta SIM de su teléfono tras los hechos.
“Nunca tuve la intención de ocultar nada”, repite. Al ser confrontada con el testimonio de un guardia de Fleury-Mérogis, quien relató una frase escalofriante atribuida a Le Priol por teléfono —“Lo que más me gustó fueron los cuatro últimos plomos que le metí en las tripas”—, Lyon R. niega haberla oído. Cuando se le pide que explique una contradicción entre sus distintas declaraciones sobre el número de detonaciones percibidas, solo responde con una evasiva: “No lo sé, y ya veo por dónde quiere ir”.
El fiscal quiere saber si ella detuvo el Jeep por iniciativa propia o a petición de Bouvier. Durante la instrucción, había declarado que respondió a una petición de este último. Sin embargo, este martes matizó su versión.
—¿Por qué Bouvier se bajó del jeep cuando, según sus propias declaraciones, Federico Martin Aramburú acababa de decirle: ‘¿Qué? ¿Todavía no tuviste bastante? ¿Querés más?’— pregunta el fiscal.
Lyson R. no sabe qué responder.