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La historia de la familia que abrió un canal a pala entre dos ríos del Delta

Lejos de los coquetos canales empedrados de la ciudad italiana, el Delta del Paraná siempre ha tenido algo de Venecia salvaje. Aún hoy, con el avance de las construcciones, las comunicaciones flu...

Lejos de los coquetos canales empedrados de la ciudad italiana, el Delta del Paraná siempre ha tenido algo de Venecia salvaje. Aún hoy, con el avance de las construcciones, las comunicaciones fluviales y tecnológicas, conserva porciones de tierra virgen y rincones de selva espesa no muy lejos de la bulliciosa Estación Fluvial. A una hora de los restaurantes de lujo que crecen sobre la costa del Luján, de las atracciones turísticas del puerto, sus mimbres y productos regionales; lejos de las filas de pasajeros de muelles propios y ajenos, un mundo fascinante y cotidiano se enciende cada día en la primera de las tres secciones que conforman este verdadero universo insular. Allí, el canal Ortiz no es sólo un paso requerido entre dos de sus grandes ríos. Es una historia en sí misma.

La vida isleña

Como en el continente, las primeras luces del amanecer son las que marcan el inicio de una cotidianeidad que aquí se despliega no por anchas avenidas sino por el lomo marrón de cauces mayores y pequeñas venas representadas en canales, arroyos y riachuelos. Lanchas particulares y colectivas van recogiendo niños camino a la escuela, mientras otros navegantes reparten provisiones en comercios y casas de familia, y diversos trabajadores ponen a punto recreos, cabañas y clubes sociales.

Estancias centenarias y casas modernas, cabañas sobre pilotes que resisten crecidas, muelles, algún puente y trozos de monte forman cada isla con su particular carácter. “En ese entonces no había turismo, mercados y tampoco lanchas grandes. Eran tiempos de selva brava y mucho trabajo”, contaba en 2012 Víctor Pedro Ortiz, la posterior generación tras la hazaña del canal ubicado estratégicamente a menos de una hora de la Estación Fluvial y que hoy lleva su apellido.

Desde la zona continental hasta la desembocadura en el Paraná de las Palmas nace una isla de unos 20 kilómetros de largo por dos de ancho, con el río Carapachay en el margen este y el Caraguatá al oeste. “Se puede cruzar por los arroyos Gallo Fiambre y Los Andes, pero están muy cerca del continente. Y ya muy arriba, casi en la desembocadura, está el Canal 8, pero es una zanja muy baja y angosta como para remo”, explican desde Prefectura Naval Argentina. Y agregan: “Por eso el Ortiz siempre fue clave. Es el conector transversal más importante, directo y sobre todo a medio camino”. Pero resulta que el Ortiz no siempre estuvo allí.

Una travesura de primos

Algo de misterio recorre todavía esa larga isla. Hacia fines del siglo XIX, cuando todo aquello era una selva insondable, los abuelos de Don Víctor ya desmontaban pajonales, cortaderas, paja brava y serruchetas a pura guadaña. Su padre y cuatro de sus tíos se criaron aquí y pronto compraron uno de los sectores más cercanos al Carapachay. De a poco la familia se sumaba a la zona, aunque algunos se afincaban hacia el otro lado y había que ir y venir sorteando la selva, o caminando por el contorno isleño para pegar la vuelta.

“Empezó en broma, pero un buen día se decidió hacer un atajo. Primos y tíos encararon el desafío con palas y azadas a la altura del giro, donde la tierra se achica. Habrán sido unos 800 metros desde la curva de la salita (hoy Centro de Salud Río Carapachay) hasta el otro lado. Al principio, la zanja tenía el ancho de un bote mediano para provisiones con uno arriba remando. Fueron semanas de trabajo, pero al final se cortó la isla al medio. Luego, se fue agrandando con dragas a vapor y máquinas más nuevas del municipio”, recordaba Don Víctor.

