El Chaco que arde: el fracaso de un modelo que empobrece y destruye
El Gran Chaco argentino es el segundo sistema forestal más grande de Sudamérica después de la Amazonía. Un mosaico de bosques secos, sabanas y humedales que alberga biodiversidad extraordinaria...
El Gran Chaco argentino es el segundo sistema forestal más grande de Sudamérica después de la Amazonía. Un mosaico de bosques secos, sabanas y humedales que alberga biodiversidad extraordinaria, regula el ciclo del agua y sostiene la vida de comunidades rurales e indígenas desde hace generaciones. Y es, al mismo tiempo, una de las regiones con mayores tasas de deforestación del planeta.
El Chaco condensa los fracasos estructurales de un país. No solo por la velocidad con que desaparecen sus bosques, sino por lo que esa desaparición revela: un modelo económico que destruye riqueza natural sin generar desarrollo humano.
La deforestación no es un accidente ni una consecuencia inevitable del crecimiento. Es el resultado previsible de un sistema que premia la destrucción sobre la conservación. En el Chaco de hoy, el bosque en pie vale menos que el bosque desmontado. La hectárea de monte nativo se subvalúa de manera crónica frente a la tierra agrícola habilitada, cuyo precio puede multiplicarse en meses tras el desmonte. Las multas existen, pero rara vez disuaden: se incorporan como un costo operativo tolerable.
Mientras ese diferencial persista, ninguna norma logrará contener el avance de las topadoras.
Pero hay algo aún más incómodo: este modelo tampoco mejora la vida de la gente. El Impenetrable sigue siendo una de las regiones con mayores niveles de pobreza estructural del país. La riqueza generada por la transformación del territorio no queda en el territorio. Se concentra, se fuga y deja atrás un paisaje degradado y una sociedad más vulnerable. La región chaqueña es un ejemplo elocuente de que la deforestación no es garantía de mejora en la calidad de vida.
Sería ingenuo ignorar la realidad desesperante del norte argentino. El diseño fiscal del federalismo empuja a provincias pobres a financiar su supervivencia consumiendo su propio capital natural, no por irresponsabilidad ambiental, sino porque el sistema las coloca ante una disyuntiva insoluble: conservar los bosques o pagar los sueldos.
En este contexto, los cambios que se discuten sobre la Ley de Bosques Nativos resultan especialmente preocupantes
Esa trampa no se resuelve con más controles si no se resuelve antes con más equidad fiscal y con mecanismos reales de compensación. El bosque chaqueño regula el agua, captura el carbono que todos emitimos y alberga la biodiversidad que el mundo valora. Esos servicios tienen un precio. Hasta ahora, quienes los proveen no lo cobran.
En este contexto, los cambios que se discuten sobre la Ley de Bosques Nativos resultan especialmente preocupantes. No buscan corregir las deficiencias de su aplicación, sino flexibilizar sus mecanismos centrales y reducir las exigencias de control ambiental. Es una decisión política con consecuencias generacionales.
Los mecanismos de diligencia debida que implementa la Unión Europea para cadenas de valor asociadas a deforestación no son una amenaza abstracta: son reglas concretas que condicionarán el acceso de productos argentinos a mercados clave. Ignorar esa realidad no es soberanía; es negligencia comercial.
Lo que hay que hacer
Revertir esta trayectoria exige intervenir sobre tres variables. En materia de incentivos, crear condiciones para que el bosque en pie tenga un valor de mercado real: mercados de carbono, pagos por servicios ambientales, instrumentos fiscales efectivos. En materia de gobernanza, construir sistemas de control con capacidad sancionatoria real. Y en materia de desarrollo, reconocer que las comunidades que habitan el Chaco son los guardianes más eficaces del bosque cuando el Estado les reconoce derechos y los integra como protagonistas.
El verdadero dilema no es entre producción y conservación. Es entre un modelo que agota el capital natural y perpetúa la pobreza, y otro que construye riqueza real y duradera.
La Argentina tiene la posibilidad y la responsabilidad de demostrar que ese segundo camino es posible. Proteger el Chaco no es un gesto altruista. Es una obligación moral.