Construidas cronológicamente a medida que algún Ortiz se casaba, las casas de la familia iban sumándose en claros visibles entre árboles, cañaverales y la tupida vegetación lindante. Al principio, pocos conocían el nuevo paso, pero los chismes lugareños sobre “los primos locos que abrieron la isla a pala” empezaron a correr, y con el posterior dragado, el canal alcanzó cinco metros de espesor y tres de profundidad, permitiendo el paso de embarcaciones de porte.

Hoy, más por las características de su naturaleza que por el descuido notorio en el calado de algunos tramos, entrar en el Ortiz implica sumergirse en una suerte de túnel donde los árboles forman un techo en el que apenas se escabullen los rayos de sol. Si bien su navegabilidad se ve directamente afectada por la marea diaria, con niveles regulares o picos de creciente, sigue siendo un gran atajo. De una punta a la otra, pasan pocos minutos, pero la travesía es mágica. A cada instante, pareciera que el canal va a ser devorado por las fauces de esa selva silenciosa que marcó la infancia de los Ortiz.

Buenos vecinos

“No hay gran registro, pero sé que fue abierto a fines del 1800, y ese corte cambió para siempre la vida en esta zona. Permitió sacar con mayor facilidad las frutas, el mimbre y otras producciones de los isleños. Lo más llamativo es que, más de cien años después, el Ortiz sigue vivo y útil para lanchas, canoas y kayaks de gente local en sus tareas cotidianas, así como para turistas que vienen a remar”, cuenta Graciela Diamante, vecina y propietaria de La Morada, el único alojamiento habilitado en este tramo del Caraguatá, mencionado como arroyo, pese a ser igual en régimen, caudal y tamaño que el Carapachay.

“En diciembre de 1988 éramos un matrimonio joven, con dos nenas muy chiquitas y un pequeño bote neumático. Un día encontramos la propiedad y la compramos. Fue una gran elección, porque pasamos años hermosos. Cada fin de semana nos esperaba el río, las guitarreadas, las partidas de truco, el remo y, sobre todo, grandes amistades”, relata. En 2005 nació la hostería, y con el tiempo uno de sus mayores orgullos: en 2017 recibieron el Premio Tigre de Oro, con el que el municipio reconoce el esfuerzo y la calidad de los prestadores turísticos.

“Hace unos seis años decidimos dar un paso más y mudarnos definitivamente para vivir acá, donde seguimos recibiendo a huéspedes que, como nosotros, aman la naturaleza. Hoy también la disfrutan nuestras dos hijas y nuestros cuatro nietos, que llenan la casa de vida y alegría”, concluye.

Entre los amigos que menciona se encuentra Úrsula Verna, que gestiona el reciclaje de más de 250 kilos mensuales de desperdicios de la zona. “Nos ocupamos del destino sostenible de materiales reutilizables que separan los vecinos. Hay Puntos Reciclables a lo largo del arroyo y nuestra tarea es llevarlos a la Cooperativa Creando Conciencia de Benavídez, que los clasifica y fabrica nuevos elementos. Además, con las etiquetas, paquetes de un solo uso y distintos plásticos que sacamos directamente del río, fabricamos relleno para confeccionar bolsas y contenedores impermeables de la marca Qi y el filamento para impresoras 3D con el plástico de las botellas de gaseosas”, amplía la responsable del emprendimiento.

Al otro lado, sobre el kilómetro 13 del Carapachay y manejado por Rosana Di Mécola, está Bonanza Delta Aventura. Su complejo es famoso por aquí, y no sólo por la impronta italiana de su casona de 1898. Rodeada de imponentes árboles de nuez pecan, es ideal para caminar y conectarse con el espíritu isleño; sus 60 hectáreas rebozan de senderos que atraviesan bosques y ladean el río. Jardines floridos, buena gastronomía y mejores cabalgatas conjugan todo lo que los turistas esperan. En una de sus caminatas, se atraviesa un antiguo embalse cubierto de lentejitas y pinitos de agua, hasta dar con una semiselva con lianas, enredaderas y espinales, que concluye en la playa donde un kayak invita al paseo por el vecino canal Ortiz.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/la-historia-de-la-familia-que-abrio-un-canal-a-pala-entre-dos-rios-del-delta-nid10072026/

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